Alba Castellví: “Todas las escuelas tendrían que ofrecer una formación para padres para mejorar la educación de sus hijos”

Alba Castellví (Sant Sadurní d'Anoia, 1976), es socióloga, educadora y mediadora de conflictos. Sin embargo, por encima de todo, es madre de un chico y de una chica. Fruto de toda esta simbiosis nace Educar sin gritar, un libro ágil y práctico sobre la convivencia entre padres e hijos. Además del libro, Alba también ofrece charlas, talleres y asesoramiento personalizado a las familias para aprender a educar con serenidad y firmeza, pero también desde el respeto y de manera tranquila. Nos recibe en su casa, una pequeña finca resguardada entre el mar de viñas que inundan el Penedès. Rápidamente se nos pone en el bolsillo y nos cautiva con su forma de hacer. Es alegre, sagaz y positiva, y desprende un no sé qué que nos hace sentir como en casa. Al acabar la entrevista nos invita a merendar higos, una de sus debilidades, y comenzamos una conversación que durará un buen rato. Y lo hace en todo momento con un tono de voz bajo y pausado.

¿Grita Alba Castellví?

Ahora ya no, porque mis hijos son mayores. He gritado cuando eran pequeños, y precisamente por eso he buscado las maneras para aprender a gritar menos. Porque cuando gritamos se crea un malestar, tanto para mí cómo para ellos. Y yo soy la primera en querérmelo ahorrar. También es verdad que ya no grito porque no me hace falta. Ahora estoy en disposición de transmitir a los demás las ideas para no tenerlo que hacer.

Educar sin gritar. ¿En qué consiste?

Básicamente es tratar de encontrar una manera tranquila de relacionarnos con los niños. Los niños son muy exigentes, demandan mucha energía, mucha dedicación y nosotros a menudo tenemos poco tiempo y esto hace que muchas veces perdamos los nervios y gritemos para desbloquear situaciones que querríamos que fluyeran con más agilidad. A menudo lo que hace que gritemos es el hecho de dar una orden muchas veces porque pensamos que así acabarán reaccionando. Todo ello tiene mucho que ver con cómo hablamos, con cómo decimos las cosas y con la expresión que usamos, tanto corporal como verbal.

Acostumbras a decir que la clave es no perder la calma y mantener la serenidad. ¿Realmente se consigue no gritar cuando estás muy enfadado?

Hay maneras de conseguirlo. Lo que tenemos que hacer cuando estamos tan enfadados es no decir nada. Porque si decimos algo, es probable que lo hagamos mal, que lo hagamos con el tono de voz alto, o que digamos cosas de las cuales después nos arrepentiremos. Por lo tanto, cuando estamos así, lo que debemos hacer es callar, cosa ya bastante difícil, pero posible, y si podemos, marcharnos. Si nos marchamos del lugar en el que está pasando aquello que no nos gusta, tenemos muchas más posibilidades de reaccionar bien cuando volvemos. Hay padres que dicen que no pueden marcharse cuando la situación es delicada, porque hay riesgo, etc. En este caso, lo que podemos hacer es una respiración profunda antes de hablar, tranquilizarnos, y a continuación hablar con el tono más bajito posible. Cuando hablamos bajito, el otro tiene que hacer un esfuerzo para escucharnos, por lo tanto, tiene que parar atención a lo que decimos.

¿Es factible poner en práctica esta metodología teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad acelerada que hace que la gente vaya de cabeza y estresada?

Es verdad que los factores estresantes de esta vida tan apretujada de actividades que tenemos juegan en contra nuestra, y que cuanto más atareados vamos más de mala leche nos ponemos. Por lo tanto, sería bueno ver qué hacemos con el tiempo que tenemos. Educar requiere un tiempo y muchas veces la gente cree que cuando tenga hijos su vida será como antes de tenerlos y que podrá continuar haciendo las mismas actividades, trabajando las mismas horas y viendo a las mismas personas. Y esto no es así. Para educar hace falta tiempo. Se habla mucho del tiempo de calidad que tenemos que dedicar a los niños, y que este es más importante que la cantidad de tiempo, pero yo lo que digo es que para que haya tiempo de calidad primero tiene que haber tiempo.

¿Hasta qué punto tu experiencia como madre te ha ayudado a crear este conjunto de técnicas educativas que ahora te dedicas a explicar?

 Me ha servido muchísimo. Para mí ha sido el factor más importante. Si no fuera madre, creo que no me atrevería a hablar con otros padres y madres sobre las maneras de hacer las cosas con los niños. Yo fui madre muy joven, y además de educar a mis hijos, tenía muchas cosas por hacer, pero también tenía muchas ganas de estar con ellos y de disfrutar, y fue esto lo que me ayudó a pensar. Además, también hay el hecho de que yo vengo del mundo de la gestión de conflictos, y durante muchos años he hecho mediaciones. Las herramientas de la mediación, que también son las de la comunicación, junto con el hecho que me dedico a la educación, me han permitido hacer este compendio de estrategias. Por lo tanto, diría que han sido estos tres factores: ser madre, trabajar con niños habitualmente, y haber hecho mediaciones.

¿Estamos todos preparados para ser padre o madre?

Yo creo que no. Cuesta mucho reconocer que no se está preparado. Lo que pasa es que la gente que no lo está no lo sabe, no lo reconoce. Creo que sería interesante que todo el mundo tuviera acceso a unos mínimos de formación para padres. Hay quien no lo necesita y por lo tanto podría prescindir de ello. Sin embargo, toda la gente que lo necesita tendría que poder acceder a ello. Hay ciertas cosas que todos los padres tendrían que poder tener en cuenta, y no todos se lo han podido plantear, ya sea por circunstancias socioeconómicas, culturales, etc. El hecho es que hay personas que toman decisiones sin la reflexión y la capacitación necesaria. Como sociedad tendríamos que poder ofrecer a todos los padres esta capacitación mínima por el bien de los hijos y de las familias.

¿Que no todo el mundo esté preparado para ser padre o madre es un fracaso que tenemos como sociedad?

No, no es un fracaso de la sociedad porque un fracaso es aquello que pasa cuando tú te has hecho un propósito y no has podido lograrlo. La sociedad nunca se ha propuesto formar padres y madres con habilidades parentales que sean capaces de educar de forma consciente, reflexiva y con garantías sus criaturas. Por lo tanto, no podemos hablar de fracaso. Ahora, como todo es mejorable, nuestra manera de organizarnos socialmente en este aspecto es mejorable.

En este sentido, en el libro explicas que educar a los ciudadanos del futuro es cambiar el mundo. ¿Teniendo en cuenta lo que estás diciendo no sería más correcto decir que educar a los ciudadanos del presente, es decir, en muchos casos los padres, es cambiar el mundo?

Pues sí, estoy de acuerdo.

Aprovechando el tema, tú que te dedicas a hacer talleres, conferencias, y consultas privadas para padres, ¿cómo crees que debe ser la educación para los padres?

Es importante que los padres tomen conciencia de cómo se sienten ante las reacciones y las necesidades de sus hijos, y que aprendan a gestionar estas emociones y a dar las respuestas adecuadas a los niños. Me refiero a las respuestas que sean educativas y que hagan de estos niños en un futuro personas capaces de lograr sus propios objetivos, ser felices con sus circunstancias y hacer felices a las personas que los rodean. Se trata de dotar a los padres de las capacidades de acompañar adecuadamente a los niños, haciéndolos autónomos y no dependientes.

¿Están preparados los padres para recibir esta educación?

Los padres que vienen a las charlas o talleres, o que me piden orientación personal, no solo están preparados, sino que están abiertos y predispuestos a recibir cualquier idea para mejorar. Los que no, directamente ya no se interesan por el tema. A pesar de que yo creo que si supieran que aquello que hacemos las personas que nos dedicamos a la formación de padres les puede hacer sentir mejor y puede hacer que en casa haya más paz, seguramente, también, estarían predispuestos a escuchar.

¿Cómo se puede llegar a todas estas familias?

Haciendo un plan de formación para padres que alcance todas las escuelas de Cataluña.

Esto es muy ambicioso...

Sí, es una idea política. Yo creo que debería tomarse en serio. Todos los centros educativos deberían tener la posibilidad de ofrecer a todos los padres y madres una formación para la mejora de la educación de sus hijos. Creo que se tendrían que destinar recursos públicos a estos tipos de actividades.

¿Le ves futuro?

Quiero pensar que sí que hay de futuro. Que tenemos muchas cosas por hacer y que las haremos. De hecho, yo estoy dispuesta a impulsar esta idea.

¿Has hablado con alguien sobre el tema? ¿Hay posibilidades de llevarlo a la práctica?

Lo estoy empezando a hacer. No te lo puedo explicar demasiado por eso. He hablado con alguien, le he puesto la idea sobre la mesa, le he dicho que yo creo firmemente en ello, y que estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para hacerlo posible. Esta persona me ha dicho que se lo leerá, y ahora estamos en este punto. Por lo tanto, no te puedo explicar nada más. Porque lo único que me faltaría es decirte el nombre de la persona y no lo puedo hacer, porque entonces lo estaría poniendo en evidencia si esto no saliera adelante.

De acuerdo, dejémoslo en que está en marcha. Hablamos del papel que juega la sociedad en la educación de los más pequeños. ¿Qué importancia tienen los padres dentro del grandioso sistema de socialización en que se educan los niños? Escuela, amigos, familiares, entorno, medios de comunicación, etc.

Nuestros hijos son fruto de múltiples influencias, no solo de la nuestra. Por lo tanto, debemos ser conscientes que aquello que nosotros hacemos es muy importante pero no es el único factor determinante. Esto, ya nos tiene que permitir relajarnos, porque nuestros hijos también son fruto de la influencia educativa de la escuela a la que van, de los amigos que tienen, de las familias de estos amigos, del entorno y del lugar donde hemos elegido vivir, de los medios de comunicación a los cuales están expuestos a veces de forma indiscriminada, etc. Todas estas influencias educan. Por lo tanto, lo que nosotros hacemos es importante, pero no es determinante. Además, también hay la influencia genética.

En el caso de considerarlos perjudiciales, ¿se pueden contrarrestar estos factores externos?

No del todo. Podemos intentar introducir matices. Si nosotros tenemos una noticia en pantalla y no queremos que llegue a nuestros hijos sin filtros podemos comentarla, opinarla, apagar el televisor. Ahora, controlar todo lo que pasa y todas las influencias que los educan es imposible. Tampoco es deseable, porque al final ellos tienen que madurar en el entorno donde convivirán y le tienen que hacer frente. Tienen que crearse un criterio propio y nosotros podemos mirar de guiarlos.

Estás hablando constantemente de tranquilidad, serenidad y concienciación, pero los niños también necesitan reír, jugar, desinhibirse, etc. ¿Se puede educar esta faceta?

Debe liberarse más que educar. Es decir, los niños tienen que tener este tiempo para hacer actividades no contenidas. Tiene que haber un tiempo por la libertad, para el movimiento, para la energía. Antiguamente existían tres ámbitos respecto a los niños. Dos de dirigidos por los adultos, que eran la escuela y la familia, y otro que era un entorno totalmente descontrolado, libre, que era la calle, y que lo estamos perdiendo. Este espacio, donde no hay personas adultas, casi infinito, donde el niño se puede alejar de casa, puede hacer la suya sin que nadie le diga lo que tiene que hacer o con qué medida lo tiene que hacer, es un espacio muy importante. Si no tenemos la calle porque nuestras ciudades lo dificultan, tenemos que buscar otros entornos donde haya este espacio de libertad.

¿Dónde los podemos encontrar?

Buena pregunta. Pues, por ejemplo, en los veranos podemos buscar entornos a la intemperie, hacer actividades menos estructuradas, podemos hacer el tiempo más laxo. Quizás el fin de semana podemos relajar los hábitos.

Es complicado, sobre todo teniendo en cuenta que los modelos de sociedad y de ciudad en que vivimos están cada vez más estructurados y jerarquizados. ¿Hay alguna manera de hacerle frente a todo esto?

A ver, ¿cómo lo podríamos hacer? Hay una cosa que podemos hacer que es reducir el número de actividades pautadas. Por ejemplo, las extraescolares, que hacen que el niño tenga que ir de un lugar a otro corriendo y a toda prisa, y que tenga muy poco tiempo para hacer la suya, en casa, tranquilamente. En lugar de buscar que los niños sean más y más competentes con más habilidades podríamos intentar que estén más tranquilos y que digieran mejor todo lo que viven. Que tengan una experiencia más personal y no tan dirigida de las cosas.

¿Cómo es de importante tener esta experiencia experimental de las cosas?

Es importante que haya un tiempo no dirigido para no hacer nada en concreto porque así es como podemos empezar a aburrirnos, y es importante aburrirnos porque de aquí nace la creatividad. Cuando me aburro pienso: “¿Qué puedo hacer para dejar de aburrirme?”. Entonces es cuando ponemos en juego nuestros propios recursos, intelectuales, de ingenio, la imaginación, etc. Busco qué tengo en mi entorno que pueda procurarme una distracción. Por lo tanto, es muy importante que se de este tiempo. Y a veces los padres nos preocupamos en acceso porque el niño no tiene nada que hacer, se está aburriendo o pierde el tiempo. Nos tiene que dejar de preocupar.

Para acabar, te pido que escojas una palabra.

Mi palabra preferida es badoquera. Una badoquera sirve para alcanzar los higos más altos de las higueras. Es un bastón largo hecho con una caña que se bada (se abre) por uno de los extremos. Cuando la caña se abre, dentro se pone un poco de paja, de algodón o de ropa, y esta apertura de la caña se fija con un cordel. Tú con esto puedes alcanzar los higos que están más arriba. Para mí, los higos son mordiscos de felicidad. Y claro, la badoquera sirve para alcanzarlos. Badoquera, además, viene de badoc, de badar, porque la caña, en el extremo, bada la boca para coger el higo. Badar, con el sentido de abrir, es una palabra muy bonita. No decir nada, no badar boca.

Texto: Pau Franch

Fotografías: Albert Gomis

Volver