Andreu Martín: "Lo más bonito del enigma siempre es la solución"

La noche es idónea para entrevistar a Andreu Martín (Barcelona, 1949). Es uno de los grandes nombres de la novela policíaca barcelonesa, con decenas de obras publicadas en este género que tuvo en la ciudad condal una gran escuela de autores como Manuel de Pedrolo, Vázquez Montalbán o González Ledesma, fallecido hace pocas semanas. Andreu es tridimensional como sus personajes: el misterio empieza cuando llamamos al timbre de su casa y nos responde una voz infantil, seguida de una voz femenina que no parecía estar advertida de nuestra visita, aunque todo se resuelve rápido. “Ah, ¿habéis quedado con Andreu? Está paseando la perra”. Cuando llega paseamos por la Avinguda Icària buscando un bar en el que cobijarnos, y terminamos en el que él mismo ha reservado para ver el Barça – Manchester City que empieza en hora y media. Viste corbata y gabardina, y desprende la sabiduría que sólo otorga la edad combinada con la travesura de quien lleva toda la vida tramando asesinatos, crímenes y coartadas.

Me gustaría empezar hablando del término que usas para definir tu disciplina: novela policíaca. Dices que es una mezcla entre novela enigma y novela negra. ¿Qué hay detrás de estas etiquetas?

Eso viene de una discusión que existe desde que se montó por primera vez la Semana Negra de Gijón, en la que se discute si se hace novela negra, policíaca o de enigma. Dentro del género se distingue lo que es la novela Agatha Christie, que es una novela muy fijada en la que se crea un enigma y a partir de ese enigma se interroga a una serie de sospechosos y se resuelve el crimen encontrando al culpable. A mediados del siglo XIX a partir de Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe se crea una gran escuela de ese tipo de novela, se crean normas. Incluso se establece el concepto de fair play: el lector debe tener las mismas pistas que el detective para poder resolver el crimen con las mismas herramientas.

Jugar limpio con el lector.

Sí, es un juego, un gran juego. Pero de repente todo eso se desprestigia y los americanos empiezan una nueva línea llamada novela negra. Aquí ya tenemos El halcón maltés, los detectives de sombrero flexible, Humphrey Bogart, la mujer fatal... Otra dimensión de novela. Durante mucho tiempo se ha intentado separar y decir que existe la novela enigma (que es de derechas y es mala) y la novela negra (que es de izquierdas y es la buena). Yo con mi libro Cómo escribo novela policíaca intento decir que ni una cosa ni la otra, que todo se ha simplificado mucho, ni una es tan mala y tan de derechas ni la otra tan buena y tan de izquierdas. Sobretodo la novela negra americana, ya me dirás tú si es muy de izquierdas... Yo creo que todos son hermanos y vienen de lo mismo, y los meto bajo el cobijo de la novela policíaca. Me gusta porque polis es ciudad, es política y es policía. Es la palabra principal que lo une todo.

Más allá de las generalizaciones, ¿qué importancia tiene el enigma dentro de la novela policíaca?

¡Quizá sea la pregunta más difícil del género!  A ver, antes que nada, la novela policíaca nace como solución de un enigma. Existe una novela de terror, de misterio, en la que no hay solución. Edgar Allan Poe habla de muertos vivientes, de cosas inexplicables, pero llega un día – un día en el que se le da la vuelta a la tortilla, encuentra trabajo, deja la bebida, se casa y tiene un hogar fijo – en el que hace bien el trabajo, sienta la cabeza y escribe Los crímenes de la calle Morgue. Es un cuento en el que la mente humana descubre que hay una explicación racional. Eso representa la entrada del positivismo en todo esto, en aquella época el positivismo irrumpe en la filosofía para decir que todo lo que pasa en la naturaleza tiene una explicación y la mente humana está capacitada para encontrar esa explicación. En eso se basa la novela policíaca: un enigma que no parece tener explicación lógica y un detective que se pone a buscar la verdad para convertir en racional aquello que es irracional. Aquí es donde los enigmistas piden juego limpio, quieren que todo sea demostrable, y es donde se crean las novelas de habitación cerrada, que empiezan con Poe y que resuelve magníficamente Agatha Christie.

¿Cómo se construyen esos enigmas?

Empezando por el final. Lo más bonito del enigma es la solución, lo más importante no es la oscuridad del enigma, sino la luz que ves al final. El saber que todo eso tiene una explicación, allí hay una esperanza y un placer al encontrarlo. De todos los géneros literarios, no tengo duda de que la novela enigma es el más difícil. Por eso hay novela enigma mala, hacer novela enigma es arriesgarse y resolverla con lucidez es muy difícil. Quien lo hace se la juega. Mira, la obra de Agatha Christie está llena de libros malos, pero porque la tía se la jugaba en cada novela, se arriesgaba en cada libro, y cuando hacía los buenos eran una verdadera joya.

Defiendes que aprendiste a escribir jugando y que ahora juegas a escribir. ¿Qué importancia tiene el juego dentro de tu trayectoria literaria?

Total, total. No tiene tanto que ver con la creación de enigmas como con el placer de narrar, el placer que das al lector. Yo escribo porque en la primera escuela a la que fui no había patio. Y como no teníamos patio nos explicábamos las aventis. Aventis es un término que Joan Marsé, que tiene 9 años más que yo, ya usaba para contar lo que hacía de pequeño, es algo que duró mucho tiempo. Ahí los niños aprendíamos a hablar y a narrar cosas, era un placer contar historias pero era aún más placentero ver la fascinación que podías despertar, el juego que creabas. Tiene mucho que ver con todo lo que salió después de los juegos de rol, porque yo explicaba aventis a mis amigos pero también les daba un papel en la historia. Eso me apasionó, y cuando aprendí a escribir vi que era la mejor forma de contar aventis si no había público.

¿Aquí empezó todo?

Aquí nace todo, ese es el tipo de juego que me marcó. Pero además la novela policíaca me da un juego adicional, que es el enigma. Pero si no es el juego del enigma es una dimensión lúdica de la novela negra. Todo trata de cosas que nos angustian mucho, suceden cosas que no nos gustaría que nos pasaran a nosotros: roban, violan, asesinan... Todo esto es una especie de exorcismo, y para que sirva de librarse de los miedos es necesario un distanciamiento. Entonces, el juego el humor y el artificio son herramientas importantes para poner distancia.

Entonces, ¿escribir novela policíaca es canalizar miedos?

No lo dudes. Y no sólo los miedos, también la agresividad y la locura, todas las cosas feas de las novelas negras.

Antes hablabas de las polis. ¿Qué tiene Barcelona para ser escenario de tanta novela policíaca y para ser caldo de cultivo de grandes autores del género?

No tengo ni idea, para mí lo único que tiene Barcelona es que he nacido aquí y he vivido aquí, conozco la ciudad. Si quisiera ambientar una novela en París seguramente la cagaría y un parisino vería que no tengo ni puta idea de lo que digo. Aun así, si buscamos el por qué hay ese caldo de cultivo, yo hablaría del cosmpolotisismo y de su aproximación a Europa. Durante años la novela negra estuvo marginada dentro de la cultura, también la catalana, pero durante el franquismo en Barcelona había la Editorial Joventut, que publicaba novela policíaca (censurada y de derechas, pero estaba ahí), y en los años 60 nace La cua de palla. No fue un éxito de ventas, pero existía, y creó adictos a la novela negra entre los cuales me incluyo. Y eso es una aproximación a Europa, porque normalizábamos algo que era imposible en el resto de España, pero porque estábamos más cerca de Francia e Italia.

Leía en una entrevista anterior que tienes cierta fascinación por los bajos fondos, el mundo de prostitutas, camellos, drogas, delincuentes... ¿Es algo que viene de la infancia?

Mi niñez tiene anécdotas que pueden ilustrar el hecho de que yo estaba encarrilado hacia el lugar donde he ido. Antes de eso te diría que más que la fascinación por los bajos fondos (que suena ampuloso) te hablaría de la pasión por la transgresión. Cuando escribimos el atraco perfecto, el asesinato perfecto o nos identificamos con el malo, estamos haciendo un poco de transgresión. Mi mujer, que es psicóloga, cuando le preguntan si no le da miedo vivir con un tío que se pasa el día tramando asesinatos, coartadas y formas de hacer desaparecer cadáveres, siempre responde que le parece bien que lo escriba, porque así no lo hago.

De momento la teoría le funciona, ¿no?

Sí, es su forma de enfocarlo [ríe]. No sé si es acertada, pero... En fin, ¿hablamos de mis infancias? Yo a partir de la escritura de Cabaret Pompeya, que es un homenaje a mi pasado, he reconstruido muchas cosas. Yo tenía un tío que era policía franquista, comisario de la comisaría de la audiencia. Mi padre me contaba muchas cosas de su hermano, y también me llevaba a verlo los domingos. El tío Manolo me cogía de la manita y me decía: ven tete, que te enseñaré los presos.

Como si fueras al zoo.

Sí, me cogía de la mano, bajábamos los escalones del calabozo y me enseñaba los señores que había por allí, que debían pensar: ¿qué hace aquí este mocoso? Yo recuerdo ir a casa del tío Manolo el 1 de enero, San Manolo. Siempre, cuando entrábamos yo y mi primo, el tío Manolo nos cogía de la mano y nos llevaba a su dormitorio. Allí abría el armario, abría un cajón y dentro del cajón había las pistolas: el revólver y la automática. ¡Y eran de verdad! Estaban ahí, eran objetos que mataban. Ni él ni nosotros las tocábamos, solo lo mirábamos, nos quedábamos acojonados y después él cerraba el cajón, el armario y ale, hasta el año que viene. A todo eso mi padre me hablaba con mucha admiración del pistolerismo de los años 20 de Barcelona, y también con cierta admiración por el pistolerismo antifranquista, el de Sabater. Mi padre tenía arrebatos fachas, pero de vez en cuando le salía la vena revolucionaria. Él me llevaba al Bar Boston, en Aribau con Aragó (ahora hay un Tex-Mex, es lamentable), y siempre me contaba batallitas. Me decía: en este colgador dejaban el sombrero y las pistolas los del sindicado libre. En vez de hablarme de Sant Jordi me hablaba de cosas así.

¿Percibes la novela policíaca como herramienta para denunciar desigualdades de forma encubierta y de hacer retrato social?

Sí, claro, incluso sin encubrir nada. Es lo que te decía del término policíaco, creo que se ha convertido en un género para criticar la sociedad. Incluso la novela victoriana más tradicional, que parece que sea de derechas y solo hable de gente rica, la base de ese género es mostrar que el que parece menos sospechoso también puede ser un asesino. Y es una gran crítica social, además durante la trama vas a descubrir trapos sucios de todos, y verás que todos tienen motivos para asesinar: militares, burgueses, curas... Y el que parezca más inocente será el culpable.

Me gustaría poner dos nombres propios sobre la mesa: Manuel Vázquez Montalbán y Francisco González Ledesma. ¿Qué han representado en tu carrera y qué importancia tienen dentro del panorama global?

Vázquez Montalbán nos dio permiso a todos para escribir novela policíaca con un experimento en el que se la jugó mucho. A mí personalmente, él me ayudó. Mucho. Yo pude publicar gracias a haberlo conocido, y él me tendió la mano para publicar mi primera novela.

¿Cómo fue esta historia?

Fue muy divertido. Yo presenté mi primera novela a un concurso de Los libros de la frontera, y no me dieron el premio. Yo pasé de todo y seguí, en aquél momento trabajaba de guionista de cómic en la revista Muchas Gracias. Un día fui a la redacción y el director, Tom (creo que era él) me preguntó si había escrito una novela y la había presentado a un concurso. Le dije que sí y me comentó que había unos señores que querían conocerme. Cruzamos el pasillo y fuimos a la redacción del Por Favor, una revista mítica que llevaban Vázquez Montalbán, Joan Marsé y el Perich. Para mí eran tres mitos, ahora no encuentro nadie equiparable a lo que eran ellos en el momento actual. Eran la santísima Trinidad. Y me plantaron allí, ante los tres.

Qué presión.

Me dijeron que ellos estaban en el jurado del premio al que envié la novela, y que no me lo dieron porque la editorial quebró. Entonces, al saber que yo andaba por allí, quisieron hacérmelo saber. A partir de aquí me ayudaron mucho, Manolo movió sus contactos en Planeta y publiqué en una filial de la editorial, Joan Marsé me cogió aparte y me dijo: tu novela es buena pero no es muy buena. Parecía que se la hubiera aprendido de memoria, me empezó a hablar de momentos concretos del protagonista, de detalles de la trama... Y Perich, a partir de entonces, cada vez que encontraba un buen libro policíaco me llamaba y me lo recomendaba. Me sentí muy arropado por ese trío, para mí fue muy importante.

¿Volvemos a la figura de Montalbán?

Él escribe Tatuaje. La novela en aquél momento había muerto, solo se hacían experimentos estructuralistas, nadie daba importancia al fondo y a la historia. De hecho, lo dijo él mismo en El manifiesto subnormal. La primera novela en la que sale Pepe Carvalho es Yo maté a Kennedy, una fantasmada absoluta, yo no entendí nada de ese libro. Y Manolo, por una apuesta, acabó escribiendo tatuaje, una novela policíaca. Antes de Manolo, Manuel de Pedrolo ya había escrito temas de novela policíaca, Jaume Fuster también. Todo eso crea un cojín para que los otros nos veamos con fuerzas para escribir libros ambientados en Barcelona. Eso ahora es complicado de entender, pero escribir una trama en la que el tío de la pistola se llamaba Pérez era grotesco. ¡Era imposible!

¿Tenía que llamarse Smith?

¡Claro! Y decías: y pasan por el Arc de Triomf. ¿El Arc de Triomf? ¡Vamos, hombre! E iban con un 600. Claro, chirriaba por todos lados, y además el detective se llamaba Pepe. Claro, aquí es donde es importantísimo Montalbán, y entre eso y que a mí me ayudó personalmente, pues lo tengo en un pedestal. Dicho esto, creo que ya es el momento de decir que la serie Carvalho tampoco es tan buena. Se puede decir, ¿no? Yo he hecho una novela de homenaje y todo, ¡eh! Pero todo el que empieza balbucea, y aquello eran balbuceos. Es mejor Juego Sucio de Manuel de Pedrolo que cualquiera de las novelas de Carvalho, incluso la que ganó el Premio Planeta. Para mí Manolo es un papá. En cambio, González Ledesma es un cómplice.

¿Un cómplice? ¿Por qué?

Curiosamente, mi personaje preferido era el inspector Dan de la Brigada Volante. ¡Y el guionista era Paco! Y yo no lo sabía, yo leía tebeos y ni me lo planteaba. Mi padre leía novelas del oeste, y Silver Kane era de González Ledesma. Tengo una imagen de él como un tío al que le gustaba lo mismo que a mí, como un colega, un cómplice. Años después me encargaron escribir los guiones del inspector Dan. Paco era un escribidor, había hecho muchas novelas de duro, y yo quiero considerarme un escribidor. Nunca ganaré el Nobel ni el Cervantes. Lo sé, escribo novela popular, si hoy día existieran las novelas de duro yo sería un escritor de novelas de duro. Y orgulloso y feliz. No escribo con grandilocuencia para cambiar la sociedad y la vida de las personas.

Precisamente hoy, uno de los hijos de González Ledesma, Enric González, decía que la novela negra sirve para mostrar que la línea entre buenos y malos y morales e immorales es muy fina. ¿estás de acuerdo?

La crítica que más me gusta de mis novelas es que sé encontrar la parte buena de mis personajes malos y la parte mala de mis personajes buenos. Eso quiere decir que son tridimensionales, personajes calidoscópicos que no son blancos o negros. Y es esto. De todos modos, la novela policíaca es novela moral, la que habla más de transgresión, de la barrera entre el bien y el mal. Da igual que te pongas del bando de los atracadores. Da igual, siempre hay el que hace el bien y el que hace el mal, eso es ética y moral. Según cómo te puedes quedar con los buenos y los malos elementales, pero si profundizas un poco te das cuenta de la figura que vigila al vigilante.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Bandarra. Tiene que ver con una forma más o menos remota con la novela negra. Me quedo con bandarra.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Marc Saludes

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