Cesc Casanovas: "Jugar era como regar un embrión en el que creía, regar la semilla"

Cesc Casanovas (Barcelona, 1974) nos recibe en las puertas del Bar Adonis de Barcelona en camiseta de manga corta. Es diciembre, y es de noche. Viene del gimnasio y en tres horas estrenará su obra Tot bé, gràcies [Todo bien, gracias], un proyecto personal que hace tiempo que prepara y que hoy mostrará por primera vez en el teatro tras meses de preparación y algunas representaciones de prueba. Hace diez años que es una de las caras visibles de Polònia, imitando personajes como Junqueras, Ferran Adrià, Eduardo Zaplana y un largo etcétera. Hoy ha comido carn d’olla, un plato típico catalán nada ligero, y ha estado toda la mañana de ruta promocional, así que es complicado imaginar qué le pasa por la cabeza después de responder tantas preguntas, y parece difícil sentarse con él para intentar rascar algo interesante. Cuando se sienta habla sin parar, enlaza sus propios discursos y parece olvidarse del piloto automático, aunque la obra que estrenará en pocas horas parece flotar en la conversación en todo momento.

¿Qué expectativas y sensaciones tienes tres horas antes de la estrena y con una carn d’olla en la barriga?

Yo espero que la gente lo sepa, la difusión es importante. Mis compañeros y yo confiamos en el trabajo que hemos hecho. A ver, es un tipo de espectáculo en el que no bebemos de salir en la televisión ni de imitar, aunque pueda servir como gancho y quizá por eso hoy hemos hecho mil entrevistas. En el fondo, los tres venimos del teatro y es lo que nos gusta. Es un espectáculo de pura creación, empezamos escribiendo un monólogo cada uno y a partir de aquí los empezamos a mezclar, y vimos que se seguía a la perfección. Y no sólo eso, mientras uno recitaba el resto empezaba a improvisar sobre lo que hacía el otro. Y así lo fuimos creando, hasta que llegó un director que nos dio una mirada externa muy necesaria, porque cuando tres personas llevan mucho tiempo pegadas a un texto ya no ven nada. Primero empezamos con Xavi Bertran, luego nos quedamos un poco huérfanos pero nos hemos recuperado. Yo espero que hoy nosotros podamos ir concentrados y relajados, tranquilos en el sentido de que no haremos ninguna falta garrafal, cuando nos equivocamos también jugamos con esto.

Es importante no tener miedo.

Claro, esperamos que la gente se ría y ya está. Tampoco vienen muchos críticos a las estrenas de comedia teatral, también te lo digo... Esperamos que la gente más quisquillosa tampoco se lleve un chasco, pero en el fondo me lo tomo como un bolo de amigos, vendrá gente que sabe mucho de teatro, pero como nosotros nos lo hemos pasado bien haciéndolo, esperamos contagiar esa sensación. Las previas que hemos hecho han salido muy bien, así que nos lo tomamos con cierta tranquilidad. Sobre todo queremos que el éxito llegue por el boca-oreja, esperamos no destrozar el texto y esperamos que no se nos vaya de las manos. Yo creo que será cojonudo.

Des del punto de vista de alguien que jamás se ha subido a un escenario, ¿qué pasa por la cabeza momentos antes de ponerlo todo en marcha?

Es extraño. No lo sé, a veces yo cuando estudiaba en el Institut del Teatre también me llenaba la cabeza de muchas cosas que podían ser muy útiles (cosas de voz, corporales, de interpretación, de personajes...) pero a veces lo hacemos todo demasiado grande. Te obsesionas demasiado, y con los años aprendes que a veces nos comemos la cabeza con el personaje cuando hay un momento en el que ya está, no hay más, aunque tú quieras darle una doble o una triple profundidad es lo que hay. Y cuando ya has hecho el proceso y te has peleado y discutido, al final aprendes que todo lo que te queda por hacer lo arreglarás en el escenario. Si te quedas en blanco deberás resolverlo en el escenario, hacer una respiración y buscarte la vida. Al final tiene que ser un día normal. Lo más importante para una persona que se sube a un escenario es ir descansado para tener capacidad de concentración en el momento que toca. Los actores tienen fama de fiesteros y de tener una vida bohemia, pero la mayoría son gente muy disciplinada. A veces ir a hacer promos por las radios te chupa más energía que echar un polvo. ¡Que es algo que sí va bien! [ríe]. Aunque todo lo que sea perder energía es un poco contraproducente.

Una de las cosas que me ha llamado la atención es que la obra se define como un juego de mimos, un juego de voces y un juego de personajes. ¿Por qué esa definición a partir del juego?

A los tres nos gusta el humor, los tres venimos del teatro, los tres somos amantes de la música... Hay una serie de recursos unipersonales que todos sacamos, hacer aquello de cambiar de personaje uno mismo, y hablar contigo mismo pero ser dos personajes, per ejemplo. Después hay cosas de cantar, que un día haciendo el payaso me puse a cantar un blues en medio de una escena que es un entierro y vimos que colaba. Yo cantando soy un petardo, pero puedo parodiar a un cantante. ¡Y funciona! La clave es copiar los tics de los cantantes que te gustan. Al fin y al cabo es un espectáculo con poca escenografía, jugamos con una silla, un butacón y una caja, y damos distintos significados al objeto dependiendo del momento. Tiramos mucho de los recursos que tenemos como intérpretes, y nos lanzamos sin red. Hay un punto de inconsciencia, porque yo me pongo ahí con dos cojones a cantar y a saber cómo puede salir... Digamos que como nos lo pasamos bien cubrimos todo eso. Es un espectáculo con muchos cambios. Edu Pericas nos ayudó los dos últimos meses a dirigir y ordenar cosas cuando ya no veíamos nada en nuestro propio texto.

La gente del teatro que ha pasado por Verbàlia (Galceran, Belbel) nos ha dicho que el juego es importantísimo en el teatro. ¿Lo has vivido así?

¡Sí, sí! Ese espectáculo es un claro ejemplo de juego. Cuando empezamos tuvimos nuestras crisis, empezamos a improvisar y no nos conocíamos los tres entre nosotros, hay momentos que no funcionan... El hecho de tomárselo como un juego nos permitió tirar hacia adelante, y mira que empezó como un compromiso con nosotros mismos, pero el hecho que cada día al ensayar hiciéramos el loco y jugásemos... Un día empezamos a jugar a baloncesto con una bola imaginaria, como los niños pequeños, y nos creímos Jordan. Pues ese juego al final es la introducción de la obra. Son cosas muy idiotas, como aquella hoja pequeña que parece una mierda pero que en medio del desierto es vida, y hay que cuidarla por encima de todas las cosas. Es lo que nos ha pasado con el juego en esta obra. Al final te entiendes y viene alguien para ayudarte y poner las cosas en su sitio, porque yo el proceso de creación lo he vivida con un amor-odio bastante intenso, no sé mis compañeros, pero yo... El hecho de jugar era como regar un embrión en el que yo creía, regar una semilla. Y es el juego, 100%. Juego 100%.

Te has definido como una persona de teatro pero llevas años en la tele. ¿Dónde te sientes más a gusto y por qué?

Yo creo que si haces algo con lo que disfrutas y te lo pasas bien... La tele, básicamente, se distingue del teatro por el ritmo. La tele es muy cabrona, se hace muy rápido y hay muchas prisas. El director de actores puede poner pausas, pero a veces tienes que defenderte tu solo. ¡Hasta dentro del gag! Vas acelerado, la tele pide ritmo pero a veces con las prisas nos confundimos. Es el mayor problema que tenemos, queremos dar ritmo pero para dar ritmo hacen falta pausas, si quieres sorprender hay que acelerar y reducir. En el teatro eso es natural, si no tienes eso quedas aún más falso que en la tele, si hay precipitación es imposible creerse algo. Yo intento que en la tele haya la máxima verdad aunque sea con un comentario hecho por un personaje muy exagerado. El registro es exagerado, el Polònia tiene un punto teatral en ese sentido, pero si lo haces creíble ya lo tienes. El gran reto del teatro es  hacer un gran gesto y que no parezca postizo. Y en la tele hacer cosas esperpénticas que parezcan creíbles es muy complicado. Depende mucho del producto o la obra que hagas. Todo el mundo dice: el teatro es donde me siento mejor, el teatro es mi casa... [con retintín] A ver, yo también lo pienso y es donde mejor me siento, pero la tele y el cine también son teatros. Y también lo puedes pasar fatal haciendo teatro, estar hasta los huevos de tener que ir todos los días, tener ansiedad, no estar de acuerdo con el director, arrepentirte de todo...

Y al revés, mucha gente frivoliza la televisión.

Hay gente que se queja de la telebasura... Para mí el Polònia es un producto de cojones, estoy satisfecho de formar parte de él y creo que hay unos guionistas cojonudos que siguen al pie del cañón, y estoy orgulloso de formar parte de esto diez años después. Entonces hay una serie de tópicos que a veces dices... plas plas. [hace el gesto de dar dos bofetones.

Seguramente eres el gran ausente en Polònia, El Musical, que se ha estrenado hace unas semanas.

Sí, yo ya me había comprometido. Mi relación con la gente del Polònia es muy estrecha, ellos querían hacer el musical pero nosotros hacía la vida que estábamos liados con el Tot bé, gràcies, acabábamos de encontrar una productora. Vimos que las fechas eran las mismas, y a mí me apetecía estar en el escenario con mis colegas del Polònia de toda la vida, pero claro... No es lo mismo hacer esto que hacer un espectáculo con dos tíos en el que un tercio de la obra es tuyo y no te pueden sustituir.

¿Cómo te ficharon por Minoria Absoluta?

¿A ti qué te han dicho?

No quiero hacerme un auto-spoiler...

Yo empecé a hacer sátira política en un cabaret que se llamaba El Burladero. Imitaba a Maragall, hacíamos cosas muy chulas, llevaba un muñeco ventrílocuo espectacular. Eso lo parió Jaume Collell, que era un ex Joglars y periodista que hacía la sección de El Burladero en La Vanguardia. Lo recortaron cuando el PP sacó la mayoría absoluta, se rebotó e hizo un cabaret de sátira. Total, que un amigo del mundo del teatro me dijo que había un casting y que tenía que ir, porque querían gente que imitase a Aznar y Maragall. Y así empecé yo en el mundo de la sátira, a mí la política me la traía bastante floja, no entraba en sus entresijos. De hecho cada vez es más aburrido, suerte que no tengo que hacer los guiones y que me como una parte de la política que ya está masticada y hace risa, porque si no... Empecé en el Minoria Absoluta de la radio, con Toni, Queco y Manel, que lo hacían todo. Pero no recuerdo muy bien como fue...

Me han dicho que imitaste al doblador de James Stewart al castellano y se quedaron flipando.

¿Ah, sí? Puede ser, debe ser en la época del 7 de Nit, que era formato noticiario y flipabas porque Queco, que había hecho las noticias en TVE, estaba allí haciendo el payaso. Pero sí, yo hice el oye muchacho y fliparon, no entendieron por qué imitaba al doblador de un actor viejo, pensaron: ¿qué hace ese tío imitando a James Stewart? ¡De hecho, a su doblador! Y puede ser que fuera el toque definitivo para ficharme, es posible.

Ya hace casi 15 años de esto. ¿En qué crees que habéis acertado para seguir en pie y evolucionando año tras año?

¡Uf! Pues no lo sé, hay un espíritu de continuar, todo es complicado de hacer pero de momento parece incorruptible (aunque nada lo es del todo) el espíritu mordedor. Por suerte tenemos a Toni, que es un director muy vivo y activo y es el padre de todo esto, sigue mimando al Polònia. Luego está Jaume Buixó, que nos arregla la vida, igual que Gemma, consigue que las horas cuadren... ¡Y siguen riéndose! Jaume es un festival: se le ocurren cosas, se ríe solo, te lo contagia. Todo el mundo que está allí sabe que está haciendo algo que merece la pena, aunque cobres poco o hagas las cosas peor de lo que podrías hacerlas por las prisas. Todo el mundo trabaja muy de prisa, los de atrezzo, los guionistas... Es un trabajo que no se ve pero que hay que valorar. La semilla de todo eso, de los tres que empezaron a hacer la gran broma de reírse de los políticos era precisamente esto: reírse de los políticos. Estaban hartos de comerse ruedas de prensa en las que no se decía nada, rajaban de los políticos... Habían mamado eso 10 o 15 años y dijeron: ¿sabes qué? Botifarra de pagès! [expersión catalana equivalente a que os den] A además con talento. Yo recuerdo que en los principios del Minoria Absoluta me hacían improvisar fuera de guión y yo me cagaba. Toni me decía: escuche señor Saura, usted que dijo tal... Y yo, que era un pringado que venía del teatro, ¡casi ni sabía quién era Joan Saura! Yo hacía  heeee, he...  Claro, ellos la clavaban. Recuerdo que Queco las clavaba de tres en tres, siempre hacía diana, el cabrón. Improvisaban de maravilla. Esa es una semilla potente.

Fue complicado, a pesar de todo.

Sí, hubo una procesión... CityTv, el programa de Júlia Otero, Antena 3 en las Españas que no querían hacer enfadar a nadie... Y finalmente volver a TV3 con las cosas rodadas y claras, un equipo de maquillaje indispensable... Al final te das cuenta de que todo lo que acaba calando tiene un proceso de años de crecimiento hasta que llega a ser un formato. Los programas de hace 7 años del Polònia me parecen muy raros. Ho ahora me quiero morir cuando veo un gag del 2004. No lo puedes asociar con el Polònia actual. Espero que dure, pero pienso: ¡joder, ya llevamos 10 años!

Supongo que te quedas con algún personaje que hayas llevado a un estadio superior...

A nivel de diversión... Con Ferran Adrià me lo he pasado muy bien, me ha dicho que se lo encuentran en el aeropuerto y le dicen: Ferran Adrià, ¡como el del Polònia! Los imitados son agradecidos, los que no son políticos (porque a ellos les metes caña) te cogen cariño. Y ríen mucho contigo, hemos hecho entrevistas los dos juntos partiéndonos el culo. Y los personajes que toca hacer cada semana dan más pereza, como Mas-Colell, o David Fernàndez... Mola más hacer personajes que hace tiempo que no haces, como el mismo Ferran Adrià. Me lo he pasado en grande haciendo de Zaplana o de José Bono. Es fantástico. Es que Zaplana... Sin avisar al realizador, con Bruno Oro haciendo de Acebes y yo haciendo de Zaplana nos descojonábamos, y ¡oye macho, vámonos de putas!  Esa pareja era muy graciosa. El que está más lejos de tu forma de pensar es el que más te hace disfrutar. Y es gente de la que esperas hostilidad, pero después te encuentras a Bono y tiene su parte cachonda y su fair-play. Y dices: ¡olé!

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Podrimener [pudridero]. A mí las eses se me escapan mucho, y en el teatro se nota. Caliento mucho fonéticamente, y paso un texto de Shakespeare, y hay un momento en el que el caballero temerario critica a no sé quién... Y aparece la palabra podrimener. Y ya que hago sátira política, creo que sirve para explicar cómo está la política actualmente, que es un pudridero.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo 

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