Fernando Beltrán: "La poesía es el goce del lenguaje y la cuchilla del lenguaje"

Las palabras de Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) exigen un tiempo de digestión, un proceso imposible de llevar a cabo en la brevedad de una conversación. Fernando tiene una doble relación con las palabras, que de su mano pueden convertirse en poesía – cuenta sus poemarios por decenas – o en nombres. Es un pionero en España del naming, el arte de poner nombre a las cosas, actividad que suena menos frívola en boca de un poeta. Ha bautizado empresas y lugares como AMENA, OpenCor o Faunia. Es un día lluvioso de otoño en las Ramblas y nos sentamos en el hall de un hotel de una de las callejuelas cercanas, huyendo del permanente vaivén de turistas en el centro de la ciudad. La luz tenue del lugar y el lenguaje inevitablemente lírico de Fernando construyen su imagen de poeta, y parece existir una extraña simbiosis entre  el clima lluvioso y oscuro de la tarde de Barcelona y sus palabras.

¿Cómo empezó El nombre de las cosas?

Habría que retrotraernos un poco hacia atrás. Recuerdo que una vez un periodista me preguntó algo muy típico que se pregunta a los poetas: ¿de la poesía se vive? Yo estaba respondiendo lo normal, dije que era muy difícil…. Pero finalmente le dije que sí, que se podía vivir de la poesía, y que yo vivía de la poesía, pero que no se podía comer de la poesía. De la poesía se puede vivir pero no se puede comer. Eso me llevó desde muy jovencito a buscarme mil trabajos distintos: vendí libros, fui administrativo, escribí guiones, aparqué coches, bailé…

¿Bailaste?

¡Bailé, bailé! Hice claqué y esas cosas para sacar unos dinerillos. Y con eso volvía a escribir y dedicaba tiempo a mis nuevos poemas. Así llegué a la colaboración publicitaria de textos, i de ahí fui a trabajar a una agencia, donde tuve el primer contacto con este mundillo. Me llamó mucho la atención que los clientes se gastaran dinerales increíbles en la campaña de marketing y en el packaging pero nadie se ocupara del nombre. No tenía ni presupuesto ni tarifa, y a mí me llamó muchísimo la atención. Los clientes decían: bueno, si se os ocurre algo… Y yo pensaba que era muy raro, el nombre es algo muy importante, un punto de partida. Entonces empecé a dar vueltas a esa idea, aunque la gente de mi alrededor me dijo que era una locura intentar comer de esto, aún más complicado que intentar comer de la poesía. Me hacían dudar. Al final fue uno de los dos grandes pasos al vacío que he dado en mi vida: a los 17 decidir que quería ser poeta y no abogado como quería mi padre (me fui de casa con un portazo muy doloroso) y a los treintaypocos decidí que me quería dedicar a poner nombres a las cosas.

¿El naming tiene más de arte o de oficio?

Yo creo que es una suma de los dos. Es la suma de la ingeniería de las palabras y la poética de las palabras. Yo tuve que crear ese oficio, porque cuando empecé no existía, no tenía dónde informarme, no tenía libros ni ejemplos. Si coges los libros de identidad corporativa de los años 80 es increíble – la gente no se lo cree si no lo ve –:  el concepto naming no existía.  Estamos hablando de identidad, algo que empieza por un nombre, ¡y no se hablaba nada del nombre! Tuve que formarme y crear el oficio, crear unos protocolos y unas herramientas. Quería evitar que fuera lo que hasta entonces había sido idear un nombre: una ocurrencia. La palabra que más puede odiar un nombrador es ocurrencia. No se puede vivir de la ocurrencia, las cosas salen bien, mal o regular. Debemos tener unos protocolos de trabajo, una base para que salga algo con mucho sentido para quien está buscando el nombre. Me vino bien aprender de marketing, cine y comunicación audiovisual en mi etapa de publicista. Uno de los mayores errores de los nombres es que la gente quiere tener un nombre bueno desde el principio, y enamorarse inmediatamente de ese nombre. Yo siempre digo que los nombres buenos son los que van subiendo, que conforme tenga más recorrido va a gustar más. Acertar con eso es uno de los retos.

Cuando a ti te encargan un trabajo, ¿cuál es el proceso que sigues y qué factores intervienen?

Vamos a ver. Primero, cada caso es un mundo, cada persona que llama a tu puerta hace que se pueda modificar la pauta de trabajo. Lo normal es empezar por unos objetivos que te marca un cliente. Para mí la fase inicial es muy importante, hay que conocer aquello que tienes que nombrar, es básico. Una vez crees que ya conoces lo suficiente lo que vas a nombrar sí que empezamos con las herramientas léxicas y de vocabulario, los campos de búsqueda. Ahí vamos abriendo un abanico de posibilidades léxicas sin buscar el nombre todavía, lo que hacemos es hacer campos léxicos de palabras y conceptos que poco a poco nos van a llevar al nombre. Luego es importante pensar en los valores que quiere transmitir el cliente, una tabla de valores con la que se trabaja en paralelo para que los nombres se correspondan con ella. El trabajo dura entre 4 y 6 semanas normalmente, y vamos decantando. Primero llegamos a un nombre conceptual. Decimos: esto es arte joven. ¿Arte joven es un buen nombre? Quizá suene vulgar y genérico, vamos a buscar más. Y luego llega la última fase que es el registro. Ahí se nos viene abajo el 90% del trabajo hecho, porque si el nombre ya está registrado no se puede usar. Yo he tenido que prepararme en disciplinas que nunca había pensado que necesitaría, como por ejemplo las leyes. ¡Finalmente mi padre se vengó y he tenido que aprender a ser abogado!

¿Cuánto cuesta ese servicio?

Cada caso es un mundo, una situación distinta. Puede ser entre 1.000 euros hasta 10.000 o 15.000 euros. Depende para quién trabaje, es algo que tengo absolutamente claro, no cobraré lo mismo a alguien que quiere abrir una tienda en la esquina de su barrio con sus ahorrillos que si me viene BBVA o Repsol. Luego, el 30% del trabajo que he hecho en mi vida, más de 600 nombres, han sido nombres gratis para ONG’s o causas que lo merecen.

Para ponderar el valor del naming, he visto que citas a menudo el gran cambio de rumbo que tomó la carrera de Gabriel García Márquez cuando decidió que su novela, llamada La casa finalmente se titularía Cien años de soledad. ¿Cómo se puede medir eso?

Es muy difícil ponderar, estamos en el mundo de los intangibles. Pero en el mundo comercial sí que hay ejemplos, yo ya no me peleo con esto, con la opinión que da igual un nombre que otro. Me parece mentira que gente que invierte millones en un proyecto le parezca caro invertir 1.000 euros en un nombre. Yo viví un ejemplo que fue medible, el Parque Biológico de Madrid. Fue una inversión enorme, había de todo y era un espacio muy interesante, pero nadie lo conocía, el nombre confundía. Cambiamos el nombre a Faunia y hubo colas para entrar ahí, y eso que es un nombre sencillo y comercial. Hubo colas durante meses solo por el cambio de nombre. O AMENA, que se iba a llamar Redtevisión Móvil. No es lo mismo. Y el caso de García Márquez es muy claro, la novela sería la misma, y sin embargo con ese cambio de última hora la evocación y la sugerencia de su texto fue mucho mayor.

¿Recuerdas algún otro caso parecido?

Sí, El nombre de la rosa de Umberto Eco se llamaba El crímen de la abadía. Hay pequeños cambios y matices decisivos. La saga de Stieg Larsson que se llama Los hombres que no amaban a las mujeres fue objeto de un giro muy importante en lengua castellana. Se llamaba Los hombres que odiaban a las mujeres. No es lo mismo odiar a las mujeres que no amarlas. Y eso al final supone un cambio en las ventas. Si antes decíamos que en los libros de identidad corporativa no había referencia a los nombres, tampoco existían en los libros de cómo hacerse novelista. Y es curioso, porque es fundamental. Vargas Llosa tenía una de sus novelas con el editor Carlos Barral en Barcelona que se llamaba La morada del héroe. Barral le obligó a cambiarlo y no sabían qué nombre poner a la novela. Abrieron por ahí un libro del propio Barral, de poemas, y vieron un verso que decía algo de la ciudad y los perros. La ciudad y los perros, ese título mítico de Vargas Llosa que de repente cambia la historia.

Al principio has dicho que vives de la poesía pero comes del naming. La herramienta de trabajo es la misma: el lenguaje. ¿Cómo cambia el tratamiento a lenguaje en las dos tareas?

Son dos mundos distintos, aunque si te enseñara la libretita que tengo en la gabardina verías que hay páginas dedicadas a las dos cosas. Pero hay dos cosas en común: la síntesis y que estamos en el mundo de la palabra. El poeta quiere decir el máximo de cosas en muy pocas palabras, quiere evocar mucho, sugerir mucho. El nombrador tiene que llevar todos esos valores y atributos a una o dos palabras. La palabra y la síntesis son dos de las cosas más parecidas. Evidentemente luego son mundos muy distintos en cuanto a la emoción y el estado de ánimo. En mis poemas, lo consiga o no, intento expresar mi verdad, mis dudas, mis miedos. Y con los nombres intento darle nombre a las verdades de los demás, no debemos subirnos al olimpo de los artistas, la gente tiene proyectos, ideas y es su mundo. Es su verdad, y yo intento ayudar a que salga esa idea. Yo no soy un publicitario, no lo digo para bien ni para mal, yo soy un nombrador que está ahí cuando las cosas comienzan. No es algo que no se haya inventado. Platón hace muchos siglos escribió en uno de sus diálogos el arte de las palabras, que es el arte de nombrar. Los nombres vienen de siempre, los nombres dicen, los nombres son una llave, un puente para ceder. Son aquello que nos acerca, las palabras con las que nos acertamos y nos equivocamos. Muchas veces en las relaciones de pareja cometemos grandes errores por nombrar algo con la palabra que no es la adecuada. Y cuántas veces lo solucionamos por acertar. Hasta en las enfermedades, hay enfermedades innombrables. Y eso es un gran error, y tienen su nombre, y sólo después de nombrar la enfermedad se puede encontrar una curación. Esa metáfora del mundo de la medicina sirve para la vida, muchas veces solo nos falta la palabra sanadora. Y debemos tener mucho respeto al lenguaje, porque un error nos puede complicar mucho la vida por nombrar algo mal.

He encontrado un artículo tuyo en El País dl año 1987 en el que criticabas la tendencia de la poesía a alejarse del hombre y todo lo que lo envuelve. ¿Ha cambiado esa tendencia?

¡He cambiado yo! [se ríe] Habría que salir al mundo a preguntar. A ver, yo era joven cuando escribí aquello, y estaba metido en el mundo de las poéticas y los movimientos poéticos. Y nosotros, como siempre ha pasado, nos oponíamos al movimiento poético anterior al nuestro, que era la poesía culturalista. Era una poesía muy veneciana, con muchos referentes clásicos, como la antología de los Nueve novísimos que se publicó aquí en Barcelona. Entonces, era una poesía lejana. Y la generación de los 80’, de la movida, éramos una generación muy vitalista – supongo que tan vitalista como la anterior, pero nosotros nos creíamos más vitalistas que nadie – y empezamos a escribir desde lo que vivíamos cada día. A aquello se le llamó la poesía de la experiencia, pero básicamente se trataba de escribir desde la metáfora del día a día.

Los movimientos literarios también podrían dar pie a una discusión de naming.

Sí, seguramente hay grandes errores y grandes aciertos, y son muy interesantes. El otro día descubrí el origen del realismo mágico. Se ve que lo citó un escritor venezolano y ¡plaf! De repente triunfa. Entonces, nosotros desde esa poética generacional, por oponernos a lo anterior, creíamos que si algo ocurría en las calles de Madrid, Sevilla o Barcelona no teníamos que situarlo en Venecia. Es un artículo en el que me reconozco pero desde la poética de alguien más joven. El que he cambiado soy yo porque cuando eres joven estás metido en las luchas poéticas de movimientos, y luego cuando avanza la vida te das cuenta que la única poética que existe es la propia vida. La vida te da palos por todos lados, te da alegrías, y cuando algo te derrumba te das cuenta que ahí no existen ideas preconcebidas ni movimientos poéticos que valgan. Las poéticas son peligrosas porque pueden hacer que tú te fuerces a ser fiel a lo tuyo aunque no lo sientas. Yo he decidido que he abierto las ventanas y las puertas a lo que tenga que pasar. Si es poesía del silencio con pocos versos, pues que lo sea, y si es una poesía de amor torrencial, que lo sea.

Me gustaría hablar del Aula de las Metáforas. ¿Cuáles son las premisas para divulgar poesía?

Pues mira, yo doné mi colección de poesía, casi 3.000 libros, para crear un lugar que fuera motor de creación poética. No quiero que la poesía asuste, hay cuadros hermosos, es ahí en la Villa de Grado, un pueblecito cerca de Oviedo. Está en el ala de un palacio del siglo XVII – en el ala porque no podía estar en otro sitio, la poesía es vuelo e imaginación – y queremos que así sea porque la gente tiene respeto a la poesía, pero a veces ese respeto significa distancia. Los poetas muchas veces nos quejamos de que se nos hace poco caso, pero hacemos poco por difundirla. La gente no tiene que saber que tienes un libro guardado en un cajón. La clave es hacer contacto con posibles lectores. La gente dice que no entiende la poesía, pero el día que un verso te engancha ya eres un loco de la poesía. Es muy curiosa la relación con la poesía, mucha gente dice que no la entiende pero luego es gente que ama y conoce las letras de todos sus cantantes preferidos, y no recuerda que eso fue un poema antes que una canción. O cuando ocurren las grandes cosas de la vida: la muerte, el nacimiento, el desamor… La gente recurre a la poesía. En los grandes momentos de la vida está la poesía para establecer una mirada de otra cosa. Es lo que se le puede pedir al poeta. Pero vaya, tenemos los mismas dudas, los mismos miedos y los mismos fríos que todo el mundo… Y también las mismas ilusiones, esperanzas y abrigos. Y si la poesía te sirve a ti para eso, quizá también pueda servir a los otros. Eso es el Aula de las Metáforas.

Hace semanas entrevistamos a Josep Pedrals, y decía que la poesía no podía vivir en un universo transcendente, que a veces escribía solo por el goce del lenguaje. ¿Compartes esa idea?

La comparto por el simple hecho de que es la idea de alguien. La vida de cada uno merece respeto, y cada uno de nosotros tiene su verdad. Si para él es su forma, magnífico, pero cada persona tiene su latido. Para mí, en parte, la poesía cumple con lo que él decía, pero siempre necesito un interlocutor al otro lado. Yo la poesía la escribo para mí y para un tú que puede ser un amor, una novia o un amigo. Pero para mí el interlocutor es importante, aunque la poesía la escribas para ayudarte a ti mismo. Pero está claro que el goce del lenguaje es importante, es nuestra herramienta. Por el goce o por el destrozo del lenguaje, el lenguaje hace gozar y hace sufrir. La poesía hace gozar y hay veces que te revuelve. A veces la poesía te revuelve la vida, te la complica, estás medianamente bien, y tú vuelves a abrirte por dentro y sacas la entraña sobre la mesa. Y te complicas la vida. Entonces, la poesía es el goce del lenguaje y la cuchilla del lenguaje.

Me gustaría hablar del proyecto de mujeres encontradas. Cuéntame en qué consiste.

Poesías encontradas son estas, por ejemplo. [Fernando saca de su cartera tres horquillas de pelo y las pone sobre la mesa, las hace pasear por encima de la madera.] Las hemos encontrado esta mañana en Barcelona, están caminando las tres seguidas, es de hace un rato aquí en las Ramblas. Yo pienso que son tres amigas danesas que visitan Barcelona. Esto son horquillas, pero también son alambres que he ido encontrando a lo largo de la vida, y cada uno lo unía a una historia de mujer para hacer una exposición, y la alegría es que desde hace pocos meses es una obra de teatro de una compañía andaluza. Es una sorpresa que algo que empezó con un alambre encontrado en la calle haya llegado a ser una obra de teatro. Me he pasado toda la vida encontrando esas figuritas, y yo no veo nada pero veo horquillas en la otra acera sin buscarla.

Siempre son ellas.

Son ellas, sí. Son ellas. Son mujeres. La primera que encontré es un alambre que bauticé como La Bailarina, porque tenía las patas separadas. Yo vi una historia que yo conocía en esa figurita, escribí esa historia. Y a partir de ahí vino la psicóloga, la funcionaria, la pintora… Cada una con su historia correspondiente.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Te iba a decir intemperie, pero no la voy a decir hoy, la dejaremos para otro día. Me gusta mucho porque creo que define la vida y que es una palabra hermosa. Pero por lo que hemos hablado, del goce y la cuchilla del lenguaje, y hemos hablado de los claroscuros de la vida, voy a elegir la palabra cantimplora. Es una palabra hermosísima, porque el origen – lo descubrí hace muchos años y lo he recordado hoy hablando contigo – es canti y plora, cantar y llorar. El agua se mueve y canta o llora, la vida es una cantimplora, un canto y un llanto.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

 

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