Francesc Castanyer: "A mi edad hay poca gente que juegue"

La entrevista con Francesc Castanyer (Barcelona, 1916) se hace tratándole de usted. Tenía 23 años cuando terminó la Guerra Civil Española, 59 cuando murió Franco y ya estaba jubilado cuando se redactó la Constitución del 1978. La víspera de la entrevista cumplió un siglo de vida, entero, 100 años redondos. A pesar de las consecuencias innegociables que conlleva la edad - habla lento y con la respiración algo acelerada, se mueve con un caminador - tiene la cabeza clara para razonar, y la vista apta para leer, resolver crucigramas y diseñar rompecabezas terapéuticos para enfermos de Parkinson. De eso hablamos el día después de su cumpleaños centenario, y también del vínculo de su familia con Josep Carner, todo ello en la biblioteca de la Residencia Augusta Park, donde vive desde hace 16 años y a la que cedió todos los libros que barnizan las paredes.

¿A qué juega alguien que tiene 100 años?

A mi edad hay poca gente que juegue. Yo todavía lo hago, y hago cosas como leer todo lo que no pude leer cuando trabajaba, por falta de tiempo. Son libros sobre la historia y la ciencia. Pero yendo al tema de los juegos, hubo una temporada en la que me dedicaba mucho a los rompecabezas. Ahora los tengo bastante aparcados, desde que di mi colección a los de Figueres, al Museo del Juguete. Yo tengo mucha relación con el Museo del Juguete, ahora hablamos mucho de esta exposición que se muestra actualmente con muchos rompecabezas míos. Esta exposición está dirigida a los rompecabezas por los que me he interesado siempre: los que tienen un algoritmo que descifrar y no se tienen que resolver tanteando. Estamos planeando con los del Museo del Juguete para más adelante una jornada de la aplicación de los rompecabezas en la estimulación cognitiva. Es una de las cosas que desarrollé durante mucho tiempo.

¿Cuáles son las aplicaciones de esta estimulación cognitiva?

Para los enfermos de párkinson, por ejemplo, es muy útil. Para las enfermedades degenerativas en general, pero el párkinson es más susceptible, la cabeza cuesta más controlarla, pero el párkinson afecta a la movilidad sobre todo de las manos, y deja el razonamiento intacto. Y seguramente haremos esta jornada el próximo año explicando estas aplicaciones. En la Clínica Teknon tienen una unidad de día para los enfermos de párkinson y utilizan todo el material que les di yo sobre el Tangram.

Usted hace muchos años que era niño. ¿Se juega muy diferente ahora que a principios del siglo XX?

No lo sé. Tengo la impresión de que sí. Hace mucho tiempo que no tengo contacto directo con la infancia, porque mis nietos ya no juegan y los bisnietos... Mañana vendrán algunos de los bisnietos, y les preguntaré a qué juegan. Hay juegos universales como saltar la cuerda, pero es un juego al que juegan más las chicas, y los chicos a la hora del patio juegan más al fútbol.

Y usted, ¿a qué jugaba?

 Yo antes jugaba en la calle, y creo que eso, en las ciudades un poco grandes, ha desaparecido del todo. En mi tiempo se jugaba mucho en la calle, la escuela, entonces, era de 10 a 13 y de 15 a 17. Teníamos dos horas para ir a comer, y mientras la madre nos llamaba para que fuéramos a la mesa, estábamos en la calle jugando. Estaban los juegos típicos de saltar. Dibujábamos una especie de avión [muy similar a la rayuela] y saltábamos. Los juegos de patio de la escuela iban a temporadas. Recuerdo que hubo una temporada de balas, luego se jugaba con los ositos. Y así. Esto eran los juegos colectivos. También jugábamos mucho a cartas, a la brisca habíamos jugado todos.

Aparte de tener vínculo con el juego, también ha tenido mucha relación con los palíndromos y los crucigramas...

[Interrumpe] Eso vino porque con Màrius Serra y algunos otros nos involucramos en una revistilla que se llama Semagames. Está muy centrada en palíndromos, y uno de sus fundadores, José María Albaigès, que creó la revista y fue su primer director, quería dedicarlo a los juegos de palabras en general. Aún existe Semagames, aunque yo no colaboro directamente. [Espero en silencio porque antes también había hecho una pausa antes de terminar la respuesta. Ahora no sabía si estaba pasando lo mismo]. ¡Bueno! ¿Qué más?

Aparte de esta revista, tengo entendido que usted todavía resuelve el crucigrama cada mañana.

Yo estoy suscrito a El Punt-Avui. Soy suscriptor-fundador del Avui. Y a las 8 de la mañana, que es cuando llegan los diarios aquí, recojo mi Avui y un ejemplar de La Vanguardia. Hay mucha gente de aquí suscrita a La Vanguardia. Yo siempre me la llevo en castellano. Como aquí hay mucha gente que lee La Vanguardia, hay batalla para coger el periódico. Yo, como soy madrugador, puedo escoger. La elijo en castellano porque la gente aquí, parece mentira, aunque sea catalana, como hizo la enseñanza en castellano, quiere leer el periódico en castellano. ¡Y yo me la llevo en castellano porque quiero que queden muchas en catalán! ¡Así leerán en catalán! [Risas]

Aparte de ese activismo, ¿resuelve el crucigrama?

Sí, cada día hago una fotocopia de los crucigramas de La Vanguardia, los de Fortuny y los de Màrius. Cuando ya he hecho las fotocopias, hacia las 9 de la mañana, las guardo en mi habitación y resuelvo el crucigrama después de cenar, antes del Telenotícies. Lo hago ahora con 100 años, ¡cuando no lo hacía era a los 50 años porque no tenía tiempo! Pero ahora sí tengo tiempo.

Usted estaba conectado al mundo literario, su padre tenía muy buena amistad con Josep Carner. ¿Usted llegó a conocerle?

Personalmente, no. Mi padre contactó con él en 1904 o 1905. Él hacía una revista que duró tres o cuatro años que se llamaba Catalunya. Mi tío, Jaume Figueras, era el que pagaba esta revista. La redacción de la revista estaba en sus oficinas. Allí mi padre salía con una prima del Figueras... En fin, creo que con Carner hizo contacto en la Congregación Mariana. En aquella época, la juventud que era de familias católicas y así se encontraba en la Congregación, era un lugar de encuentro. Mi padre hizo amistad con Bofill i Matas, con Emili Vallès ... Era el administrador de la revista Catalunya, yo di la colección completa a Albert Manent, hicimos amistad a partir de ahí. Él editaba el epistolario del Carner, de cinco volúmenes de cartas. En el primer volumen, en una de las cartas del Carner a otro, cita a Castanyer, mi padre, ¡y a pie de página los editores pusieron que era un desconocido! [Risas] Cuando Albert Manent vino le enseñé una serie de primeras ediciones del poeta Carner con dedicatorias a mi padre.

¿Cómo eran estas dedicatorias?

Uy, muy pintorescas, Carner tenía mucha ironía. La irrupción de Carner en la poesía catalana fue una cierta revolución, había grandes papas como el Francesc Mateu que lo vieron como una herejía. Un crítico dijo que Carner era un mal grano de la literatura... Un amigo común de Carner escribió una vez otra persona, y decía "Castanyer, con su prosa agradable, dijo que ..." y Carner, en una dedicatoria a mi padre le escribió: "un mal grano de la literatura dedica este libro a un prosista agradable". [Ríe] Mi padre era bajito, y el primer libro de sonetos estaba dedicado a Castanyer, "agradable y pequeño como un soneto". Estos libros están en la Biblioteca de Catalunya, porque con los hermanos consideramos que la forma de que se conservaran era ésta. Mis nietos, si les hablas de Carner te preguntan si es delantero centro o mediocampista. Ya es otro mundo. Si estos libros se les quedara la familia no sé qué se habría hecho. Y por eso hice mucha amistad con Dolors Lamarca, que entonces era directora de la Biblioteca de Catalunya. Aún viene a comer conmigo de vez en cuando...

Veo que Carner ha sido un personaje importante.

Sí, una amistad profesional y personal. Él era diplomático y andaba poco por Barcelona, siempre estaba en Beirut, o en Bolivia... El año 1912 mi padre se casó, se fue a vivir a Olot y la relación personal se cortó. Pero hubo una circunstancia, en el año 1957. Durante el franquismo se hacían Juegos Florales en el exterior, y ese año se hicieron en París oficiados por Carner. El premio lo ganó una hermana mía, Maria Castanyer. Carner no lo sabía, y cuando descubrió que era la hija de su amigo se emocionó. Era tradicional que en el acto de los Juegos Florales leyera el ganador, y Carner pidió leer él, y le dedicó toda una semana a mi hermana en París. Mi hermana tenía una historia... Tuvimos polio de pequeños. No había vacunas. Pero Maria sufrió mucho, tenía muchas molestias. Ella le dijo al médico: ¿por qué no me corta la pierna? El médico le dijo que era la solución, pero que no se atrevía a decírselo. Y le cortaron la pierna, le pusieron una de ortopédica y al cabo de un tiempo se fue a Estados Unidos.

Dicho así, parece fácil y todo.

Joan Josep Isern le ha dedicado un par de Totxanes a Maria, mi hermana. Gracias a ella revivió la relación con el Carner. Luego, cuando vino a Barcelona yo ya no le intenté conocer, pensé que no me reconocería y que no tenía sentido.

¿Cómo vive ahora, con 100 años, aquí en la residencia?

Mira, yo ayer le dije a la delegada que agradecía mucho la distinción [se toca la medalla]. Una distinción que no por inmerecida es menos agradecida. Yo tengo la sensación de que cumplir 100 años no tiene ningún mérito. Te lo encuentras. Yo no me siento viejo en este sentido, he aprovechado todos estos años en la residencia para hacer todo aquello que no tuve tiempo de hacer antes por culpa de mis actividades profesionales. He leído libros que había comprado y no había leído, porque no podía leer, el trabajo no me dejaba porque no tenía tiempo.

Por último, le pido que elija una palabra.

No tengo. No tengo ninguno de favorita. Para mí, lo que tiene valor es LA palabra. No puedo concretar.

Text: Oriol Soler

Fotografies: Albert Gomis

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