Jordi Fortuny: "Hay significados ocultos en las palabras"

Entrar en casa de Jordi Fortuny (Barcelona, 1954) transporta a una atmosfera distinta. El olor a tabaco y café decora un estudio-recibidor rebosante de libros, con un escritorio con cuatro diccionarios abiertos (que no son atrezzo) y una pequeña cocina, todo en un clima silencioso de tarde de otoño. Aquí es donde Fortuny, el crucigramista en castellano de La Vanguardia desde hace casi 28 años, juega con las palabras, los lenguajes y los enigmas. Sobre estos ejes gira la conversación con este referente de los crucigramas y la enigmística, que con su hablar entre lento y dubitativo y las risas repentinas también parece esconder algunas cosas a primera vista, igual que sus definiciones.

Llevas muchos años creando crucigramas, ¿has visto una evolución desde el inicio hasta ahora?

Sí, claro. Hay una cosa básica que son los ordenadores. Estuve muchos años haciendo las rejas a papel y lápiz. Y goma, mucha goma. Y ahora las rectificaciones son más fáciles. Sobre todo cuando tienes archivadas las definiciones que has hecho, eres más consciente que algo que ha salido hace poco no es bueno repetirlo. Al margen de esto… Yo publiqué mi primer crucigrama cuando Franco estaba vivo. Y claro, yo tampoco soy el mismo, y por lo tanto las definiciones también cambian. Por ejemplo, con el paro. Durante una época el paro daba mucho juego para hacer definiciones, luego nadie hablaba del tema y ahora ya se pueden volver a hacer.

Desde el franquismo el país es muy distinto, la prensa y los medios de comunicación también han cambiado mucho, pero los crucigramas siguen teniendo su espacio. ¿Por qué?

¡No lo sé! [ríe] Mira, el 21 de diciembre hará 100 años que se publicó el primer crucigrama. En el fondo es un juego muy viejo, son preguntas y respuestas. Muchos de los juegos están basados en esto, el Trivial no es más que eso. En el crucigrama, como las palabras están cruzadas, las definiciones pueden ser difíciles. Tienes más pistas, si no serían irresolubles. Es la satisfacción del juego, de terminarlo. O no, también se pueden mirar las soluciones. Pero por qué gustan no lo sé.

Eres matemático de formación. Parece que números y letras sean términos antagónicos, pero tú ejemplificas que están estrechamente relacionados. ¿Cuál es esa relación?

Mira, en el Renacimiento no había distinción. Leonado Da Vinci sabía tanto de matemáticas como de pintura. Después el mundo se ha ido especializando cada vez más, y yo creo que es un error. El médico griego, Hipócrates, decía que el que sabe sólo de medicina, ni de medicina sabe. Pues eso se puede aplicar al mundo de los especialistas.

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¿O sea que nadie sabe nada?

Bueno, por otro lado quien mucho abarca poco estrecha, siempre hay la contrapartida. Cuando yo estudiaba, a los 14 años debías elegir entre ciencias y letras. Yo intenté cursar las dos, pero legalmente era imposible, no estaba previsto. Aun así, yo y otros amigos intentamos seguir cursando latín y griego, a pesar de apuntarnos a ciencias. Pero como no nos podíamos examinar, a medio curso acabamos dejándolo. A mí siempre me han interesado las dos cosas, pero luego siempre he tirado más hacia las letras. No creo que sea para nada incompatible. La disciplina de la lingüística no está claro si son ciencias o letras. Si coges a Chomsky y los estructuralistas, es complicado defender que aquello son letras.

¿Has podido aplicar al mundo de las letras conocimientos que adquiriste estudiando matemáticas?

Yo trabajo con el Word Perfect, un procesador de textos totalmente desfasado, pero me he fabricado pequeños programas para facilitarme el trabajo. Si no hubiera estudiado matemáticas no habría sabido programarlos. A la hora de escribir definiciones no lo sé… Está el María Moliner, que es una joya. Haber estudiado matemáticas te estructura la mente, pero es que yo no me puedo imaginar sin haber estudiado matemáticas. No sé qué haría yo si fuera otro, uno es como es, e imaginarse como sería si fuera distinto es imposible.

¿Cuándo y dónde publicaste tu primer crucigrama?

El primero fue en una revista que se llamaba Muchas Gracias. Era la época en la que había una revista que se llamaba Por Favor. En principio había cierta libertad de prensa, pero cuando el gobierno se molestaba con una publicación, la cerraba. Eso era en la primavera de 1975 (Franco murió en noviembre). En el Por Favor trabajaban Vázquez Montalbán, Juan Marsé, Perich. El editor sabía que tarde o temprano iban a cerrarles la revista. Registró la cabecera de Muchas Gracias y cuando cancelaron el Por Favor salió la misma revista pero bajo el nombre de Muchas Gracias. Entonces, cuando al cabo de unos meses volvió a salir el Por Favor el Muchas Gracias se remodeló y aquí es donde, por casualidad, conocí a gente que trabajaba allí y publiqué mi primer crucigrama.

¿Cómo encuentra el estilo un crucigramista?

Sale. Yo los crucigramas los había hecho como un hobby, nunca imaginé que me dedicaría a ello profesionalmente. Pero había cierta demanda de alguna revista, y entonces empecé a mirarme los franceses como referencia. Porque aquí en aquella época estaba Tísner, que hacía cosas muy buenas, pero los crucigramas en castellano de la época eran de diccionario, no había forma críptica de plantearlos. Eso lo iniciaron los ingleses, que también son un referente. Entonces, de la tradición inglesa vi la posibilidad de usar los anagramas como recurso para elaborar las definiciones, cosa que aquí todavía nadie había hecho, y de los franceses la tradición de las definiciones crípticas. Las definiciones crípticas son las que puedes deducir pensando pero que no requieren ninguna erudición, son las que me gustan más.

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¿Cómo llegas a la atracción por las palabras y a jugar con ellas?

No lo sé demasiado. De hecho, jugar con las palabras y hacer chistes con ellas lo he hecho toda la vida. Es un poco casualidad: haces uno, haces diez, ves que te lo publican, ves como la revista en la que te lo publicaron desaparece… Yo, como no pensaba dedicarme a ello y tampoco es algo que se pague tan bien… El año 1982 trabajé en una empresa informática para hacer una cosa denominada reconocimiento del lenguaje natural. Yo me ocupaba del diccionario, de prever las palabras que podían salir para que se reconocieran. En aquella época la memoria de los ordenadores era muy pequeña. Las palabras no estaban al completo, sino que se ponía raíz y sufijo, y se sabía en la raíz la información necesaria para coger un sufijo u otro. Yo estaba ahí y los crucigramas los tenía olvidados, y entonces fue cuando Tísner se fue de El País y me llamaron para hacerlo. Después dejé El País por unos cantos de sirena de una revista nueva, que me hizo una oferta muy suculenta, pero sólo salieron 6 números y me pagaron dos. Y entonces, La Vanguardia tenía un crucigramista muy viejo, Tísner ya publicaba allí y yo empecé, ahora ya hará 28 años.

¿Cómo se hace un crucigrama al día?

Yo no hago un crucigrama al día, hago 7 a la semana. Hay días que no sabes cómo empezar, pero miras el archivo, encuentras cosas antiguas que ya se pueden repetir… Lo tengo todo archivado desde que tengo ordenador, desde que empecé a hacerlos con el ordenador.

Yo tuve un profesor de filosofía que decía que las palabras son el límite para describir la realidad en la que vivimos, que somos esclavos de las palabras para contarlo todo. ¿Jugar con las palabras ayuda a ensanchar ese límite?

¡Sí, claro! Sin palabras no sabríamos describir el mundo, y por lo tanto no sabríamos pensarlo. Hay significados ocultos en las palabras, y las usamos sin saberlo. Por ejemplo: cuando decimos que algo cuesta un ojo de la cara, ¿por qué le ponemos cara? Un ojo está claro que está en la cara. Pero algo que cuesta un ojo de la cara, ¡es cara! Hay relaciones inconscientes, y de eso hay a patadas en el psicoanálisis. Un psicoanalista una vez me contó una anécdota. Una paciente había soñado que su novio era cojo. Había soñado que Mario era cojo. Pero el tema es que ella dudaba entre dos novios, y había escogido a Mario. Mario es cojo. Mario escojo. Claro, ¡ella dudaba entre dos chicos y escogía a Mario! Por eso hay palabras que enganchan más que otras. Las palabras largas tienen otras palabras dentro, y cuando las decimos, decimos la palabra larga y la que está dentro. Muchas veces han recomendado a psicoanalistas que resuelvan crucigramas para ver los desplazamientos de significado. Una palabra puede querer decir muchas cosas, la mayoría de las cuales no tenemos consciencia alguna.

Entonces, ¿los que os dedicáis a esto tenéis más facilidad para ver significados ocultos?

Hombre, cada uno hace lo que puede, ¡no lo sé! [ríe] ¡Yo qué sé! Uno igual se fija más, puede ser… O no. Deberías hacer una estadística.

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Hay diversas personalidades que dicen que resuelven tus crucigramas todos los días, pero no todas son agradecidas. Tuviste alguna historia con un general que se llamaba Galindo. ¿Me lo puedes contar?

Galindo es un general de la Guardia Civil condenado, no sé si aún está en la prisión, por el tema del GAL. Un día salió en la prensa que él en prisión se dedicaba a resolver mis crucigramas.

¿Es ésta la historia?

A ver, la historia en concreto… Tampoco sé si vale la pena hablar del tema, pero vaya. Un día me llamó un guardia civil para preguntarme si quería firmarle uno de mis libros.

¿Y qué le dijiste?

Que no. [ríe] No me sentía cómodo haciéndolo.

Vamos a cosas más agradables. Te has adentrado en el mundo de los jeroglíficos. ¿Es un lenguaje más?

Sí, y tanto. Es una lengua muerta, pero un idioma. Es más, es el idioma del que hay más registro escrito a lo largo de más años. Las primeras manifestaciones textuales son del 3.000 aC, y duran hasta el siglo XV. La lengua copta si te fijas tiene la misma raíz que Egipto. Porqué Egipto es el nombre que los griegos dieron a los egipcios, no el nombre con el que se nombraban a ellos mismos. Pero en fin, el egipcio tiene distintas fases, siempre es el mismo idioma pero evidentemente evolucionado, porque en 4.000 años la cosa ha cambiado mucho. Entre Ramsés y Kheops hay más de 1.000 años. La lengua que escribía Ramsés era considerada de muy bajo tono en la época de Kheops.

Es curioso porque a nosotros todo lo que sea lengua antigua nos suena más a culto que a vulgar.

Lo que está perdido en todas las lenguas es el registro oral. Parece ser que hay épocas en las que no se hablaba tal y como se escribía. Los que sabían leer y escribir (un 3 o 4% de la población) tenían un estilo concreto, pero el pueblo hablaba como hablaba, igual que pasa ahora. Y con el latín igual: Cicerón hablaba tal y como está documentado pero, ¿cómo hablaban en el mercado? Se pueden hacer especulaciones, pero no hay certeza alguna.

¿De dónde viene el interés por Egipto?

Como casi todo, viene dado por casualidades. Yo había oído hablar muy bien de Josep Cervelló, el coordinador del máster de egiptología de la UAB. Y yo tenía ganas de salir de casa [ríe] y me matriculé por tres meses para ver un poco de qué iba la cosa, porque mucha gente piensa que el egipcio es una lengua ideográfica como el chino, pero no lo es. Y en vez de hacer sólo tres meses, la cosa fue continuando e hice tres años, y aquí estamos.

¿Te ha aportado algo inesperado, distinto?

Sí, por ejemplo los egipcios eran muy aficionados a los juegos de palabras. A las reduplicaciones, tienen palabras muy expresivas como quej-quej, que quiere decir tos, que es casi una onomatopeya. Hay textos que juegan mucho con las palabras, y eso no me lo esperaba. Hay frases con la misma raíz repetidas cuatro veces, y descifrar su significado es complicado.

¿Qué otros ámbitos de la enigmística te han interesado a parte de los crucigramas?

Yo, durante una época había hecho un poco de todo, en La Vanguardia hicimos durante un tiempo un suplemento de pasatiempos variados. No hay muchas más cosas, la pregunta-respuesta y los anagramas. Los anagramas fonéticos también forman parte de los significados ocultos.

¿Los que os dedicáis a los significados ocultos también tendéis a esconder cosas de vuestra propia personalidad?

No lo sé, es un trabajo como cualquier otro. Sí que vamos por la calle vamos mirando carteles y buscando el anagrama, pero eso lo hacemos los profesionales y quizá lo hagan otras personas también.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

La palabra que más me gusta es no. Porque es una de las más difíciles de decir. Decir no cuesta mucho, y hay muchas veces que es conveniente decir no.

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Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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