Jordi Ribó: "El fotógrafo debe desnudarse para que el otro se sienta cómodo"

Es divertido pasear con Jordi Ribó (Granollers, 1965) por su ciudad. Saluda a las camareras del bar contiguo a su estudio en el que tomamos un café, a los adolescentes sentados en el banco de la plaza y a cinco personas que se cruza por la calle, todo en menos de cinco minutos. Fotógrafo todoterreno, ha trabajado para prensa y retrata bodas y todos los actos sociales imaginables, pero también ha hecho exposiciones donde la fotografía confluye con la poesía, la memoria y el arte. Su personalidad extrovertida y volcánica es troncal para entenderle como autor y para desentrañar de su mirada fotográfica. Su estudio está a pie de calle, como los colmados de barrio y de pueblo, y es un espacio heterodoxo donde todo de caras sonriendo te miran desde los retratos de las paredes.

¿Cómo decidiste que querías ser fotógrafo?

Lo decidí cuando tenía 17 años. Lo que estaba estudiando no me gustaba demasiado y un verano pedí trabajo en un estudio limpiando foco y cosas así, y vi que era mi pasión. En septiembre ya empecé en el Instituto de Estudios Fotográficos de Catalunya, y a partir de ahí entré en la prensa comarcal. Todo pasa de repente, en un momento determinado ves algo que te interesa muchísimo, que te estimula, y como los estudios no me estimulaban fui a parar a la fotografía. Tuve la suerte de encontrar la fotografía.

La fotografía es una disciplina que se relaciona con muchos mundos: arte, comunicación, medios... ¿Con qué se relaciona tu fotografía?

Mi gran suerte fue poder hacer prensa comarcal. Ahora se conoce mucho El 9 Nou, pero antes había un semanario que se llamaba Plaça Gran que me permitió de los 17 a los 20 años conocer todas las disciplinas. Lo compaginaba con los estudios, y los fines de semana iba a cubrir eventos de teatro, música, fútbol, ​​balonmano, baloncesto... Cubría todos los actos sociales de la ciudad de Granollers, tenía un conocimiento amplio, y descubrí que mi parte más buena y la que más me gustaba era la de retrato de estudio. En las distancias cortas con la gente me lo pasaba muy bien, y si por ejemplo actuaba Pep Bou en un teatro yo me sentía cómodo después haciéndole un retrato personal. Y después de dar vueltas durante 5 años en la prensa comarcal y en El Periódico vi que ya había quemado una etapa y que me quería dedicar al trabajo de estudio.

¿Cuántos años tenías entonces?

En ese momento tenía 22 años. Era una época en la que nos lo pasábamos de coña haciendo prensa, había un ambiente cojonudo periodísticamente hablando, pero no había dinero. Era un momento en que yo vivía en casa de mis padres y tenía para ir tirando y ya está. Pero hoy en día y visto con perspectiva, es como si hubiera pagado un master carísimo, pero yo ni ganaba ni perdía dinero. Cuando supe que quería dedicarme al estudio me lo monté para ganarme un dinero. Ese dinero lo usé para viajar por el mundo y hacer fotografía de viajes: Yemen, Patagonia, Vietnam, Sudáfrica...

Sobre el tema de la fotografía social de ir a lugares de conflicto o de gran precariedad, ¿qué límites te ponías a ti mismo o con qué premisas ibas a fotografiar según qué países o escenarios?

Mira, lo último que hice fue ir a la India a ayudar a los de la Fundación Vicente Ferrer a hacer un documental. Siempre me han gustado los países del tercer mundo, ayuda a tener los pies en el suelo y valorar lo que tenemos. Mi profesión no es nada de primera necesidad, siempre estoy entre fiestas y buen rollo. Yo creo que el fotógrafo debe buscar la sensibilidad de la gente, no ofender y hablar mucho con todos, sobretodo con los niños. Ganarme su confianza, hacer que la gente se sienta cómoda y retratar el costumbrismo, los hábitos diarios. Buscar la esencia, también siempre en función de por qué quieras aquellas fotos. En Botsuana fui 15 días solo, a retratar a los animales.

Supongo que aquí la mirada es importante, porque no es lo mismo hacer fotos de una boda o una graduación que irse a Botsuana o la India. ¿Cambias el chip?

Intento tener un mismo criterio para todo, sobre todo tener buena actitud. Yo siempre digo que soy un árbol con varias ramas. La principal es vivir de la fotografía, porque tengo hijos y necesito que me salgan los números. He colaborado con mucha gente: músicos, actores, escritores, políticos ... Busco siempre algo que me llene del otro, cuando yo hago un retrato de estudio necesito cambiar siempre, supongo que es el carácter. Cambio de esquema, me voy a una boda, luego a la India y luego me voy a hacer un trabajo de paisaje. Eso alimenta mis baterías, porque si llevas 27 años en el mismo estudio acabas haciendo siempre las mismas fotos. Y si cambias de ambiente no te apalancas, y esas disciplinas me ayudan a carburar mi creatividad y mi ilusión.

Antes decías que el retrato es el género donde te sientes más a gusto. Si llevamos cinco fotógrafos a retratar una misma persona saldrán fotos muy distintas, ¿cuál es la importancia de la mirada del fotógrafo y qué vínculo debe establecer con la persona que retrata?

Lo más importante es conocer mínimamente a la persona. Siempre hablo antes de la sesión con la persona para conocer su estilo, saber qué ropa le puedo pedir que se ponga, la iluminación que pondré, hurgar para saber si es una persona atrevida, formal, inquieta... Hay que hacer de psicólogo, implicarte mucho y desnudarte tú para que el otro se sienta cómodo. Yo siempre cuento las cosas que hago, las que me gustan, y el otro se relaja. Siempre aprieto a la gente para no hacer las fotos que podrían hacer la mayoría de fotógrafos. Hay que seducir, conquistar el retratado poco a poco y que cuando la gente se vaya piense: "¡qué cabrón! ¡Lo que me ha hecho hacer!". Es arriesgado, pero me gusta el riesgo.

Hablemos de tus exposiciones. Supongo que para ti, que te gusta explotar tu vertiente creativa, son un caramelito. ¿Cómo las encaras?

Mira, un buen caso es el de Mou-te pels Quiets. Son trabajos largos. A mí el trabajo me da equilibrio, porque me gusta trabajar. Yo me hago un sistema y un ritmo de trabajo, en el caso del Mou-te era retratar personajes conocidos en una silla de ruedas. Con Màrius Serra hicimos un listado de gente y yo me puse en contacto con ellos para seducirlos. Les proponía un día y una hora en torno al retrato, a un lugar para hacer la foto con gracia. Yo mismo fui el primero, y enviaba una foto mía con una silla de ruedas, asumiendo que era el primero en arriesgarme. Tu actitud es importante, no puedes fallar ni hacer perder el tiempo a los demás. En estas sesiones iba solo, éramos sólo yo y la persona retratada.

¿Sólo vosotros dos?

Sí. A Nina la llevé a la playa de la Barceloneta, a Quimi Portet a Tavertet, a Bruno Oro en Cadaqués al borde de un precipicio... Recuerdo que sólo disparé 7 veces. ¡Solamente 7! Los retos me gustan, y crear ese vínculo también me gusta mucho. Los de El Tricicle, cuando me vieron recuerdo que el Paco Mir dijo: hostia, si caminas! Porque les había enviado la foto de la silla y se pensaban que yo no podía caminar tampoco. Resumiendo, hay mucho trabajo de producción, ¡estuve dos meses con una silla de ruedas en el coche! Con Natxo de Els Gossos caminamos un kilómetro y medio con la silla para encontrar el lugar adecuado que él me recomendó. Son trabajos que dan una gran satisfacción y orgullo cuando ves el trabajo completo. Después estas fotos las firmaron los protagonistas y las hicimos subastar para conseguir dinero para Mou-te pels Quiets. Si trabajas bien todo llega más lejos.

Otro trabajo impresionante fue el de la memoria del infierno, con David Bassa. ¿Cómo se encara un tema tan complicado?

El trabajo era sobre los 21 supervivientes catalanes que en ese momento estaban vivos y que habían pasado por un campo de exterminio. Fue cuestión de ir descubriendo e ir con el coche a los lugares donde íbamos encontrando a las personas, fuimos buscando y poniendo horas sin saber qué pasaría. La suerte de poder trabajar los dos en otros temas, lo que puede parecer un trabajo muy normalito te permite dedicarte a hacer cosas que persisten más. Además, los compañeros de viaje acaban siendo amigos. La memoria del infierno fue complicada, acabé tocado porque es un tema durísimo, y me leí siete libros sobre el Holocausto, pero cuando te lo cuentan en primera persona es indescriptible. Yo me impliqué mucho en el tema, también participaba en las entrevistas y nos ayudaba mucho ser dos, porque llegaba uno donde el otro ya desfallecía. Por eso fue un regalo ir a La Habana justo después de este proyecto, ir con Pep Bou en uno de sus espectáculos. Fue un regalo caído del cielo.

¿Qué importancia tiene el juego en tu fotografía y dentro de tu filosofía de arriesgar?

Yo hice teatro durante años. De hecho, en la mili me tocó en alta montaña y el pueblo más cercano era Tremp, a 5 kilómetros. Decidí que necesitaba hacer algo para no amargarse la vida, monté una compañía de teatro y representamos el Jesucristo Superstar. Enredé al teniente coronel y al personal de la academia, fue una revolución, todo para no tocar un arma. Durante 9 meses hice de Jesucristo, tengo las fotos y fue fantástico. Todo el que se quería escaquearse quería salir a la obra: electricistas, gente como yo... Era una válvula de escape para no pasarnos el día en el bar.

Así que siempre has actuado un poco.

Sí, siempre me ha gustado el teatro, tengo muchos amigos del mundo del teatro: Pep Planas, Òscar Molina, Pere-Eugeni Font ... Creo que el retratista y el teatro van ligados. En todas partes donde voy actúo, motivo a la gente, pienso poses diferentes para las fotos de grupo, provoco situaciones graciosas a la gente... Actúo y juego mucho, incluso me preparo cosas en casa. Antes de una boda estoy una hora solo, necesito estar tranquilo, verme bien y sentirme de coña. Lo que es cierto es que yo soy yo mismo, y trabajando siempre tengo que estar arriba del todo, siempre tengo que estar a por todas. Recuerda que en la boda [pocos días antes Jordi fue el fotógrafo oficial de la boda de la hermana del redactor], desde el primer momento hasta el último estuve sin parar.

Y con actitud de tomar partido y condicionar el entorno.

Sí, además un fotógrafo de boda debe tener un punto servicial, lo que quiere es mostrar emociones y sentimientos, y por tanto el otro debe estar muy a gusto, le tienes que dar lo que quieres. Pero yo también necesito estar solo, a veces necesito calma y paz, me gusta mucho la montaña y desconectar. Después vuelvo lleno de energía a estar rodeado de gente y formar parte de la locura. Porque no se puede estar siempre arriba del todo.

Por último, te pido que elijas una palabra.

Simpatía. A veces los flashes disparan por simpatía, es una expresión del argot fotográfico. Cuando el flash se dispara solo, se dispara por simpatía.

Texto: Oriol Soler

Fotografies: Albert Gomis

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