Josep Maria Espinàs: "El juego tiene que ver con las probabilidades, igual que la vida"

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Pasear con Josep Maria Espinàs (Barcelona, 1927) por la calle es una experiencia y un privilegio. Calcula cada paso con delicadeza, se le ve radiografiando las esquinas, las fachadas de los edificios y, sobre todo, las personas. Vamos hasta la sede de la editorial La Campana, y durante el trayecto, de unos 10 minutos, ya me arrepiento de no haber dado por empezada la entrevista desde el saludo inicial. Espinàs lleva desde el 1976 publicando una columna diaria (primero en el Avui, luego en El Periódico) y es referente indiscutible en Catalunya para cualquiera que se dedique a juntar letras y buscarles sentido. A sus 87 años propaga una vitalidad sin alardes, en voz baja y pausada, siempre situando el foco sobre aquello que la mayoría no nos detenemos a mirar.

Yo quería empezar sabiendo si tengo que hablar de tú o de usted…

 

Esto ya está resuelto, ya lo sabes. Ya te he dado el sermón mientras paseábamos viniendo hacia aquí. Tengo la suerte de ser tratado de tú por mucha gente joven, y yo siempre digo a todo el mundo que me trate tal y como se sienta más cómodo. Lo que importa es que la gente se sienta cómoda.

Pues entramos en materia. ¿Hay algo sobre lo que no hayas escrito?

Imagino que sí. Eso me lo podrías haber preguntado hace tres años, y habría dicho que sí. Me lo preguntas ahora y evidentemente también. En mi caso, mientras vivo siempre tengo curiosidad para escuchar cosas, para mirar cosas, siempre acabas sacando un artículo. Para mí escribir (libros, artículos, lo que sea) va estrechamente unido a la vida.

¿Cuál es ese vínculo entre escribir y la vida?

No lo sé, porque desde joven he estado escribiendo. No me he visto nunca un año sin escribir, para mí es muy natural. A veces pienso: ¿cuánto hace de ese artículo, cuántos de este premio? Y yo mismo me encandilo por un hecho que no se puede discutir, que es que he llegado hasta hoy con la suerte de seguir escribiendo. Es un hecho, y no es mérito mío ni de nadie, es un azar de la vida.

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Llevas más de 40 años haciendo una columna diaria. ¿A qué juega el columnista para encontrar un tema todos los días?

Yo no lo sé, cada columnista es distinto y usará sistemas distintos. Yo me encuentro ahí sin darme cuenta, y realmente ya son millares de artículos seguidos. Pienso: para mañana, ¿qué vas a decir? Por eso no me he angustiado nunca, debe ser mi temperamento, yo soy observador y miro las cosas, cualquier objeto, cualquier persona que pasa por la calle, cualquier ruido que oigo me ha servido como punto de partida para buscar ideas, hacer comparaciones… Todo para hacer el artículo, que para mí es algo tan natural como respirar.

Reivindicas la importancia de los detalles y no de las grandes ideas. ¿Crees que es un problema el hecho de vivir en una sociedad que hace el proceso inverso, que va de las ideas grandes a los detalles?

Mira, esto no sé si creerlo. Porque grandes ideas parece que quiera decir que son ideas desvinculadas de la realidad. Pienso que no, que las grandes ideas son importantísimas, si entendemos por grandes ideas la visión en un momento de un país, un proyecto importante… Pero a mí lo que me interesa es la vida cotidiana, los pensamientos humanos que salen de observar las conductas de las personas. Nunca he querido ser un escritor que se pone a buscar problemas importantes (como la muerte, o la revolución rusa) y hace un artículo. No, yo más bien me he sentido motivado por los pequeños detalles de la vida que hay a mi alrededor. En mi último libro, Una vida articulada, hay un artículo titulado La lagartija y yo.

¿Y de qué va?

Yo vivo en un ático, y un día salí a la terraza y había una lagartija en la pared. Eso para mí es un estímulo extraordinario. Me pasé un cuarto de hora mirándome la lagartija. ¡Qué extraño diálogo teníamos la lagartija y yo! Hubo un ruido, corrió y desapareció. Ya está, ya tenía tema para un artículo. La gente habla mucho de ese artículo, porque tiene que ver con mi voluntad de observación, y la vida está llena de cosas como esta, pero normalmente no nos paramos. Pero cuando tienes el hábito de observar, los estímulos son enormes.

¿Es innata esta capacidad de observar?

Pienso que en gran medida es innata, y por otro lado depende de lo que propongas en la vida. Hay gente que siempre quiere estar a un nivel muy elevado mirándose las cosas, yo soy más de calle. Mientras paseábamos por la calle hace un rato yo miraba la gente que pasaba por nuestro lado. La calle es extraordinaria, escuchas pedazos de conversación… A mí lo que me gusta es meterme en la vida cotidiana, sin pretensiones de hacer doctrinas ni nada parecido, y extraer conclusiones literarias. Sacar partido de aquello que estás viviendo y que se convierta en una crónica de tu vida y de la sociedad en la que vives.

Cuando se sacan conclusiones de cosas tan pequeñas, ¿puede ser que al final el relato sea más grande que la realidad?

Hombre, siempre vas más allá porque una cosa lleva a la otra. Mira, la lagartija estaba inmóvil (ahora estoy improvisando) y nosotros no vivimos inmóviles. La lagartija tampoco, pero estaba mucho rato quieta sin hacer nada, viviendo. A partir de eso empezaría a escribir, compararía cosas y extraería conclusiones. Mira, la lagartija está quieta, al revés que los peces, que nunca se detienen. Mi oficio consiste en eso.

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¿Esta metodología mejora gracias a los años y los artículos que hay a tus espaldas?

Yo creo que es mucho más importante el carácter. La cotillería (o curiosidad, que queda mejor) es bastante innata. Hay personas que van por el mundo y no ven nada, no se fijan en los detalles, yo sí. Una parte será congénita, debe ser que he nacido observador, no corto de vista porque con los años me he vuelto más largo… Ahora podría hacer un artículo sobre tu camiseta, todo consistiría en buscar estímulos.

Una de las cosas más interesantes de tus obras son los A pie por… ¿Qué aprendiste escribiendo esos libros?

Muchas cosas, son 20 o 22 viajes a pie. La gente ha caminado para ver ermitas o lo que sea, pero andar para conocer a gente desconocida y ver cómo reaccionan y cómo viven creo que no lo ha hecho nadie. Empecé a pie por Catalunya, pero la gente me empezaba a conocer y yo quiero ser desconocido para tener libertad.

Ser observador y no observado.

Sí. Entonces me dejé caer por España. Ha sido aleccionador, creo que es importante apreciar las diferencias de las personas y no seguir los tópicos. Una vez presenté un libro sobre Andalucía. Y en la presentación alguien me preguntó: ¿cómo son los andaluces? Y yo respondí: “pues como los catalanes, no hay dos iguales.” Y el hombre se quedó pasmado. Claro, he ido a muchos sitios en los que he entrado en contacto con la gente, desconocidos, y esos libros de viajes a pie son un aspecto de mi vida normal, de descubrir cosas sin ser protagonista. Tú eres sólo un extraño forastero que llega a un sitio en el que nadie sabe quién es. Aprendí mucha humanidad con esto.

Muchas veces parece que tengamos que irnos muy lejos para aprender cosas nuevas y distintas formas de vivir, pero a veces sólo hay que ir al barrio de al lado.

Sí, formas bastante distintas de vivir. Pero incluso, sin exagerar y sin esperar a descubrir Siberia, creo que es muy importante no clasificar lo que es interesante y lo que no lo es de forma previa. Todo es interesante. Si no te interesa es que aún no te has fijado suficiente, no has estado en condiciones de entender. Si te predispones a esto, haces muchos descubrimientos. Es una actitud. Mirar, aprender y ver cosas.

Igual que el juego, ¿ir a observar sin contacto previo con nada ni nadie tiene una parte muy importante de azar?

No, al revés. A mí me gusta mucho ir de incógnito y caminando, y ver personas, sólo personas. Fíjate, sólo personas, y las personas son lo más importante que te puedes encontrar en un camino. Entonces, a mí el juego me interesa. ¿de qué tipo de juego estamos hablando?

Del que quieras.

A mí el deporte siempre me ha interesado. Incluso he pasado noches divertidas viendo partidos de golf. Observar la actitud de cada uno de los jugadores y ver cómo reaccionan delante un fracaso o un éxito lo encontraba sedante para ir a dormir. Yo soy cotilla y el juego me interesa, es un fenómeno curioso. En un casino se manifiesta la vida de una forma distinta. Yo escribí un libro que se titulaba Rojo y pasa.

¿De qué iba la historia?

Un señor al que de repente se le despertaba el don de adivinar el número que iba a salir en la ruleta mientras jugaba en el casino. Imagínate el trastorno que esto puede provocar. Yo conocía un poco el ambiente, y es importante porque el juego tiene que ver con las probabilidades, igual que la vida. ¿Es previsible que después de 14 rojos salga un negro? No, y esto es interesante como fenómeno, e impide pronosticar con petulancia. Quizá eso te alecciona y te dice que en la vida no se tiene todo controlado, que tiene una parte de azar importante, que debe aprovecharse cuando es favorable.

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La gente jugando muestra cosas que no muestra en la vida real. ¿Cómo lo vive un observador como tú?

Claro, es muy importante. Podríamos ver en un casino todas las tipologías: el impertérrito, que pase lo que pase no moverá ni un músculo de la cara. El angustiado. Es como una entidad, un planeta en el que hay toda la diversidad de reacciones, y eso es apasionante descubrirlo.

¿Ibas de forma asidua al casino?

Fui algunas veces, trabajé en relaciones públicas y tuve relaciones con un casino, y conocí este mundillo. Por eso pude escribir el libro.

Viniendo hacia aquí hablábamos de la vejez. ¿El paso del tiempo suma más cosas de las que te saca?

Primero de todo, yo no creo demasiado en la experiencia. Está demostrado que la gente con experiencia comete errores terribles. Yo estoy a punto de cumplir 87 años, que no muchos. Hay distintas actitudes ante este hecho, y una es la rebelión, querer negar la realidad, y hacer alguna tontería para negarla. La otra es la aceptación. A ver, esto pasa, le ha pasado a millones de personas antes que a mí, no soy nada importante, y le pasará a millones de personas después de mí. Entonces lo relativizas. Realmente estoy aquí, quiero estar bien, poder vivir sin excesivas angustias, tener iniciativas, tener intereses y curiosidad por lo que pasa a mi alrededor. Yo pienso que esto debe asimilarse. La vejez debe asimilarse. Es un hecho que no se puede cambiar, y yo no predicaría la experiencia como valor importante. Los viejos tienen experiencia y hacen unas tonterías y unos disparates descomunales.

Si conocieras a alguien que hubiera leído todo lo que has escrito, ¿cómo te gustaría que te recordara?

¡Primero le compadecería! Le diría que lo siento mucho. No, de hecho tengo el privilegio de haber tenido lectores suficientes para poder seguir trabajando y hacer mi vida. Yo he estado contento con mi vida, lo que he hecho y lo que he pasado. No pasa nada. Luego dirán sobre mí adjetivos que no podré rechistar, la verdad siempre la dirán los otros cuando ya no estés.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Eso sólo se puede responder en broma. Te diré chocolate. Porque aspiro unos años más a comer chocolate.

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Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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