Josep Maria Fonalleras: "El juego es un laboratorio en el que puedes experimentar lo que no eres"

La barba de pocos días, la gabardina negra y su posado despreocupado dan un cierto aire desencantado a Josep Maria Fonalleras (Girona, 1959) al que todos llaman Fono en su ciudad, o eso parece paseando con él. Cuando se enciende la luz roja de la grabadora se sumerge en un torrente de ideas literarias, idiomáticas y vitales que no son para nada despreocupadas ni tienen rasgos de desencanto. El Fonalleras escritor cuenta sus publicaciones por decenas repartidas en narrativa, literatura infantil y recopilatorios de sus escritos en prensa; el Fonalleras articulista colecciona periódicos (ha pasado por casi todos) y centenares de columnas, género que actualmente cultiva a diario en El Periódico y semanalmente en El Punt Avui. Tiene una habilidad especial para hablar de temas trascendentes con ejemplos terrenales, así que por esa conversación pasan Shakespeare, una frutería, el equilibrio entre contenido y continente de la literatura y una tortilla de patatas. Y en medio de esos entresijos y relacionándose con todos ellos, el juego.

Empecemos por tu último libro. ¿En qué fase está y cuál es su particularidad?

¡Saldrá ya! Hoy he dado el visto bueno a la última revisión y saldrá a finales de marzo. Es un libro especial: yo tenía un contrato con la editorial que incluía una novela, un libro de cuentos y un libro con artículos. La novela ya salió publicada hace dos años, y parece que no es el momento más adecuado para publicar el libro de artículos, así que decidimos no publicarlo. Ellos tienen una colección que es de memorias de la infancia. Yo soy un poco joven para hablar sobre la infancia, pero me interesó el reto (porque había poco tiempo para hacerlo) y el formato. Además pensé que no me interesaba hacer algo que consistiera en ir enumerando lo que había ido haciendo ese año o ese otro, y tampoco un retrato sociológico del país en el que vivía. Me lo planteé como un pequeño mundo personal escrito des de un punto de vista muy literario. Intentar explicarlo con mi propio estilo, además todo lo que cuento está escrito en presente. Eso es un acercamiento importante, porque no digo que el 1974 recuerdo que mi padre... Eso implicaba mucha hemeroteca y fue una historia muy intuitiva, hacer salir escenas concretas, momentos y personajes, eso sí, siempre con una lectura muy personal. Es un viaje a un cierto pasado de mi niñez.

Cuando salió tu libro Climent decías que las novelas se conciben como la búsqueda de una respuesta, y que para ti eran el planteamiento de una pregunta, en el caso de Climent el hecho de saber si las cosas perdidas se pueden recuperar. ¿Se plantea alguna otra pregunta en La sala d’estar és un camp de futbol?

No, en el caso de Climent fue un proceso muy largo y muy lento de acumulación, de suma de materiales, de ir incorporando cosas poco a poco en el cuerpo narrativo con reflexiones sobre el arte, la muerte, la amistad, la desaparición... Eran cosas acumuladas que un momento dado salieron cuando se abrió la compuerta. Ese nuevo libro es mucho más espontáneo, una explosión mucho más inesperada. Después, cuando escribes, intentas controlar todo eso y sigues pensando que la literatura es una cuestión de forma, que es más importante cómo cuentas algo que la historia en sí.

¿Así que no tienen nada que ver una con la otra?

No hay ese planteamiento que había en Climent, que era la novela que surge del intento de llegar a la conclusión de una pregunta determinada. Al fin y al cabo, La sala d’estar... es un encargo de la editorial, y a mí me funciona como mecanismo. Recuerdo que una vez hicimos algo de un escritor americano que se llamaba John Braine que se llamaba Yo me acuerdo. Hicimos una versión en catalán y en la presentación del libro todos teníamos que hacer un “yo me acuerdo” personal. Ese mecanismo creaba una especia de máquina que iba produciendo recuerdos, era maravilloso. Iba saliendo todo sin orden alguno, eran memorias de gustos, olores, personajes y situaciones que tu no tenías. En cierto modo, la novela se ha acercado a todo esto. Justo aquella misma semana mi hermano me pasó una caja con fotos de cuando éramos pequeños.

Para ayudar a recordar aún más.

Sí, yo ya tenía una relación de puntos inconexos: las vacaciones, lo que pasaba la noche de reyes, cagar el Tió... Eran recuerdos que te iluminaban, te enseñaban cómo ibas vestido, te describían el ambiente, te daban el nombre de una botiga que no recordabas, ves aquél collar que llevaba tu padre... Con esa acumulación de material la escritura ha sido mucho más fluida y más libre, con ganas de contarlo sin grandilocuencia ni melancolía, retratando un momento determinado. En ese sentido se aleja de Climent, es una acumulación de momentos.

Has dicho antes que es más importante cómo escribes que la historia en sí. También has comentado en otras entrevistas que concibes la escritura como un juego de contrarios entre el relato y la historia. ¿Por qué esa convicción?

Yo eso siempre lo he creído. Hace poco Salvador Oliva, que fue profesor mío, sacó un libro titulado Poesia i veritats. Él en las clases decía que la literatura está hecha de lengua, y que cuando se hace literatura hay que explicar la lengua y todos los condicionantes que entran en un mundo literario. La construcción de un mundo existe porque la expresas con palabras, a cualquier historia resumida le falta algo. Hay un ejemplo muy famoso de no sé quién que jugaba a reducir las obras a una sola frase. El Quijote es un tío que se vuelve loco porque lee demasiado y se piensa que es un caballero. 

En realidad es eso.

Claro, el Quijote es eso. Pero es eso y todo lo otro. Y todo lo otro tiene mucha importancia a la hora de ponerse a escribir. Tú trabajas con un material muy personal, más o menos pero siempre juegas con cosas que te afectan a ti para construir una historia. Y el trabajo real consiste en poner todo esto en palabras. Mis referentes de madurez y de entender qué es la literatura son mucho más de poesía que de prosa. La poesía tiene una connotación básica que es la constricción, necesitas contar aquello con un espacio mínimo que tú mismo te has impuesto. Si cuentas eso con un poema quiere decir que todas y cada una de las piezas tienen que ser necesarias e imprescindibles. Esa percepción choca contra la otra característica de la ficción, que es contar historias. Y se trata de que la balanza esté compensada. Yo no podría contar historias sin fijarme en la sintaxis, el estilo o la forma de ver las cosas, pero tampoco podría fijarme solo en eso porque descuidaría la historia.

¿No te inquieta perder ese equilibrio?

Yo pienso que ese tipo de reflexiones literarias a veces las haces en cursos de escritura o en charlas, pero no dejan de ser muy personales, a mí me costaría hacer una buena teoría, esa es mi teoría en la que yo me encuentro cómodo. Y en ese sentido la poesía te ayuda a ser muy concentrado, de hecho es una necesidad. Una tendencia mía que noto cada vez más íntimamente es que rechazo el romanticismo, la grandilocuencia y la épica. Lo quiero hacer todo fácil y sencillo, coger la tensión entre los elementos que hay en una historia, sin decir las cosas de forma complicada y rebuscada. La dificultad reside en hacer la máxima estilización de aquello que parece sencillo. Cada vez me encuentro más cómodo aquí, porque mi tendencia es contar las cosas con poco material, no me veo haciendo novelas de 1.000 páginas, por forma de ser y de funcionar. Hacer una novela es un proceso, en el momento de la escritura todas esas teorías hay que rechazarlas, sirven para hacer un debate literario y defender lo que haces.

En caso contrario, supongo que pueden encadenarte.

¡Sí, sí! En cierto modo, en Climent (i sale a lo largo de la novela, porque es metaliteraria) hubo un momento de encerrona, de callejón sin salida. De decir: yo estoy aquí pensando que solo contaré lo que es absolutamente necesario y no haya sido contado antes. Pero si vas con ese pensamiento nunca escribirás nada. En eso me ayudan mucho mis colaboraciones en la prensa, porque no hay tiempo de hacer divagaciones metafísicas, tienes que enviar el artículo a las 18h y no hay nada que hacer. No puedo decir que se esperen para darle otra vuelta. Ese artículo igual está bien, pero pasado mañana nadie hablará de él. Eso te ayuda a soltarte, ya habrá tiempo después para ir acotándolo, en un determinado momento hay que dejar a un lado todo lo que te hace pensar cómo funciona la literatura y hacer algo tan sencillo como poner una palabra detrás de otra.

¿Esa vertiente de articulista qué papel ocupa en tu visa profesional? ¿Qué más te da aparte de esa desdramatización de la escritura?

Después de tantos años da mucho oficio. Empecé a medianos de los 80’ en El Punt, después he pasado por casi todos los periódicos con más o menos intensidad. Ahora hago un artículo diario, y hay momentos en los que lo complicado es encontrar un tema, pensar que algo da suficiente de sí mismo como para contar una historia. Después hay cosas que son como un cuento, hay pequeñas fracciones de cada cosa. Una parte es el oficio, porque ya tienes el espacio acotado, normalmente escribes, miras los espacios que llevas y siempre estoy muy cerca de los 1.400. por pura intuición siempre pillo los 1.100, como aquellas personas que ya se despiertan siempre a la misma hora aunque no suene el despertador. Después hay una cierta voluntad literaria pero sin buscar la trascendencia. Un libro queda más, tiene una trayectoria mucho más larga, los artículos van pasando y lo que cuenta es la acumulación. A Josep Maria Espinàs, cuando Faulí  [el primer director del Avui] lo quiso fichar para su periódico, dijo: yo un artículo al mes no lo pienso hacer, ¡como mucho haré uno cada día! Eso es una putada, pero si hacer un artículo diario nunca tienes la tentación de hacer el artículo de tu vida.

¿Al hacerlo tan a menudo pierde importancia?

Si solo tuvieras uno al más igualmente lo escribirías el día antes, y además te arrepentirías porque no escribirías otro hasta dentro de un mes. El articulismo tiene una historia que no tiene la literatura: la inmediatez, sobretodo en el feedback. Ahora podemos hablar de Climent, y ya hace dos años que se publicó. El artículo tiene esa poca perdurabilidad, ese punto efímero y a la vez esa proyección distinta que ahora con Facebook y Twitter genera un tipo de relación con la gente muy distinta a la literatura. También sirve para hacer de bicicleta, siempre vas pedaleando. Y si paras de pedalear te caes, así que no dejas de pedalear. Es verdad que cuando escribes un libro tiene cierta voluntad de permanencia (y lo digo sin petulancia), y los artículos no. Y menos una crónica.

Vamos al juego. Tú defiendes que el juego es cultura, y me gustaría que me dieras argumentos convincentes para considerarlo como tal.

El juego como concepto es muy amplio. Entraría del parchís al ajedrez. No es que el ajedrez sea la máxima expresión a nivel cultural y literario, pero el parchís es mucho más azaroso. Hay un punto de vista para analizar el juego que es estrictamente cultural, y es que refleja las manías de una sociedad en un momento determinado. Se podría entender como una forma de luchar contra la muerte, contra la sensación de desaparición, o más bien contra la sensación del vacío. Esas grandes preguntas: ¿dónde estamos? ¿De dónde venimos? ¿Estará abierta la frutería hoy por la tarde? El juego te permite rellenar ese vacío. Pero es como hablar de la importancia de la lectura, está claro, pero también puedes leer el Mein Kampf de Hitler. La importancia de la literatura en genérico es como no decir nada, y la importancia del juego en genérico también es como no decir nada.

Entonces, ¿cómo podemos decir algo?

A ver, el juego como concepto creo que sirve para aproximarse de una forma muy interesante a saber cómo vive una sociedad. Los que en el bar juegan al dominó o a la botifarra (y no soy sociólogo o antropólogo) puedes saber qué papel ocupan en la sociedad. Y más allá de eso, a nivel individual, creo que el juego sirve para hacer un símil con la vida. Y ahora intentaré no ser Paulo Coelho. Ese símil es que en el juego siempre hay solución. Aquí el juego se acerca a la literatura, siguiendo con lo que decía Aristóteles, que decía que la finalidad de las artes dramáticas es instruir y disfrutar. Cuando lees disfrutas y recibes un determinado conocimiento, eres una persona distinta que antes de haber leído. Quizá has aprendido formas de enfocar la vida, o cosas que no harás jamás... El juego funciona igual, la pura diversión ocupa una parte muy importante, y con el incentivo de saber que todo lo que pasa dentro del juego es ficción. No afecta al mundo real.

Depende de cómo juegue el adversario.

También. Recuerdo una partida de Catán hace años con un amigo, los dos ya éramos padres de familia, en la que él lo vivía con tanta intensidad que se fue antes de tiempo cuando estábamos pasando un fin de semana juntos. Habíamos llegado a un pacto que yo rompí, era ser poco honesto pero formaba parte de las posibilidades del juego. Él no entendió algo muy importante, que es saber que aquello no está sucediendo, que estás dentro de un universo con reglas propias que es una burbuja, y cuando rompas la burbuja te irás a hacer una tortilla de patatas y ya está, porque aquello sí es real. Y en aquél momento el juego es una especie de laboratorio en el que puedes experimentar todo lo que no eres: la mala fe, el compincharte con según quién... Cosas que en la vida real no harías las haces jugando, porque no se corresponden con tu personalidad. Después hay la parte del conocimiento, que aunque sea dentro de este laboratorio, eso sirve para conocerte a ti mismo, descubres de qué eres capaz. Cuando te lo plantes ves que funciona de una forma muy parecida a la literatura o el arte dramático. Ríes, lloras, te enfadas, y además adquieres conocimiento.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Me gusta mucho piedad. Creo hay algo muy importante, que habla de la diferencia de palabras que usaba Racine, el dramaturgo francés, y las que usaba Shakespeare. Se calcula que Shakespeare usaba unas 30.000 palabras, y Racine unas 3.000. las consecuencias dramáticas, emotivas y literarias de cada uno pueden ser las mismas, pero cada uno con sus herramientas: Shakespeare con un artificio verbal extraordinario y Racine con una gran contención. Piedad sería una de esas 3.000 palabras imprescindibles, que forma parte de una necesaria forma de ver las cosas des de un punto de vista moral. No una piedad cristiana, sino de participar en el dolor ajeno. No ver el dolor desde fuera, sino hacer un paso adelante y pensar que aquél sufrimiento del otro, en parte, es también tu sufrimiento. Más que compartir. La piedad contiene la empatía, pero también tiene una lectura mucho más intensa, no necesariamente relacionada con el afán de que el otro no pase por aquella situación, no hablo de personas pidiendo en la calle, hablo de circunstancias que todos vivimos en las que es importante que suframos un poco más, que nos hagamos nuestro lo que es del otro, que lo experimentemos como propio.

 

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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