Josep Maria Joan i Rosa: "En el mundo en el que vivimos, lo peor que puede pasar es que alguien deje de jugar"

 Visitar el Museo del Juguete de Catalunya de Figueres es una gran experiencia. Visitarlo acompañado de Josep Maria Joan i Rosa es un privilegio. Alma del museo y principal percutor del mismo, ha dedicado su vida a llenar las vitrinas que ahora pueblan los pisos del antiguo Hotel París. No se da importancia y responde con humildad a todo, como si levantar un museo tan extravagante como el del juguete no fuera una tarea con un punto dramático. Enseña los cromos preferidos del museo con orgullo y sin pretensiones. Nos sentamos ante unos demonios muy sugerentes y la conversación va a ritmo pausado, igual que los visitantes despistados que hay en el recinto un viernes por la mañana.

Ahora nos has hecho un recorrido guiado por las exposiciones del museo. ¿Cuál es la semilla de todo?

Hay un momento, que es cuando aparece el plástico - de hecho no le llamábamos plástico, sino plexiglás - y cualquier cosa hecha de plástico imitando el cuero y cosas parecidas, en el que se da una indefinición total de los materiales. En los juguetes y otras cosas (como los objetos funerarios) desaparecen los materiales que no son plástico. Y todo este trabajo de artesanos extraordinario empieza a ir a la basura o a los almacenes. Y si tú ibas a las tiendas de juguetes, poniendo cara de buen niño podías entrar en la trastienda. Claro, ¡aquello era la cueva de Ali Babá! Recuerdo que había juguetes con el precio puesto en reales, te hablo de los años 60. Yo, en aquellos momentos, tenía un sentimiento de salvación hacia estas cosas. No sólo juguetes, con los objetos funerarios llegué a hacer exposiciones. ¡Imagínate!

¿Siempre has tenido un cierto afán coleccionista?

¡No, no! Es difícil definir qué es un coleccionista, yo creo que soy un guardador. Un coleccionista, y que conste que no me parece mal ni mucho menos, es aquel que dice "este lo tengo y este me falta". Yo no hacía esto, yo lo salvaba todo, todo lo que creía que tenía interés. Ahora en el museo todavía nos pasa, hay algún juguete que lo tenemos repetido 30 veces. Mira, y podríamos tener 15. Yo iba salvando cosas de éstas, también lámparas modernistas... Yo vivía en la parte de abajo de Balmes y trabajaba en la más alta. Subía con el metro y bajaba a pie. No se habían inventado los contenedores, la gente dejaba la basura en la puerta, y no sabes lo que te podías llegar a encontrar allí. No te diré que hemos hecho un museo con todo de objetos sacados de la basura, pero muchas piezas sí las hemos sacado de allí.

Es interesante ver como según qué objetos, dependiendo del contexto, pueden ser basura o pueden estar expuestos en una vitrina.

Sí. Cada año hacemos una fiesta del juguete y vienen los coleccionistas, se hace compra, venta e intercambio. Cuando comenzó la fiesta la gente recogía muñecas de porcelana, ahora ya viene gente de tu edad, y recoge juguetes de plástico. El plástico imitando cristal, por ejemplo, puede ser una obra de arte. Los Lego, que es la sustitución del Mecano, es una gran utilidad del plástico. Y el Madelman es el rey del mambo de la fiesta del juguete.

Jugar es universal y por eso el museo es apto para todos los públicos. Pero, ¿por qué nos olvidamos de jugar?

Yo creo que en el mundo en el que vivimos lo peor que puede pasar es que alguien deje de jugar. Evidentemente hay que adaptar los juegos a tu tiempo, cuando nací en los 40 jugaba en la Calle Ample de Figueras, ahora sería un suicidio. Allí jugábamos niños y niñas que habíamos nacido después de la guerra, y recuerdo que durante tres años no nacieron niños... Pero estaba bien jugar con amigos, y eso se ha perdido un poco. Creo que, como mínimo, las familias deberían hacer esfuerzos para jugar. Yo recuerdo tardes maravillosas jugando en la Mona, un juego de cartas. Digo este juego pero hay muchos más, es muy recomendable jugar, es una manera de mantenerse joven.

En el museo hay una confluencia entre diferentes sujetos culturales: juegos, cuadros de Dalí, poemas de Lorca... ¿Se puede abrir de miras una sociedad a partir del juego?

Evidentemente. Mira, te cuento nuestra historia: el año 71 montamos la primera exposición, el Palau Güell - que no está nada mal para empezar - y recuerdo que hicimos una película, empezamos muy fuertes, la verdad. También actuaron unos titiriteros con unas marionetas diseñadas por Miró... La exposición salió muy bien, recuerdo que Franco estaba vivo, eran cuatro trastos bien puestos. Me sirvió para abrir muchos caminos alrededor de este mundo. Eran juguetes en muy buen estado, y me gustó la idea de empezar a tomar fotografías de niños jugando, ayuda mucho a entender el cómo se jugaba. Del tema del arte... Yo era artista, pintor. Escogí dejarlo y centrarme en el museo, pero siempre he tenido mucha relación con artistas, y nosotros tenemos muchas obras de artistas conocidos relacionados con el juguete.

¿Cuáles?

Tenemos piezas de Tàpies, de Joan Brossa, de Miró - bien, el Miró nos dio una colección de siurells que le hacían compañía - Francesc Abad... Y después fuimos pidiendo juguetes a personalidades amigas del museo (todo el mundo que viene queda encantado). Tenemos los patines del Quim Monzó de cuando era pequeño, con una fotografía y con un texto; también tenemos los juguetes de Ernest Lluch, su caballo; las hermanas de Salvador Puig-Antich nos llevaron su tren eléctrico y luego nos escribió un texto Vázquez Montalbán... Los hermanos Dalí llevaron un oso, más adelante Anna Maria Dalí nos llama y nos dice que tiene una foto de ella y Salvador con el oso, y unas cartas que escribía Federico García Lorca en este oso... ¡Adelante! Este oso, que en Alemania en debe de haber miles, aquí está detrás de una vitrina. Aún seguimos persiguiendo a gente, de hecho si vosotros dos [redactor y fotógrafo] tenéis juguetes estaría muy bien que los trajerais. Es interesante ver los juegos antiguos de la gente nacida en los 80 o los 90.

Con los años que hace que el museo está abierto, ¿cuál es el magnetismo que tiene este espacio para atraer a tanta gente? ¿Es nostalgia infantil?

Sin quererlo, porque nunca lo hemos querido ni perseguido, el punto de nostalgia existe. Recuerdo que había una familia mirando un caballo de balancín: un abuelo, un hijo y niños de 8 o 9 años. El abuelo, de repente, se exaltó porque vio un caballo idéntico al que había tenido él. Para este señor fue un ataque de nostalgia, los padres no dijeron demasiado, y los nietos descubrieron que el abuelo había sido niño. Ellos pensaban que el señor había sido grande toda la vida, fue realmente sorprendente y es que este museo sirve para muchas más cosas. Ahora estamos trabajando en una exposición temporal que no sé cómo se llamará pero podría ser "La vida de un juguete". Tenemos desde moldes, pasando por todos los procesos previos (artesanales o industriales), los anuncios de televisión, los niños que ha jugado, los juguetes destrozados de tanto jugar ... Y los que han conseguido ser pieza de museo, y formar parte del patrimonio de Catalunya. Somos una gran familia. Ver el proceso de vida de un juguete me parece apasionante. Hace pocos días nos llevaron una caja de cartón muy rota pero muy bonita con restos de lo que había sido un tren eléctrico. Yo me emocioné mucho, ya sabía que serviría para esta exposición, ellos no lo entendieron muy pero yo lo tenía clarísimo.

¿Todos los juguetes son catalanes?

En nuestro museo contamos la historia de jugar en Catalunya. Aquí hay juguetes alemanes o ingleses, pero que ha jugado mucha gente aquí. El Mecano, por ejemplo. O el Scalextric. ¡Recuerdo un Scalextric con sidecar que vi una vez! ¡Fantástico! Pero vaya, como te decía, básicamente explicamos cómo se ha jugado aquí, vengan de donde vengan los juguetes.

El museo, que en parte se ha levantado gracias a ti, ¿tiene vida más allá de ti? ¿Te imaginas el museo cuando tú ya no estés?

Yo siempre he sido muy terco y muy inconsciente. Venir aquí al Hotel París era una inconsciencia, hacer un museo del juguete aquí era una locura. Y mira, aquí estamos. El edificio era del 1767, estaba destrozado... Pero nos pusimos en ello y salimos adelante, creamos la fundación, cedimos todo el museo a la fundación y la Generalitat, la Diputación, el Consejo Comarcal y el Ayuntamiento de Figueres entraron como patrones fundadores. A mí se me acabará la cuerda en algún momento, eso está claro. Y por eso hace medio año que tenemos trabajando en el museo a una persona que hace de conservadora y que ya andaba metida en el mundo de los museos. No de juguetes, pero sí de etnografía. Eva está ilusionadísima, y yo he recuperado mucho empuje también. Ella tiene ideas diferentes a las mías, y es lo que toca. Los tiempos van cambiando, y no puede haber un relevo con alguien que tenga mis mismas ideas. Que alguien más de 20 año más joven que yo trabaje aquí es genial.

Para una exposición temporal hicisteis un censo de crucigramistas hace años. Cuéntame.

Hicimos una exposición que se llamaba 'jugar con las palabras'. Hubo muchos aspectos donde los autores se volcaron, y el último día de la exposición vinieron una veintena de crucigramistas, los pusimos en mesas diferentes y la gente que resuelve el crucigrama vino a conocer a los autores. Ahora son más conocidos, pero entonces, hacia el 2000, no lo eran tanto. Hicimos un censo catalán de crucigramistas, y para formar parte tienes que haber publicado en algún lugar, no vale uno que haces tú en casa. ¡Tampoco es necesario que sea ninguna revista reconocida! Hace tiempo que no aparece ninguno nuevo.

Por último, te pido que escojas una palabra.

El primer regalo que me hicieron cuando nací fue muy bonito, el nombre que me pusieron: Josep Maria. De primer apellido me llamo Joan, de segundo Rosa. Mi hermana se llama Rosa Joan Rosa, es capicúa. En La Salle, a mí me decían "Rosa". Pero vaya, dejemos a los hermanos de La Salle, que ya han pasado a mejor vida. Como me han confundido el nombre muchas veces y me han dicho Jordi o Jaume, escojo estas dos palabras.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Albert Gomis

Volver