Marc Parrot: "Juego en la vida real"

Ir al estudio de grabación de Marc Parrot (Barcelona, 1967) es una pequeña aventura. Tiene sus Grabaciones Salvajes en Sant Quirze Safaja, un pueblo del Vallès escondido tras las curvas de la C-39, donde vive rodeado de naturaleza y calma. Periodista y fotógrafo nos perdimos durante un buen rato por los caminos de tierra de la urbanización de Solà del Boix antes de llegar a buen puerto. Marc vive y trabaja allí refugiado del ruido y concentrado en su oficio, el de músico, que ha desarrollado desde multitud de perspectivas: fama y farándula con El Chaval de la Peca, infancia creando la banda sonora del Club Super3, solidaridad coordinando la música de La Marató de TV3 y una extensa trayectoria musical bajo el nombre de Marc Parrot. Se hace limpieza en el estudio a pesar de ser lunes, y hay dos personas trasteando una kilométrica mesa de sonido. La limpian con una máquina de ultrasonidos que parece que venga del espacio y que emite un sonido desagradable. Nos sentamos en la sala de grabaciones en dos sillas de plástico cara a casa. Marc, que viste unas deportivas Vans y unos pantalones de skater, responde a las preguntas dando sorbos intermitentes de té en una taza de los Beatles.

¿Qué tienes ahora entre manos?

Ahora estoy terminando una serie sobre animales que se titula Cucurota, de la que estoy haciendo la banda sonora. Después, estoy a media producción con Ramon Miravet y esta semana empiezo con La Pegatina. Y aparte estoy de gira con mi disco, y ya hemos empezado con La Marató del año que viene.

Algo interesante es que tocas la música desde ámbitos muy diversos. ¿Disfrutas más haciendo tu propia música, produciendo o haciendo encargos?

No hay algo en concreto, hay momentos en los que, incluso trabajando en mi propio disco (que se supone que es el que hago por placer personal) son complicados y difíciles. Yo pienso que la sensación es que siempre hay cosas que mejorar en cualquiera de estos campos. Abarca tantas cosas... Hay proyectos en los que trabajo como productor y todo es muy fluido y disfruto de los momentos de sintonía pero no quedo satisfecho del resultado. Y al contrario, algunas producciones en las que tengo que hacer un sobreesfuerzo para estar a la altura de lo que me piden y sufro más en el proceso termino pensando que el resultado es fantástico. Lo que sí te puedo decir es que lo vivo todo muy intensamente, tanto en el tema de la producción como en los conciertos. En los conciertos siempre pasa lo mismo, siempre hay nervios, vas a un sitio y no sabes qué te vas a encontrar, sabes que puede fallar cualquier cosa... Y en cambio, cuando las cosas salen bien eso lo compensa todo. Pero eso dura poco, para lo bueno y para lo malo. Si un resultado no me deja satisfecho no me recreo ni le doy vueltas porque ya tengo que empezar otra cosa. Y en esa novedad proyecto todo lo que he hecho mal y quiero mejorar, no me estanco.

Hay un gran contraste entre el sitio en el que vives y la calidez que desprende un concierto. ¿Cómo se vive dentro de espacios tan distintos?

Se compensa. Las ventajas de estar en un sitio así es que hay unas cuantas preocupaciones diarias que suelen ser fuentes de estrés que desaparecen, como buscar aparcamiento o ir al trabajo en el metro. Cosas que son alienas a la música. El hecho de estar aquí permite desconexiones muy rápidas, de salir fuera en el jardín, rodearte de bosque y tener un silencio brutal. Y de desintoxicarme saliendo a almorzar fuera. Después de un concierto es lo mismo, después de todo el follón ese contraste me permite tener las pilas cargadas y centrarme en otra cosa.

Supongo que cuando trabajas con grupos y otra gente viene aquí es un valor añadido.

Absolutamente. Hay menos distracciones, ya no piensas en determinadas cosas simplemente porque no están a tu alcance. De hecho, hasta hace poco no había cobertura de ninguna compañía telefónica. Algunas personas se angustiaban con ese tema, pero nos permitía estar muy concentrados. Te digo otra cosa: también es cierto que la montaña es una opción de vida que debe gustarte. Yo disfruto de la ciudad pero desde la distancia, prefiero bajar y ver un concierto, una obra de teatro o cenar en un restaurante y después subir. Es una opción de vida.

Me gustaría hablar del proyecto del Club Super3. ¿Cómo se plantea el poner banda sonora a una generación?

Eso yo creo que viene después, intento no pensarlo demasiado. Yo intento cumplir con el encargo, que cada vez ha sido más claro. Al principio los encargos eran más difusos, pero ahora, entre que conozco mejor a los personajes y las posibilidades que tienen y que tengo una experiencia de cuatro o cinco discos, la comunicación es muy fluida y directa. Veo claro lo que tengo que hacer y lo hago, no veo las repercusiones, cumplo el encargo. Para el Super3 las canciones son herramientas que tienen la función de transmitir un mensaje. El Connectem tenía como objetivo comunicar que hay que aceptar lo diferente, no negar la posibilidad de poderse entender con un extraño. El mensaje responde a la trama del Biribiri, se escenificaba con un extraterrestre... Pero en el fondo daban un mensaje de integración y de entender la diversidad como algo positivo y estimulante. Además, el encargo contiene elementos concretos, como responder a las expectativas de éxito de la Festa dels Súpers. Y eso ya es más complicado, porque por suerte o por desgracia nadie tiene la formula. Pero el encargo lo tengo claro y la experiencia me da la clave para ir acertando.

Yo pensaba que lo concebías como un retorno a la infancia, a jugar, pero veo que es más oficio que otra cosa.

No hombre no, ¡todo eso está allí! La parte creativa es eso. Cuando empecé en el Club Super3 me pidieron una prueba para una especie de concurso, y en aquella época tenía a mis hijos en edad Super3. Y la proyección fue directa: lo que pensaba para mis hijos servía para los otros niños, como la canço de Tots som súpers, que quedó como un himno. Me cogió en un buen momento... Y claro, el punto de juego siempre está, esas canciones tienen que ser divertidas y estimulantes, otra cosa es que las escojas bien, que pienses en los recursos vocales de los actores que tienen que defenderlas, que sean atractivas... Pero hay que dar el punto jugón para que los niños le vean la gracia. Hay personajes como Lila que son cojonudos. ¡Lo que a la gente le da miedo a ella le gusta! Y eso es una pauta para hacer las canciones mucho más interesantes. De hecho, cuando compongo una canción yo primero hago un catálogo de ideas y palabras, a partir de aquí creo versos y después le pongo la música. Si la música me pide un estilo diferente las adapto, en cierto modo es como hacer un rompecabezas o como jugar al Scrabble. Necesitas un ritmo y una rima, una palabra que encaje.

¿Tienes la costumbre de jugar a juegos de ese tipo?

No jugamos mucho a juegos de mesa. Había jugado con mis hijos a los típicos: el parchís y la Oca. Al Monopoly también, alguna vez al ajedrez con Bruno.... Y al de Caçadors de bolets [cazadores de setas], que somos muy boletaires. No juego demasiado yo, no soy de jugar. A nada.

¿Por impaciencia?

No, porque juego en la vida real, para mí todo es una jugada. Hago un trabajo que me apasiona, me distrae y me ocupa el tiempo de faena y el tiempo de ocio. Para mí es muy intenso, y por lo tanto no juego a nada de entretenimiento. Evidentemente tampoco juego con el ordenador, porque paso muchas horas delante del ordenador y las utilizo para hacer cosas que me gustan, que son constructivas y que me divierten igual. Y tampoco juego jamás a juegos de azar. No me gustaría que me tocara la lotería, y eso te lo digo muy en serio.

¿Por qué?

Porque no, no quiero que me toque. Me cambiaría la vida, y cosas de la vida que no quiero que cambien. No juego y no quiero que nadie me regale lotería, nunca he comprado y no quiero que me toque. Tampoco me gustan los bingos y esas cosas.

Antes hemos hablado de la infancia, ahora me gustaría hablar de la vejez. ¿Qué fue lo más complicado y lo más gratificante de Casal Rock?

Lo más complicado... La primera edición fue muy chula porque nos lo fuimos encontrando todo, y hubo muchas sorpresas. Me sentí muy a gusto con ellos y se creó un espíritu colectivo muy bonito y muy constructivo. Y en la segunda edición eso también pasó pero a mí ya no me venía de nuevo y además me costó más la parte televisiva. Los abuelos estaban con más consciencia de que estaban haciendo un programa de tele, más de cara a la galería. Con toda la inconsciencia del mundo, pero estaban seducidos por el hecho de sentirse conocidos y todo lo que comporta ser mediático. Hubo momentos en los que parecían más pendientes de eso que de trabajar, y eso me angustió un poco porque veía que pasaba el tiempo y no avanzábamos.

También es algo inusual convertirte en mediático cuando eres un abuelo.

¡Claro! Es que es muy comprensible todo, era un tema muy delicado porque yo no podía decir que se olvidaran de la cámara, porque necesitábamos que dieran juego y que se abrieran. Con el primero conseguimos que todo el mundo se olvidara de las cámaras y no actuara con ninguna voluntad que no fuera la de explicarse.

Ahora quería tocar un tema que no sé si es delicado. ¿Te da pereza hablar de El Chaval de la Peca o lo aceptas como parte de tu biografía?

En general lo acepto. Pero, por ejemplo, en la última entrevista en El Periódico me pusieron de titular una pregunta sobre el Chaval que me habían hecho cuando y me iba. Entonces estuve dos o tres entrevistas en las que si me preguntaban sobre eso decía que lo había olvidado. Intento que ese tema no monopolice demasiado, más que nada porque es una historia que estuvo muy bien, y ya está.

¿Es importante El Chaval de la Peca en el Marc Parrot actual?

No lo sé, directamente no sabría qué decir. Yo pienso que me permitió... [silencio largo] poder seguir haciendo música. Tener este estudio y tener recursos para hacer discos tal y como los quería hacer. Yo siempre tuve claro que El Chaval era una broma que había triunfado por accidente y que no tenía que durar más de lo que duró. Si no yo no podía seguir.

Vi que en una entrevista de hace tiempo defendías que la música era un vehículo pero no un espectáculo. ¿Qué significa esto?

A ver si recuerdo qué quería decir... La música es un vehículo para contar cosas, y yo uso los estilos musicales que me convienen porque no estoy atado a una estética en concreto. Si creo que una canción puede tener un vestido más crudo, rockero y cañero lo hago, y si me reclama un acompañamiento lírico también lo hago. La música no tiene que ser porque sí, para mí lo importante es que ilustre lo que quiero contar.

Se habla mucho de los estiles musicales de los compositores, pero el lenguaje juega un papel importantísimo. ¿Cuesta más dominar la lengua o el lenguaje musical?

Si preguntas, la mayoría de músicos te dirán que las letras. Es lo que más cuesta porque es donde tienes que definirte, donde tienes que explicarte. Si te fijas, hay mucha gente que escucha música en inglés y capta una actitud, una actitud de rebeldía o de afrontar la vida de una forma determinada, o de diversión. Cada género y cada intérprete destila una actitud. Cuando le pones palabras puede haber contradicciones entre lo que uno capta y lo que se está diciendo. Y eso es lo que genera más miedo. Recuerdo que hace unos años en el Sputnik Concert empezaron a subtitular los conciertos con las letras y algunos artistas dejaron de vender porque la gente entendía las letras. ¡Y las compañías pidieron que no subtitularan los conciertos! La letra es una gran aliada, pero dependiendo de cómo la uses te puede hacer perder audiencia.

Tú te trabajas ese tema en algún aspecto, hay método para escribir mejor?

Yo creo que es experiencia. Y después encontrar tu discurso, yo creo que hay un discurso de fondo que se repite en muchos casos, y que forma parte de la esencia que tienes como artista. No tiene por qué ser una copia, pero hay un ADN que está en todas tus canciones y eso es fruto del trabajo y el oficio. Y es cuando empiezas a escribir de verdad las buenas canciones y con menos sufrimiento, y más de prisa. Tiene mucho de oficio... ¡Y talento, claro! Y el talento primero tienes que creer que lo tienes, y después a ver si se lo creen los demás. Tiene que retornarte algo que te haga ver que lo tienes y que te anime a seguir cultivándolo.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Acústica. Es una palabra bonita. Es la ciencia que estudia el sonido, y es un concepto muy relevante en mi vida. Yo siempre estoy pendiente de la acústica de los sitios a los que voy a tocar, de la acústica de los sitios donde grabo... Incluso en la ducha, en el baño, noto la frecuencia de resonancia. ¡Es cierto! Sólo hablando ya sabes dónde está, canto, miro si es muy exagerada o no. Después hay un vino que se llama acústic que está muy bien (el blanco y el negro, un Montsant), hay un festival en Figueres que se llama Acústica en el que he tocado varias veces... Acústica.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Marc Saludes

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