Marc Pastor: "Cada novela es un tablero distinto con reglas distintas"

 

El mundo de Marc Pastor (Barcelona, 1977) se mueve entre policías, muertos, juegos y relatos. Los policías, los muertos, los juegos y los relatos, a su vez, se mueven en una línea de realidad y ficción por la que Marc salta distraídamente de un lado a otro, consciente de los límites pero cómodo en cualquiera de los dos lados. Es policía científico de los Mossos d’Esquadra, pero también novelista, y la BBC ya se ha preocupado de invitarlo a sus estudios tres veces. Sus obras se han traducido a multitud de lenguas, algunas tan exóticas como el coreano o el húngaro. Quedamos con él en la Plaça Orfila de Sant Andreu y terminamos en el Versalles, bar conocido por cualquiera que habite en el barrio. Marc nos cuenta que no ha tenido un buen día, pero parece que se le olvida cuando empieza a hablar de juegos de mesa que inspiran sus novelas, de su tarea policiaca y de The Wire, la no-serie de policías.

Me gustaría empezar por tu trabajo menos conocido, el de policía científico. ¿Qué haces exactamente, es tan CSI como parece?

Es muy CSI pero no tan espectacular, ni tenemos música de The Who cada vez que entramos a trabajar. Básicamente es lo que se ve por la tele, nos encargamos de hacer las inspecciones oculares de homicidios, atracos, violaciones y otros delitos. Y buscamos huellas, ADN o cualquier indicio que nos pueda conducir a la detención del autor de un delito. También hacemos búsqueda de documentos, ver si hay pasaportes falsificados, o también hacemos retratos robot o fisionómicos comparativos de las caras… Toda la parte científica de la delincuencia, intentar establecer, a partir de la observación de estudio y las conclusiones, la identidad del autor de un delito.

¿Vino antes el interés por la criminología o por la escritura?

A mí escribir es algo que me ha gustado siempre, yo de pequeño quería ser escritor y lo tenía muy claro. La criminología me vino de rebote, me dije: ¿qué puedo hacer para dedicarme a escribir? Y pensé que lo mejor era ser periodista, que así me pasaría el día escribiendo, esa era mi idea cuando tenía 15 años. Hice la selectividad y me quedé a una centésima de comunicación audiovisual, y además por un error. Hubo un examen con la corrección equivocada, ironías de la vida. Una de las cosas que más me gusta es la historia, y saqué un 3 en el examen de la selectividad, y yo había hecho un examen de 10. No me atreví a ir a la revisión del examen porque me dijeron que si iba tendría que repetirlo entero. Hice la selectividad cuando no había Internet, no me podía asegurar nada, me entró miedo y no fui a la revisión. Ese 3 hizo que recayera en mi segunda opción, que era criminología. La escogí por morbo, porque me pareció divertida. Psicología me parecía demasiado seria, derecho era un coñazo y pensé que criminología tenía un poco de todo y que tenía que probarlo. A partir de aquí conocí a muchos Mossos, me presenté a una oposición y una cosa llevó a la otra. Me divierto mucho con mi trabajo, en un principio no era vocacional pero me lo paso muy bien.

Durante esos años que has trabajado en la científica y a la vez has escrito, ¿ha habido casos reales que se hayan convertido en novela?

Casi todos me han servido de inspiración. No es que coja el caso y lo convierta en relato exactamente, tal y como ha sucedido, sino que cojo ideas, reacciones de las víctimas, miradas del asesino o momentos de la inspección ocular que después reciclo en las novelas. El caso más bestia fue el de Remedios Sánchez, conocida como La Mataviejas que en el 2006 hizo 11 delitos entre homicidios y tentativas en Barcelona. Yo estaba escribiendo La Mala Mujer y me sirvió coger el caso de La Mataviejas que estudié durante meses con toda la unidad de investigación para inspirar el comportamiento maligno de Enriqueta Martínez, la protagonista de la novela.

Enriqueta Martí también es un personaje real.

Sí, es un personaje real pero a mí me quedaba vacío, todo lo supe a partir de periódicos y recortes de prensa de la época, pero no conocía su psicología, tenía que imaginarme cómo era una asesina de la época. Y a partir de Remedios Sánchez, a la que conocí e investigué, pensé que podría matar dos pájaros de un tiro y usar el perfil de Remedios para definir a Enriqueta.

A menudo hablas de autores que te han inspirado, pero también dices que te impregnas de juegos de mesa, videojuegos… ¿Cuáles son?

El Cluedo, por ejemplo. Cuando escribí Bioko, la idea original era un intento de hacer un Diez Negritos colonial. El Diez Negritos estaba muy relacionado con el Cluedo, ese juego cerrado en el que hay un asesino y distintos personajes que giran a su alrededor, y todo el mundo puede ser sospechoso. Yo quería hacer un Cluedo en Bioko, y de hecho hay ese juego de intentar reconocer al asesino entre distintos personajes, y el lector puede entrar a jugar. Hay la Señora Violeta, el Coronel Mostaza… Pero más que de un juego en especial, yo siempre hablo de los Juegos Reunidos Geyper. Me planteo mis novelas como si fueran los Juegos Reunidos Geyper. Cada novela es un juego de mesa distinto. A mí los juegos de mesa me apasionan, yo no juego a videojuegos, jugué de pequeño y de adolescente, pero ahora me mareo.

Tiras de dados y cartón.

 [ríe] Tiro de cartón y dados, que es lo que me ha gustado toda la vida y que aún me encanta. Pues a lo que iba, cada novela es un juego de mesa distinto, una puede ser el Cluedo, otra puede ser el Parchís, otra el Backgammon (aunque no conozco a nadie que juegue a ese juego), otra el ajedrez, otra las damas… Cada novela tiene unas reglas distintas y es un tablero distinto. Hay autores que toda la vida juegan al Parchís con sus novelas, yo intento no repetirme y que cada una sea distinta. Eso también es complicado, porque cada vez que empiezas un libro tienes que aprenderte las reglas, leer el manual de instrucciones. Y dices: ¡me cago en la puta! ¿Por qué no juego siempre al Parchís? Lo que hago es mantener siempre las piezas, si juego al ajedrez con una novela, cuando me voy a jugar a las damas también juego con las piezas del ajedrez, cojo los peones, los alfiles y la reina y me los llevo a las damas.

¿Con nombre y apellido?

¡Exacto, sí! Y cuando juego a la Oca también juego con la torre, o me llevo peones de la primera partida. Y cuando juego al Abalone también me llevo las piezas del ajedrez. Entonces las reglas son distintas, los tableros también pero siempre los mismos personajes. Eso hace que el lector sienta esa variedad pero a la vez vea que todo está interrelacionado y forma parte de un mismo universo. Es un juego con el lector, a mí me gusta jugar con el lector. No me planteo la escritura de una novela como un juego en solitario, yo he sido jugador de rol y no quiero pasármelo bien yo solo, lo quiero conseguir con el lector. Quiero que el lector, leyendo las distintas novelas, esté al otro lado del tablero y juegue también. Entonces, si alguien lee una novela y ve que el reloj que sale en tal paisaje también salió en otro libro, entiende que hay una relación y un juego que indica que hay una pieza argumental superior que está escondida.

Pero jugar es dar y recibir. ¿Tú te das cuenta cuando la gente recibe y mueve ficha?

Yo soy consciente de que entre las novelas pasan dos años y es muy complicado que la gente recuerde detalles; algún personaje o algún nombre puede que sí, pero los pequeños detalles son complicados de ver. Cuando alguien relee sí que descubre cosas y lo va juntando todo. Sí que hay un retorno y es muy agradecido, antes recibía mails y cartas y ahora recibo mensajes en Twitter y Facebook, gente que me dice que ha descubierto cosas. Y me gusta, es divertido, estoy muy agradecido. Después hay detallitos que pongo a sabiendas de que son casi imperceptibles, pero me da igual, ahí están. Me gusta pensar que a nivel inconsciente siguen trabajando.

Como amante de los juegos de mesa, ¿cuáles te han marcado más y a cuáles has jugado más?

De pequeño jugué mucho al Cluedo, y también a muchos juegos de marca blanca. En vez del Trivial Pursuit, el original, en casa teníamos el Trivial 3.000, la marca Hacendado del Trivial. Pero nos lo pasábamos igual de bien, lo recuerdo con mucho cariño. Después había el Catedral, que ahora lo han reeditado y me hizo rabia porque no encontré el original en casa. Es algo parecido al Tetris, de encajar piezas, un juego de bloques en el que tienes que construir una ciudad llenando los espacios, y el que tiene más gana. También al Abalone me gustaba mucho, no sé si lo conoces.

¡No! ¿Cómo se juega?

Tú tienes bolas blancas y el otro negras, o viceversa. El tablero es hexagonal y tienes que ir empujando las bolas a partir de una serie de normas. Me había pasado muchas horas jugando… También me gustaba mucho el Othello, que era de rodear las ficha del rival y girarlas. Siempre cosas de dominar el tablero, que es la norma básica. También me gustaba mucho el rol y las miniaturas, el Heroquest sobretodo. Tuve une época a los 20 años que dejé de jugar y luego lo retomé. Ahora estoy con el Carcassone, que es genial para jugar en familia, y otro que se llama El Casero que es muy divertido. Es un juego de cartas en el que hay caseros, arrendatarios, okupas, te pueden desahuciar, y hay mil tipos de arrendatarios: el informático solitario, la vieja loca, los okupas… Y ahora juego mucho a juegos como el Mansiones de la Locura, El Símbolo Arcano… Son juegos inspirados en la obra de Lovecraft. Son colaborativos, y siempre hay investigadores del primer cuarto del s XX que deben impedir que algún monstruo se apodere del planeta. Te puedes tirar jugando 4 o 5 horas muy divertidas.

¿Tus decisiones cuando juega y cuando trabajas con los Mossos son resultado de un mismo proceso intuitivo?

No, no. A veces voy a la escena del crimen y pienso: ahora haré como Sherlock Holmes. Pero a los 20 segundos se me ha acabado el razonamiento, no soy tan brillante como él. El trabajo es el trabajo y hay que centrarse, no es aplicable nada del mundo del juego. Lo mejor de ser policía científico es que hay un razonamiento deductivo, un positivismo científico que aplicar, y ya sabes qué debes hacer. Vas a un sitio, aplicas unos patrones, lo extraes todo de forma cautelosa. Puedes llegar a conclusiones, pero lo más importante es encontrar el error del autor, y aquí sí que hay un juego. El autor siempre la caga como mínimo una vez, el crimen perfecto no existe, y nuestro juego consiste en descubrir esa cagada.

A parte de tus novelas, has publicado en un recopilatorio de The Wire, una serie que, en teoría, es policiaca. ¿Por qué esa serie tiene esa dimensión y cómo conseguiste publicar en el mismo libro que autores de la serie como David Simon o George Pelekanos?

Di una charla con Lorenzo Silva en Madrid sobre novela negra, y los editores de ese libro estaban de oyentes. Cuando acabó, cenamos con los editores, salió The Wire en la conversación y todos éramos fans de la serie, hablamos sobre ella entusiasmados. Al cabo de unos meses me llamaron diciendo que iban a sacar un libro sobre la serie. Y nada más… ¿Sobre The Wire quieres que hable?

De su dimensión.

The Wire es la serie que utiliza la excusa de ser una serie policial para hablar sobre el siglo XXI, y para hablar de la ciudad. Que sea una serie policial es lo de menos, hay policías porque los policías llegan a todos sitios: a los muertos, a la corrupción, a los pequeños delincuentes… Los policías llegan transversalmente a todo lo que sucede en la ciudad. De hecho cada temporada tiene un enfoque distinto: la primera es el tema de los pequeños camellos de droga, la segunda la mafia del puerto y la inmigración ilegal, la tercera la corrupción política, la cuarta educación y la quinta periodismo. Estás hablando del s XXI, de hoy día. A partir de aquí, está tan bien escrita que parece real. Tú miras la serie y no parece una serie de policías pensada para que todo encaje.

No es CSI.

No, no es CSI. Son dos series distintas, no van dirigidas al mismo público ni quieren contar lo mismo. Las dos son legítimas, pero The Wire es una serie enorme. Curiosamente tuvo poca audiencia, fue reconocida muy tarde y siempre estuvo a punto de ser defenestrada. Pero es una serie imprescindible, a pesar de que a mí me costó entrar. durante los primeros 8 episodios fui incapaz de identificar a los protagonistas y no entendía nada, todos los personajes se cruzaban y muchos negros que no se distinguían entre ellos, no sabes cuál es el bueno, cuál es el malo, quién es Avon Barksdale o Stringer Bell. Y poco a poco ves que todos tienen su personalidad, su vida, sus matices, que todos se equivocan. Es muy real.

En cierto modo, la grandeza de The Wire es que no es una serie de buenos contra malos, de policías contra ladrones, sino que todos son buenos y malos a la vez.

Es un espejo. A mí hay algo que me da rabia cuando veo una serie de policías como CSI, en la que los polis son los buenos y los asesinos son malos, locos, psicópatas. En The Wire hay mezclas extrañas, gente que para conseguir cosas buenas tiene que hacer cosas malas… Hay conflictos éticos.

Vamos a las novelas. Se te ha traducido al coreano, al checo, te han entrevistado en la BBC… ¿Cómo lo vives?

¡A la BBC vuelvo la semana que viene! Yo flipo. De verdad, flipo. Yo, para mí, ver mi novela en una librería de Barcelona es un sueño, no hay nada más grande, me hace una ilusión tremenda. Que encima la gente la lea es el súmmum. Que encima vengan de otro país y la quieran publicar… Yo llevo años pensando que algún día descubrirán que todo eso es un fraude, que les estoy engañando a todos. Es muy sorprendente, y también un pelín frustrante.

¿Frustrante?

Sí, porque a veces tienes la sensación de que se te valora más fuera que dentro. Y no es sólo una sensación mía, también la comparto con otros autores. Fuera hay un respeto hacia el autor importante, que no significa que te hablen de usted, sino que se hacen bien las cosas a nivel de prensa, edición y relación con los lectores. Yo cuando he ido a Inglaterra y les he hablado de la piratería que hay aquí me miran alucinados. Aquí es un poco sálvese quien pueda, hay muchas entrevistas a escritores en webs, blogs y radios locales. ¡Y bravo! ¡Gracias, fantástico! Pero en los medios generalistas, aparte de Falcones, Zafones y Perez-Revertes, aquí no se entrevista a nadie. Y programas de libros… Ya no quiero hablar de programas que se emiten a las tres de la madrugada o que son un coñazo que te vienen ganas de cortarte las venas, de gente que se lo toma muy a pecho todo. Leemos para disfrutar y pasarlo bien, no podemos distanciarnos tanto del lector.

¿Eso de dónde viene?

No sé de dónde viene. No lo sé. Yo he visto que desde 2007 (cuando publiqué la primera novela) hacia adelante todo ha ido a peor. La crisis también ha hecho daño, los ayuntamientos no tienen dinero para los clubs de lectura… Parece que los de aquí seamos superficiales, y que si no estamos, pues no pasa nada. Se habla de autores mediáticos que se pueden imitar en el Polònia [programa satírico de TV3], los que conoce todo el mundo que ya son un personaje. La BBC me ha llamado 3 veces y TVE una sola vez, y para La 2. Y me presentaron diciendo: “Ahora a los policías les ha dado por escribir”. Pues eso, lo que decíamos del respeto. Todos intentamos hacer cosas de provecho.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Primavera. Cuando era muy, muy pequeño (no sé ni en qué curso estaba) estábamos en clase y nos dijeron que teníamos que pensar una palabra complicada, la más difícil que conociéramos. Yo me acojoné, no sabía que decir, me agobié y dije la más larga que conocía, que era primavera. No recuerdo cómo reaccionó la profesora, pero sé que primavera era la palabra más larga que conocía en aquel momento.  

 

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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