Martí Sales: “Nos vamos volviendo reyezuelos de nuestras vidas y es mentira, porque pronto somos esclavos de todo”

Martí Sales (Barcelona, 1979) encaja en la postal que crea la plaza de la Vil·la la de Gràcia un jueves por la mañana. Según cuenta él mismo y confirma más tarde Clàudia, la camarera, cada mañana viene a tomar café al mismo bar; y, seguramente, se sienta mirando hacia la misma dirección, la que permite tener una perspectiva panorámica de la plaza. Martí es, ante todo, un hombre de palabras: poeta, escritor, traductor, músico. Viene de familia de letras —su tío abuelo era Joan Sales, el autor de Incerta Glòria— y ha coordinado festivales como el Poesia i +. Los únicos hilos que deja colgando son los de la complejidad. Todo lo que hace y todo aquello a lo que dedica su tiempo forma parte de un discurso global que enlaza argumentos, contraargumentos y dudas. Cuando nos encontramos, se está a punto de meter una pastilla por una tortícolis que arrastra desde hace unos días. "Soy un hipocondríaco, cuando tengo males así siempre pienso que tal vez tengo un cáncer terrible y que moriré en pocas semanas". Viste una camiseta con el logo de la editorial Males Herbes, que publicó su último libro titulado Principi d’Incertesa.

Cuentas a menudo que para ti la escritura no es la manera de transmitir una idea preconcebida sino que generas pensamiento a partir de la propia escritura. ¿Cuándo tienes conciencia de tener esta visión tan global de escribir?

No sé, supongo que en la elaboración del primer libro. Empiezo a escribir muy joven —no muy joven, muy pequeñito—, debía ser entre los 20 y los 25 cuando empecé a escribir los poemas del primer libro. Leyendo mucho, investigando mucho, con colegas que también leían y escribían mucho (éramos la cuadrilla de Eduard Escoffet, Josep Pedrals y Gerard Altaió), y recuerdo que todo era una especie de combate. Cada uno con sus curiosidades y cruzadas acabamos elaborando este pensamiento, que tampoco es nuevo. Hay mucha peña que se toma la escritura de esta manera. Veíamos que la forma que teníamos de trabajar y nuestras influencias eran un proceso muy consciente. No era aquello terapéutico de escribir [cambia el tono de voz para ridiculizar] porque me siento mal y con la escritura superaré esto porque es la expresión de mis sentimientos más profundos. No. Para nosotros la escritura tiene que ver con un proceso de trabajo e investigación que conecta con los surrealistas, con corrientes actuales y con el pensamiento y la ciencia. La escritura como campo de batalla, no como lugar de expresión sino como un continente.

Vienes de una familia de letras. ¿Esta idea de la escritura rompe mucho con la que habías vivido desde pequeño?

En casa se tenía una idea de la escritura muy tradicional. Escritura como historia. Mi padre hacía libros juveniles con mi madre, y sus libros para adultos seguían una estructura narrativa muy tópica. Mi padre sí tuvo un proceso experimental muy loco, pero enseguida hizo el típico paso que hacen muchos escritores de lo más vanguardista y experimental hacia la historia. Es una evolución que hace la peña ya veces me da un poco de rabia: "de joven era muy experimental pero ahora ya no hago esas tonterías, ahora ya soy un narrador y he encontrado mi voz. Cuento historias". Como si fuera lo más escribir novelas y contar historias.

Este proceso se parece mucho a una línea de acomodo vital que siguen muchas personas: revolucionarios de jovencitos y apoltronados en la edad adulta.

Claro, esto es un coñazo absoluto. Cuando eres joven esperan que seas atrevido y rompedor, y de mayor esperan que seas conservador. Yo creo que lo más interesante es tener esta actitud cuando eres mayor y no cuando eres joven, porque viviendo así cuando eres joven estarás haciendo lo que se espera de ti. Igual con las drogas, con salir, con la música... Está muy bien escuchar músicas extremas y bestias a los 50 años y no que hagas la típica evolución: te gusta el punk, del punk pasas al rock, del rock al indie- pop, del indie-pop al pop, del pop al jazz y del jazz te pasas a la música clásica. ¡Pues no! Yo de joven escuchaba clásica y quiero llegar a viejo escuchando punk. Y a los 50 años, meterme un tripi. ¿Por qué no?

¿Es lo que decíamos antes, todo forma parte de un proceso integral?

Es horroroso, espantoso. Entiendo que nos hacemos mayores, pero hay que luchar contra eso, contra volvernos gilipollas. Y hay que mantener el espíritu, y la gente que nos dedicamos a esto —y cuando digo esto digo "esto" en general, me refiero a los que nos nutrimos y queremos vivir a fondo en todos los sentidos, en el arte y en el pensamiento— es absurdo que dejemos de lado todas estas cosas. Igual ahora me hago skater, ¡yo qué sé! Y lo que te decía de los tripis es muy importante, porque el uso de las drogas en esta sociedad es tan estúpido y tan banal...

¿En qué sentido?

Que sólo se consumen drogas para ponerse ciego. Vale, muy bien, funcionan para eso y van muy bien. Pero también funcionan para otras cosas, y alguien que tiene 30, 40 o 60 años le irá mucho mejor que a un joven tomarse un tripi. Es refrescante, sales de la zona de control, pierdes el control. Y hay que perder el control, porque al final todos nos vamos convirtiendo en control-freaks, nos volvemos unos maniáticos insoportables. En la vida en pareja se ve mucho: ahora sólo follamos tal día de la semana porque los martes me tengo que levantar temprano y... ¡nada! te tomas un tripi y pierdes el control de todas estas cosas, no controlas de manera integral. No puedes dormir, estás asustado, no puedes controlar las emociones, ni las visiones... Y de repente, te pones en tu sitio. Si no, nos vamos volviendo reyezuelos de nuestras vidas, y es mentira, porque más bien somos esclavos de todo. Y quizás hay maneras de verlo que no impliquen un tripi, pero el otro día lo hablábamos con un colega: un cuarto de tripi cada cinco años. ¡No duele, no es nada! Hablemos. Es la idea contraria a drogarse hasta las cejas durante cuatro días de festival.

¿Este discurso sobre drogas escandaliza mucho?

Da miedo. ¡Pero no pasa nada! Estarás unas horas haciendo algo de lo que puedes aprender. No duele, no te volverás loco y te reirás mucho, cosa que seguramente hacía mucho que no hacías. No es apología de las drogas, es apología de esta especie de 3en1 que necesitamos para quitarnos la yema que se nos acumula mientras vamos viviendo. Que un día te ves haciendo unas cosas que dices ¡aaaaaah! ¡No, por favor! En el momento en que sales de la cotidianidad te preguntas quién eres, qué haces, y no entiendes nada. Y para salir de ahí no es necesario meterse un tripi, también puede implicar leer ciertos libros, relacionarte con la gente de una determinada manera, trabajar ciertas cosas, cambiar de trabajo, ser autocrítico, desprenderte ...

¿No dejarse llevar por la inercia?

Si no haces nada, se te lleva por delante. La vida tiene esa fuerza, la estructura social es tan fuerte que de repente te ves en un lugar donde no quieres estar. Pero es el lugar donde está todo el mundo, es perfecto, es el lugar donde debes estar y allí no te sentirás extraño, todo el mundo piensa lo mismo. Harás lo que hay que hacer e irás a una casa rural con una pareja de amigos. Que no me parece mal, pero vamos mirando por qué hacemos las cosas y no tengamos miedo de decir basta. Sobre todo con el trabajo y el dinero. Creo que hay mucho margen de acción y que se puede compartir mucho más, no es necesario tener tu casa, tu pareja, tu lavadora, tus manías... Son costes bajos, porque al no ser esclavo del trabajo puedes vivir con menos dinero. Y ya no te hablo de las necesidades innecesarias de comprar cosas. A mí me gustan los Levi's, y los compro de segunda mano. Da igual, los aprovecho.

En una entrevista en Catalunya Plural decías que nuestra mirada modifica la realidad. Entonces, ¿para entender lo que pasa a nuestro alrededor es necesario habernos creado un relato propio para saber con qué ojos miramos?

No, no. Perdóname una cosa: la palabra relato es una de esas palabras horribles. Déjame hacer un paréntesis. ¿Relato? Es un puto coñazo, todo debe tener un relato, las exposiciones deben tener un relato. Son muletas que se nos meten en el lenguaje, y la mayoría son mercadotécnicas. Nicho, producto...

¡Te lo compro!

¡Te lo compro! Es espectacular, me obligo mucho a no decirlo. Al igual que empoderamiento, sinergia... Todas estas mierdas hay que evitar decirlas cada tres segundos. ¿El relato de un mismo quieres decir que te conoces un poquito?

Sí, construcción de la propia identidad y conciencia de saber de dónde vienes.

Yo no me quiero dar por construido en los 37 años, cuando algo está terminado, está muerto. Lo que hay que tener en marcha es el proceso de mirada hacia adentro, la autoconciencia. El "ya sé qué soy, ya sé qué quiero, ya sé hacia donde quiero ir" vuelve a ser una idea mercadotécnica, un poco de entrevista de trabajo.

"El causa-efecto y el pregunta-respuesta no sirve para explicar la complejidad" has dicho alguna vez.

Tenemos un lenguaje y un cerebro muy limitado, muy limitado dado la complejidad de todo. Esto lo explica muy bien La guía del autoestopista galáctico del Douglas Adams: es un libro muy divertido de ciencia ficción (después se hicieron unas pelis) donde al final los protagonistas se dan cuenta de que la tierra es un gran computador . Y computa la pregunta de cuál es el sentido de todo y el origen del universo, una pregunta absoluta que la Tierra lleva computando durante millones y millones de años. Y al final, la respuesta es 42. ¿Cómo es aquella frase hecha? A palabras necias, oídos sordos... Que yo tengo la versión chiste: a palabras serbias oídos bosnios. Si haces una pregunta absurda, la respuesta será absurda, no hay manera de contestar a una pregunta así a través del lenguaje. Por lo tanto hacemos aproximaciones a nivel científico, artístico, creativo... Todo cuenta, la intuición cuenta mucho. No te diré que dejemos de hacer hospitales y nos curemos con energías; todo cuenta, hay que debatir y discernir e ir avanzando.

Me gustaría hablar del vínculo de lo cultural con las instituciones. Tú, que has vivido en carne propia esta relación, ¿cuáles crees que son los tics de las instituciones en temas culturales y cuál debería ser el modelo?

Como te lo diría... Las instituciones públicas tienen, como mínimo, dos grandes problemas. Una es la estructura funcionarial. ¡No los funcionarios! Hay buenos y malos funcionarios, hablo de esta estructura donde prevalece la inercia, los mecanismos internos, cosas cotidianas que dominan el relato [arquea las cejas] superior. Es un monstruo que desactiva en lugar de activar, se gasta demasiada energía en la propia gestión interna y esto hace perder eficacia. Los recursos que se vierten, que son pocos, no se optimizan. Y hay poco recambio, la gente se queda allí para siempre, la gente ve todos los terrores en uno y quiere aferrarse a su sitio. Hay anticuerpos hacia cualquier idea nueva, a veces con razón ya veces sin ella, y también falta diálogo y coordinación.

¿Se puede dar voz a las personas que participan de esta estructura interna?

Muchas veces, los funcionarios son los que saben más. Durante tantos años son instrumentales, y se carcomen y amargan, y no hay forma de sacar nada. El año pasado, con el proceso abierto del consistorio actual, que se llamaba 'Decidim Barcelona', coordiné las sesiones de los técnicos del ICUB. Y era brutal, fue la primera vez que trabajadores que llevaban 20 años allí eran preguntados sobre su trabajo. Son cosas básicas, se empiezan a hacer ahora y se deberían hacer tres veces al año. Y trabajar contra la estructura verticalizada. Yo soy asambleario a medias, creo que alguien debe tener la última palabra porque no se puede votar eternamente, supongo que hay que decidir quién manda de manera rotativa. Creo que en las asambleas afloran los tics habituales: el macho alfa es más escuchado, el tímido se le escucha menos... En fin, esto es de dónde venimos, dónde estamos y adónde queremos ir. Habría que evitar que el político eche su meadita para dejar marca en su carrera política. Un político debería tener vocación de servicio. ¿Por qué quieres hacer un museo? ¿Quieres ser el concejal de turno y dejar una marca. ¡No tío, no queremos medallas ni egos! Los políticos y las instituciones deberían hacerse transparentes. ¿Qué ego debe tener el ICUB o el Mercado de las Flores? ¡No!

¿Crees que a nivel más global, más allá de lo que ya contabas de los encuentros entre técnicos del ICUB, se ha notado que gente que proviene de los movimientos sociales ha entrado en las instituciones?

Que no se los coman. Es una lucha muy bestia, una lucha contigo mismo, con tu comunidad, con el sueldo que nunca has tenido... Luchas internas de uno mismo y tantas batallas como individuos, y de momento la historia dice que gana quien gana: la institución y el modus operandi de apoltronamiento. Nunca gana el seguir luchando por una serie de cosas que nos beneficien a todos. La batalla por uno mismo está en todos los frentes: tú ahora en esta entrevista, Màrius Serra con su web, yo con mi fanzine... Elecciones que te tiran hacia aquí o hacia allá. A nivel metabólico yo nací optimista, por la mañana me levanto de buen humor y es una suerte. Pero no soy optimista porque haya hecho un análisis global que me inste a pensar así. Hay que luchar la coma, todos los espacios y todas las relaciones, y creo que la gente que tiene ganas de vivir de otra manera somos un ejército enorme, somos muchos.

¿La precarización y el romper con la ambición de vivir con un cierto tren de vida económico ayuda al cambio? ¿Saber que viviremos peor que nuestros padres es un punto de partida?

Esto es falso. Perdona eh, creo que sé lo que quieres decir, pero no es verdad. Volvemos a estar en el esquema económico de las cosas: precariedad significa precariedad económica. Tengo menos dinero del que tuvieron mis padres, pero el análisis de mi vida no tiene que ver con mi casa, o mi coche.

Pero es relevante cuando la precarización económica afecta a ámbitos como la educación y la cultura.

¿A mí?

No, me refiero a nivel global. Una población empobrecida tiene más problemas para hacer llegar a sus hijos a estudios superiores, por ejemplo.

No sé, lo que hace falta es que las universidades y las escuelas públicas sean mejores, es por eso que tenemos que luchar. Yo fui a escuelas y universidades públicas, mi caso es barato y no he ido a Cambridge ni al Aula. Mis hijos seguirían el mismo camino... En cualquier caso, yo no quiero poner el acento en la economía, hay que luchar para que nuestras opciones económicas mejoren, pero no podemos basar nuestra vida en ello, me niego, al final siempre hablamos de pasta o de cifras. Y nos olvidamos de hablar de literatura, de pasión, de amor, de todo lo que interesa. Seguramente económicamente seremos más pobres que nuestros padres, y no mola. Pero a niveles de felicidad y plenitud creo que mi generación es más llena que la de nuestros padres: tenemos más recursos, nos educaron sin franquismo, se vive mejor en Barcelona ahora que en 1976... ¡En aspectos como machismos o homofobias hay mucha diferencia! Hay que cambiar el foco de cómo percibimos la propia vida y de cómo hablamos. Hay que ver lo bien que vivimos y las posibilidades que tenemos, y qué chulo es aprovecharlas. Yo puedo leer libros que hace 30 años no podía, yo sé mucho más inglés que mis padres... La formación que tenemos y las posibilidades de hacer cosas son infinitas. Y se habla poco.

Por último, te pido que escojas una palabra.

Me gustaría contarte una anécdota que viví pequeñito. Una de las cosas raras que me pasan desde pequeño por influencia paterna es que mi relación con las palabras es muy extraña. Pasa por allí y se me planta en la cabeza. Había una profesora de universidad que se llama Nora Catelli, y como es muy rítmico, me flipaba y decía mucho este nombre. O Alberto Grimaldi, no sé por qué. De vez en cuando me levanto y me ponen palabras en la cabeza, y ahora me han salido dos de italianas, pero no es siempre así. Mira, antes de ayer me levanté y me venía el nombre del Jared Leto, el actor de Requiem for a Dream —qué dura es la última escena!—. Es un nombre muy extraño, y después de Jared Leto me vino tupit, tupido, espeso. Esa es mi palabra: tupit.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Albert Gomis

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