Miguel Gallardo: "Me he inventado mi propia realidad"

De vivir en un piso franco rodeado de canallas y camellos a publicar en The New Yorker. Son dos puntos unidos por el dibujante Miguel Gallardo (Lleida, 1955), contador de historias, referencia del cómic en España y dibujante versátil donde los haya. Se hizo célebre en su época underground con Makoki, icono de toda una generación contracultural de la transición, y ahora da vuelcos por el mundo hablando de María y Yo, que relata la relación de Miguel con su hija autista. Nos recibe en su estudio, situado cerca de la la oficina central de Correos y Telégrafos de Barcelona. Evidentemente hablamos de cómics, de la vida de dibujante, de tebeos, pero también de la inclusión social de los discapacitados y de cómo el juego puede o no interceder ese proceso.

¿Cómo contarías a alguien que nació en los 90’ todo el movimiento underground del cómic del que participaste en los 80’?

Bueno, también tuvo algo de impacto en los 90’. La generación para la que nosotros dibujábamos tenía nuestra edad, pero luego el Víbora o el Tebeo lo recogieron los primos, los hermanos… Gente de otra generación también lo pilló. El impacto fue muy fuerte porque fue una forma de narrar diferente, y las cosas que narrábamos también eran muy distintas a la generación anterior. Eso ha sido muy importante para el movimiento actual de novela gráfica, creo que ha influido bastante. Cambiamos los parámetros del juego.

¿Cuáles fueron esos cambios?

La generación anterior a la nuestra daba muchos dibujantes pero trabajaban mucho para agencia, y lo que se hacían eran guiones de fuera, del oeste, del espacio… No se hablaba para nada de lo que pasaba aquí, a no ser que fueran revistas de humor como Pulgarcito. Nosotros en aquel momento contamos lo que pasaba, éramos la generación de la transición. Se estaba muriendo Franco y tuvimos el poder y la forma de explicar cómo vivíamos nosotros, que era también la forma de vivir de nuestros lectores: fumábamos canutos, íbamos a fiestas… Eran normas distintas a la de la generación anterior.

En aquella época vivías en contacto directo con delincuentes, camellos… ¿Hasta qué punto fue decisivo ese entorno?

A ver, primero que aquella no era la Barcelona de las Olimpiadas. Era una Barcelona diferente, mucho más canalla, nosotros nos movíamos mucho por el Born, Las Ramblas, el Barrio Chino… El mestizaje era muy importante, había gente de todas partes pero no había la onda de turistas de ahora. Nosotros teníamos un piso franco, como un piso de estudiantes pero en ese caso era un piso de dibujantes. Continuamente iba rulando gente por allí, aunque no siempre los atendíamos porque si no habría sido imposible trabajar. Pero nuestro trabajo consistía en contar historias de la calle, y para nosotros era ideal, porque la acción venía a casa. No teníamos cada día alguien que acababa de salir de la cárcel, pero sí gente un poco de todos sitios.

Sobre tu evolución como persona y dibujante, ¿cuál es el recorrido entre aquél piso franco y este estudio donde estamos ahora?

También podría ser la diferencia entre los dos personajes por los que soy conocido, Makoki por un lado y María y Yo por otro. Makoki no deja de ser un aura de juventud, porque entonces teníamos venitipico años, y no teníamos ni responsabilidades, novia seguro que tampoco… Y luego vas evolucionando, que es lo bueno. Si yo siguiera haciendo el Makoki ahora sería un tipo patético que sigue repitiendo lo mismo. Hubo un momento en el que dejé el cómic y me pasé a la prensa, pero ahora lo he retomado y lo hago cuando me apetece. Y María y Yo es la historia del cambio de mi vida, la forma de pensar, la gente con la que vives… Y ser padre es algo importante, y en mi caso ser padre de María es un shock bastante importante.

Pasas de plasmar una vida canalla con el dibujo a utilizarlo para comunicarte con tu hija autista.

He tenido una evolución muy grande como dibujante. A mí Juanito siempre me decía que era un fino estilista. A la vez que hacía el Makoki dibujaba en PlayBoy o Penthouse con una línea muy francobelga, algo muy distinto al Makoki. Y cuando entré en la prensa le empiezo a coger el gusto al dibujo por el placer, a hacer cosas bonitas. Con María aprendí a limpiar todo eso y quedarme con lo básico. Un bolígrafo, un papel y las formas básicas.

Antes que un libro, Maria y Yo es un lenguaje. ¿Cómo descubres que puede ser una forma de comunicación con tu hija?

Es que el dibujo es una herramienta cojonuda, puedes ir a cualquier sitio del mundo y comunicarte con la gente aunque no hables el mismo idioma. Primero sale el cuaderno que sale en el documental, en el que yo dibujaba María. Luego ella me pedía que le dibujara los personajes de Walt Disney de las pelis que ella veía. Y vi que cuando le dibujaba flipaba. Claro, todos los niños flipan. Y luego, aprovechando su habilidad adquirida por el trastorno del espectro autista, que es una memoria espectacular, y recuerda los nombres de todas las personas que conoce.  Empezamos con las listas de gente, que es parte de su conversación. Y por deporte empecé a dibujárselas, y una vez dibujado se convertía en algo real que para ella era muy importante.

¿Cómo se asume emocionalmente publicar un libro como María y Yo?

En el documental ya nos expusimos todos. Algunos nos dijeron que era una especie de exhibicionismo, sacar provecho. Yo nunca lo he visto así, la verdad. Para mí era una historia que yo tenía que contar, porque es mi historia, es la historia más importante que me ha pasado. Makoki pasaba a mi alrededor, pero María y Yo me pasaba a mí, y pensé que tenía unas herramientas perfectas para que la gente lo entendiera bien: los dibujos de María y el humor.

¿Eres contador de historias antes que dibujante?

Sí, totalmente. Dibujar es lo que más me gusta, pero el formato me da igual. He hecho cortos de animación, he escrito… Me gusta contar historias, vengo de un medio en el que la tradición oral es importantísima. Cuando estaba en el Víbora los mejores momentos eran las sobremesas en las que la gente se arrancaba a contar historias. A mí una buena historia me puede.

¿Tienes nostalgia de esos tiempos?

No, puede que de vez en cuando mire atrás y piense que me lo pasaba muy bien, pero ahora también lo paso muy bien. La industria no ha cambiado mucho, la industria del cómic española no es comparable a la francesa o la estadounidense, es pequeña. Lo que hicimos en aquella época ha servido para que ahora existan editoriales más o menos independientes que dan entrada a gente nueva sin tener que pasar por revistas, y eso es muy bueno. Ahora hay una cantera extraordinaria, la gente cuando sale tiene un nivel que nosotros no teníamos ni en broma. La prensa ahora está cerrada, todo pasa por los blogs o los webcomics.

A parte de tus proyectos, llevas tiempo metido en ilustración.

Ahora no tanto, en ilustración es en lo que he estado metido todos estos años en los que no hacía cómic. Tengo algo en La Vanguardia y trabajo más o menos habitualmente, crucemos los dedos, en The New Yorker, porque tengo un agente en Estados Unidos.

¡Son palabras mayores!

Hostia, para mí cuando empecé a publicar para ellos pensé: ya está. Ellos tienen una costumbre muy especial que no tiene casi ningún otro medio, y es que cuando publicas para ellos te envían la revista. Y ese primer sobre de mi primera colaboración algún día lo voy a enmarcar, lo tengo guardado por ahí. Será como decir: ¡he conseguido lo que quería! La oportunidad no me acuerdo como fue, me llamaron para encargarme una ilustración muy pequeñita, pero vaya, que para mí ya es un orgullo. Es que además es muy complicado siendo de fuera entrar en el mercado americano, y más en el New Yorker que es Top10. Ellos son como muy especiales, porque se enamoran de la gente, se enamoran de ti durante una temporada y luego ya no los vuelves a ver. Pero de momento que dure.

Si no te has dedicado a la ilustración, ¿qué llevas haciendo últimamente?

A partir del documental y del libro mi vida está más en el ámbito educativo. Me paso la mayor parte del tiempo viajando, dando charlas, talleres, conferencias… En el mundo de la discapacidad sobretodo, y también un poco en el mundo de la ilustración.

¿Qué te han aportado esos viajes?

Para mí ha sido genial porque nunca he viajado mucho, los dibujantes de tebeos siempre estamos encerrados en el estudio, no tenemos muchas oportunidades para salir. Y de pronto cuando me empezó a pasar fue brutal. Con la película he estado en Tokio, Budapest… Ha sido una vuelta al mundo brutal, de hecho estoy preparando un libro sobre viajes. También estoy metido en un proyecto que se llama aulas creativas, una especie de plataformas para profesores que tiene aulas virtuales y en las que cada profesor explica cómo se enfrenta a los problemas. Me interesa mucho la educación, la forma de educar para la inclusión de los discapacitados, y también el contacto con los padres.

¿Cuáles son los principales fallos de la inclusión de los discapacitados?

Se supone que somos un país avanzado, pero la verdad es que no, porque como siempre, depende del nivel económico. La inclusión está muy bien como meta, pero solo es posible si hay recursos y personal capacitado para esa tarea. Si a una profe que lleva 50 años en la docencia le metes su clase a un síndrome de down, un autista y un TDE se vuelve loca. Nadie le ha preparado para eso. Yo sé que en el País Vasco no hay escuelas especiales, todo es inclusión. Eso significa que el gobierno dedica mucho dinero a eso. Aquí no.

¿Es más un problema político que problema de posicionamiento social?

No, es problema global. Hace falta una educación brutal, la educación hace mucho porque hay que hacer talleres, de todo. Debemos educar a padres y niños porque estamos en un país en que la discapacidad se ha tratado como un asunto de caridad pública, de compasión. Yo cambio esa postura: yo siento orgullo de María, no existe compasión.

El juego se ha defendido como un método inclusivo efectivo.

Perfectamente, el juego sirve para todo. Pero hay que tener en cuenta la especificidad de cada grupo. El juego es una forma de aprendizaje buenísimo, un buen ejemplo es el juego simbólico, en el que el niño empatiza con la otra persona. Pero en el mundo del autismo eso no funciona, los autistas solo ven cosas literales, no funcionan por abstracción o imaginación. María por ejemplo, no jugaba con los muñecos. Lo que hacía era ordenarlos, no ponerlos a cenar en una mesa, porque ella necesita orden. Claro, entonces hay que cambiar las reglas del juego si quieres usarlo para la inclusión.

¿Viviste esa particularidad lúdica con María?

Sí, porque las reglas son otras. Con María no puedes jugar a la pelota, o al escondite. Son cosas que quedan arrinconadas, debes buscar alternativas. Mi intercambio de dibujos con María es un juego. Intento convertir cada cosa que hacemos en un juego para que ella incorpore todo eso en su vida.

Has comentado alguna vez que tú no trabajas, que cuando trabajas estás jugando. Cuéntame.

A ver, la gente en la vida normalmente tiene trabajos que no le gustan. La gente, en general, sufre viviendo, sufre trabajando. Yo he tenido la suerte de tener un trabajo que me gusta, y no solo porque me gusta dibujar. Yo me he inventado mi propia realidad, tengo la habilidad de convertir trabajos aburridos en trabajos divertidos. Ahí está el juego, yo intento cambiar, experimentar… Dices: voy a jugar, total me pagan muy poquito por eso. Y luego la narración: cuando narras te estás reinventando constantemente la realidad, estás jugando continuamente con la realidad.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Procrastinación. ¿Sabes lo que es?

 No.

Cojonudo. Es una palabra que existía en inglés, procrastination, que hace poco la han traducido al castellano. Básicamente, procrastinar es marear la perdiz. Cuando tienes que hacer cosas, siempre te inventas lo que sea para retrasar el momento de ponerte a trabajar. Y me parece cojonudo, porque además yo la mayor parte del tiempo me lo paso procrastinando. 

 

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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