Miquel Adam: "Me gusta mucho más hablar de otros libros que del mío"

Hoy no está claro si  Miquel Adam (Barcelona, 1979) juega en casa o no. Ha publicado hace poco su primer libro, una recopilación de relatos titulado Torero d’hivern, y por lo tanto le toca el rol de entrevistado como autor de su obra, pero trabaja como jefe de prensa en Edicions 1984, y tiene plena conciencia de cómo es de importante convertir en buenas respuestas todo lo que se quiere proyectar en una entrevista. Realmente vivimos dos entrevistas a la vez, la convencional y una especie de metaentrevista donde los dos podemos analizar y ver cómo estamos jugando nuestros roles pertinentes. El escenario de la conversación es la terraza interior de la librería Laie, en la que, ¡oh, sorpresa!, Miquel va saludando conocidos que se encuentra por el camino antes de llegar a nuestra mesa, que vendrán a media entrevista a despedirse.  Sabe que las editoriales y los periodistas se tienen que llevar bien por una cuestión de simbiosis, y a veces parece que le baila su rol de escritor y el de prescriptor, palabra con la que define su trabajo.

¿Para alguien que lleva tiempo en el mundo editorial haciendo diferentes trabajos, publicar es un techo o un paso más en un proceso?

Yo empecé en el mundo de la edición porqué hace muchos años que mis amigos son artistas. Josep Pedrals es muy amigo mío desde hace muchos años, y es un artista, de hecho ya lo era antes de publicar, siempre lo ha sido. Tengo muchos amigos con capacidades y ambiciones de ser artistas, y yo siempre he estado un  poco en la periferia. Pensé en qué hacer con mi vida, y pensé que ya que tengo facilidad para hacer amigos artistas, me podía hacer editor, que no es ser artista pero al menos trabajas con ellos y les ayudas.

Y te impregnas de algo.

Exacto, que es muy importante. Y a base de impregnación vi que me gustaba mucho escribir y no se me daba mal. La carrera de editor y la de escritor son dos líneas que poco a poco se han ido acercando.

 

Pero cuando alguien entra en el mundo literario supongo que lo que quiere es publicar, que salga su nombre en la solapa y su foto con la mano en la barbilla, ¿no?

Esto está claro. Yo siempre he sido muy lector, y cuando se me  ocurrió que a lo mejor  podría empezar a editar libros pensé que estaba rindiendo homenaje a los escritores, que son personas que me han aportado mucho y me han hecho muy feliz. Creo que dedicar mi vida y pringar mis ocho horas al día para que los escritores puedan ver publicada  su obra y que se hable de ella es un tributo. Incluso escribir es una manera de rendir homenaje a los escritores que te han precedido o que te han gustado. Publicando un libro mío me veo como un eslabón de una cadena, publicándolo en Edicions 1984 todavía es más fuerte la imagen, porque si los magros beneficios que sacará la editorial pueden hacer que el señor Cots, que es mi jefe, pueda publicar otros autores, yo ya habré cumplido. Formo parte de dos cadenas, una del mundo editorial porqué me gusta que salgan libros y como escritor, porqué si alguien puede publicar más libros gracias a mí, pues mejor.

Has publicado en la misma editorial donde trabajas. ¿Cómo has vivido trabajar en casa y para los de casa?

Si yo hubiera sido socio de Edicions 1984, nunca hubiera publicado.  Me ha costado mucho de pensar, pero ser socio es hacer trampa, porqué en el fondo es autopublicarse. Pero yo sólo soy un empleado, un trabajador de la casa, y mi jefe sólo me tiene que pagar a final de mes, no tenía ninguna obligación de publicarme este libro. Por otro lado formo parte del sector y tengo muchos amiguitos en muchas editoriales, y creo que hubiera sido relativamente sencillo publicar en otro sitio. Siempre hablando en el mundo de las ideas, ¿eh? Por otro lado, como yo he rechazado muchos manuscritos, creo que pago una especie de karma que es justo que pague. La gente puede pensar que me publican porqué trabajo allí y que soy muy malo. Salgo diez sitios atrás en la línea de salida, pero ya me parece bien que la gente levante la ceja.

¿Seguramente  es lo que pensarías tu si lo vieras des de fuera?

¡Seguramente! [ríe] Por otro lado, gente como Joan Sales se ha publicado a sí mismo. No es nada inaudito.

Vamos al libro que has publicado. Explícame la historia, que es buenísima, del título de Torero d’hivern.

Una de las cosas que como editor más me obsesionaba (a veces me vuelvo loco con esta doble figura) es que tenía relatos que me gustaban pero que no tenían unidad. Me bloqueé un  poco y quería encontrar  una excusa para juntarlo, a pesar de que no es necesario que un libro de relatos tenga unidad. Y la inspiración me llegó un día viajando hacia Andalucía aguantando el palique del mi suegro, que para más inri es taxista, y el palique lo tiene largo. Él me explicaba historias de su suegro, del abuelo de mi compañera, que se ve que era muy presumido y muy quisquilloso, y que se arreglaba mucho cuando bajaba a la calle. En la calle los curas le llamaban torero de invierno, y él se llenaba de orgullo pensando que era un elogio y resulta que no, porqué en invierno no hay temporada de toros y entonces no eres mucho más que un pringado. Un tío fuera de sitio que iba muy de chulo pero que se encontraba la plaza vacía. Pensé que un escritor novato no deja de ser un torero de invierno. Primero porqué nadie te espera, y segundo porqué es necesario este punto de vanidad y chulería, de ser torero. Un escritor es un tío muy vanidoso porqué espera que alguien que no le conoce dedique 6, 7, 8 horas o un mes entero a leer sus neuras. No hay nada más vanidoso que esto. Y como escritor, y más en catalán, no puedes esperar la gloria de un torero.

¿Los relatos del libro inspiran esta sensación?

Expresan una sensación de fracaso a medias. Porqué o eres torero o eres invierno. Yo no los veo fracasados, cuando me lo dicen en las entrevistas arqueo la ceja, porqué además hay mucha parte autobiográfica y me están insultando a mi [ríe], pero es normal aspirar a mucho y quedarse a la mitad. Pero la mitad ya está bien, al menos yo lo veo así.

¿Había mucha parte de tu ego en juego en todo este proceso? Tu primer libro, con mucha parte autobiográfica, publicándose en la editorial donde trabajas y teniendo que demostrar que no lo hacen por este motivo... ¿Cómo lo has vivido?

No lo sé. Mira, ayer leí una frase de algún autor que decía que toda autobiografía es ficción y toda ficción es autobiografía. Y es una frase buenísima. Si tú haces una novela de un romano seguro que tendrá parte de ti, aunque en la ficción viviera hace 2.000 años. Como escritor no me importa explicar cosas de mí a través del personaje, porqué es un reflejo de mí, una proyección, pero no soy yo. En el fondo es ficción y los temas son universales.

¿Y el tema del ego? ¿Cómo lo vives?

En el mundo de la edición hay egos muy marcados: el del escritor y el del editor. Yo estos dos egos los intento anular, yo no me considero escritor y no soy editor, porqué sólo trabajo en una editorial. Estoy en contacto permanente con estos egos, pero no los tengo demasiado. Y no lo digo sacando pecho, porque el ego también es necesario, igual que la vanidad, todos los defectos que tenemos están allí para utilizarlos  de alguna manera. Yo hace casi 10 años que escribo, y nunca había sentido la tentación de publicar, a lo mejor en parte me faltaba ego y sabía que había gente a mi alrededor que era más buena y se lo merecía más. Durante mucho tiempo no he tenido la necesidad de publicar, un día lo vi claro y ya está. Creo que tengo antiego, que es una forma de tener ego. Yo he visto egos muy ridículos, y los he sufrido, y creo que es una cosa muy ridícula y que además podría ser material literario.

Siendo la persona que hace de puente entre la editorial y los medios, ¿crees que la prensa tiene mecanismos preestablecidos para hablar de literatura? ¿Siempre se va a buscar lo mismo y los mismos?

Yo, cuando alguna vez he dicho que soy héroe de oficina, pienso que uno de los placeres más grandes de mi trabajo es coger autor poco  reconocido y alabarlo, y conseguir que este tío adquiera un prestigio que no tiene, que gana después de pasar por mis manos. Me emociono rápido con los libros, y gracias a dios en las editoriales donde he estado los autores son muy  buenos, aunque no siempre son conocidos y  reconocidos. Y creo que soy bueno en esto, muchos periodistas dicen que notan mi entusiasmo. Aunque es una palabra que no me gusta demasiado.

¿Por qué?

Porque  no hablamos de entusiasmo, el libro es bueno y ya está. Hay mucha oferta, se publican muchos libros, y yo entiendo que los periodistas van de culo. Y si después gusta a los lectores... Me gusta ser prescriptor de libros, me gusta mucho. De hecho me gusta mucho más hablar de otros libros que del mío.

Como  persona que convive con los medios,  ¿qué críticas les harías a sus secciones culturales?

Yo estoy dentro de este negocio, y tengo muchos amigos periodistas.  Hasta tengo amigos jefes de cultura de los periódicos. Entiendo cómo funcionan estos tíos y no les puedo culpar, no puedo culpar a los periodistas. Yo conozco a los de cultura, y sé que van a tope de trabajo. En determinados casos reciben unas presiones intolerables que yo nunca he ejercido. ¡Pero es parte del business, tío! Si tú como editor sabes que un libro venderá 50.000 copias, yo a lo mejor lo haría. Por lo tanto, los medios, o los que mandan a los de cultura, saben que si tienen que hablar de un libro en concreto, los periodistas pasan por el tubo. ¿Tú has estado en una redacción? ¡Los jefes de cultura tienen paredes de libros! Y cada día reciben 5 o 6 libros que quieren salir en sus páginas. También tengo que decirte que a veces creo que los críticos literarios de este país leen mal los libros. Y no porque sean analfabetos, sino porque no tienen tiempo de respirarlos, un libro aparte de leerlo lo tienes que respirar.

Esto es una utopía porque ningún redactor puede dedicar una semana a hacer la crítica de un único libro.

Mira, yo hace algunos veranos fui a Nueva York e hicimos un intercambio de casas, nosotros fuimos a la de los americanos y ellos vinieron aquí. Ellos eran unos judíos muy ricos de Brooklyn, que tenían una casa brutal y tenían una colección de The New Yorker en el baño, todos los números. Los leí y vi que el New Yorker tenía críticas literarias de ocho páginas. El señor crítico literario tenía meses para leer los libros y escribir la crítica. Que podía ser favorable o no, pero era maravillosa. ¡Ocho páginas! Y hay libros que se merecen ocho páginas de crítica. El New Yorker, en una de estas críticas se cargaba el libro. Pero muy educadamente, argumentando mucho, que incluso interesaba al lector y le instaba a comprarse el libro de manera indirecta. Y esto establece un diálogo intelectual muy bonito que creo que aquí no existe. Y no por culpa de los periodistas... Yo soy empático con ellos. Es que en el fondo todos somos unos pringaos, todos.

¿Todo el mundo está pringando? ¿Nadie saca partido de todo esto? Porque ninguna industria funciona si todos pringan.

La industria cultural está muy pringada, porque nos gusta hacerlo. Escribir, editar, reseñar... Son cosas que nos gustan. ¿Dónde se ha visto que a alguien le guste trabajar? Por eso todo el mundo acepta sueldos miserables. Por eso digo que somos héroes de oficina, porque trabajamos a cambio de muy poco, y porque nos gusta.

Tú estudiaste económicas...

¡Aún peor! Administración y dirección de empresas.

¿Cómo pasas de ADE al mundo editorial?

En el fondo la vida te lleva por donde ella quiere, no por donde quieres tú o tu padre. Yo acabé COU y no tenía vocación de editor, de pequeño nadie quiere ser editor. Mi padre me empujó a hacer ADE aunque yo quería ser periodista, pero no tuve suficientes huevos. Mi padre hace diez años ya se olía que los periodistas serían lumpen proletariado absoluto. [ríe] Yo estudiaba ADE, estalló el tema antiglobalización, que tenía mucha parte económica, y tenía muchas cosas que decir. Y fue una carambola curiosa, me apunté a una asociación antiglobalización y allí conocí a Anna Monjo, que era editora de Icaria. Hice prácticas allí, me moló el tema del libro porque era lo más anticapitalista del mundo. Y a partir de ahí empezó todo y entré en la rueda. La vida te lleva por donde quiere, ya puedes estudiar bioquímica que acabarás haciendo libros si es lo que te gusta. Y no reniego de haber estudiado económicas, porque el mundo de la edición necesita pragmatismo económico muy a menudo. Yo en broma siempre digo que hay demasiados filólogos a las editoriales.

Te quería hablar del tema ludolingüístico. Tú que vives de las letras, ¿has entrado en contacto con todo lo que es relativo a jugar con las palabras?

Hay autores que juegan mucho con el significado de las palabras. Yo personalmente no. Pero vaya, la poesía es un mundo donde se juega muchísimo con las palabras. Siempre he estado muy en contacto con la poesía aunque no sea un gran lector. En mi libro he intentado introducir cierto ritmo que he aprendido a los recitales de poesía, y me gusta pensar que esto es a mi manera de escribir. Saunders y Platonov, por ejemplo, juegan con el lenguaje de una manera espectacular. Platonov tiene un libro espectacular que se llama La Rasa, y utiliza terminología de la teoría marxista, aplicado a todo. Juega muy bien con las palabras, y si encima eres economista es alucinante porque te das cuenta que el tío utiliza todos los conceptos marxistas para explicar la vida cotidiana. Este tío lo que quería decir es que vivía en un entorno fanatizado, y con este truco ya construye una atmósfera. A partir de un mundo nuevo, crea un lenguaje nuevo. De manera indirecta sí he consumido juego de palabras, y esto permite profundizar más en cualquier obra.

Por último, te pido que escojas una palabra.

Estupefacción. Yo no dejo de estar estupefacto ante la vida, me gusta escribir sobre gente estupefacta. Y si juegas con la palabra sale una suma de estupidez y acción, de la idea de que todo es estúpido pero que no puedes dejar de vivir e interactuar con esta estupidez. Esto no hace que el mundo sea menos estúpido pero te lo pasas mejor. Me parece una buena manera de ver la vida, verla con estupefacción.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Albert Gomis

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