Núria Cadenes: "No pongo matrículas a las palabras"

Nos encontramos a Núria Cadenes (Barcelona, 1970) detrás del mostrador de la librería Tres i Quatre, en el casco antiguo de Valencia. Fundadora de Maulets i actual secretaria general de Solidaritat Catalana per la Independència, pasó cuatro años en distintas cárceles del estado acusada de un delito de estragos en grado de tentativa y pertenencia a banda armada, concretamente a Terra Lliure. Tras una etapa periodística en la revista El Temps, ahora está inmersa en la literatura, como escritora y como librera. Habla con ojos brillantes de su vida entre libros y de su estancia en la prisión. La conversación se irá interrumpiendo cada vez que entre un cliente en la librería que requiera su atención. La profesión la ejercen profesionales.

¿Qué te motivó a hacerte responsable de esta librería?

La verdad es que no sabría decírtelo exactamente. Es la oportunidad de mi vida, de alguna forma. Recordar que lo que te gusta son los libros, y entonces surgió la posibilidad. Y sí que fue dicho y hecho. Nos lanzamos a la piscina sin flotador, y contra la opinión de amigos y conocidos. Yo antes trabajaba en el semanario El Temps, y no es que el oficio de periodista tenga nada garantizado, pero al menos ahí tenía un sueldo, vacaciones pagadas… Y ahora, pues no. Duermo menos horas, trabajo muchas más, pero soy más feliz.

Has dicho que recordaste que lo que te gusta son los libros. ¿Lo habías olvidado?

No, pero a veces la vida te lleva por otros lados. Yo haciendo de periodista en El Temps lo pasaba muy bien, y tuve la oportunidad de conocer a gente preciosa que en otros sitios no habría conocido. Uno de los primeros, Tísner. Son cosas que la vida te ofrece y las coges. Entonces surgió la posibilidad de la librería, empecé a pensar, y entonces… Ésta ha sido una librería de referencia en el País Valenciano, y para mí es un gozo poder trabajar en ella. Escribir artículos está muy bien, pero a mí lo que realmente me define son los libros. A mí, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, a parte de decir que quería dominar el mundo, siempre decía que campesina y escritora. Escritora es lo que soy. Y campesina… más adelante aún estoy a tiempo. El resto son trabajos para ganarme la vida. Me gustan los libros, físicamente. Me gusta su tacto, su olor, ¡los libros aún huelen! Tengo libros aquí y en casa, es el espacio ideal, el más relajante de todos.

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Fuiste del periodismo a la literatura. ¿Cómo definirías ese proceso?

Yo no lo vería así, antes siempre hay la literatura, siempre. En mi caso es la raíz, la esencia. El periodismo siempre ha sido para mí una rama de la literatura. Yo conozco periodistas de raza, y tienen esa ansia por la noticia que yo no tengo. Yo no la tenía, quería escribir historias, a mí me gustaba escribir. Es algo que yo veía desde fuera, que era una gozada conocerlos y analizarlos en perspectiva. Me encanta buscar historias, inventar palabras. Yo me relaciono mucho con los correctores e intento que me dejen pasar palabras. Una de las que me han pasado es meliquisme [equivalente a ombliguismo]

¿Como idea de mirarse el ombligo?

Sí. Y la usé unas cuantas veces. Ombliguismo, ombliguista… Eso muy periodístico no es, no es una búsqueda de palabras sencillas y claras. Jordi Sebastià, que trabajó en El Temps, siempre comentaba que sabía cuándo un artículo era mío porque la primera frase era muy larga y había muchas subordinadas.

¿Siempre has jugado con las palabras?

Siempre. A mí las palabras me gustan por ellas mismas. Cuando leo un libro, siempre lo subrayo. Más de una vez he subrayado libros que me han dejado, y he tenido que comprar otro. No lo puedo evitar. Y entonces me hago pequeñas fichas con citaciones y palabras, o situaciones. Y lo tengo todo guardado, y a veces son ellas las que te generan el capítulo de un libro o un cuento. En el recopilatorio de cuentos, la palabra alifacs fue decisiva, la encontré no sé dónde y la usé, porque me encantaba. Alifacs es para mucha gente una palabra muerta, de libro, diccionario o ficha. Pero un día hablando con Susanna Alacreu, que es de La Punta, cerca de Valencia y trabaja en El Temps,me decía: ¡si alifacs lo ha dicho mi madre toda su vida! Todo depende de la perspectiva des de que se miren las cosas. Pero vaya, hablamos de miles de palabras archivadas, vivimos con ellas. Como tengo mala memoria, si no lo escribo y lo clasifico se me pierden, y me da rabia. Cuando me cuentan un chiste y se me olvida, pues mira, me da igual, pero las palabras quiero saberlas.

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Tú última novela, El Banquer, empieza en base a un reportaje de El Temps. Para nutrir tus historias, ¿ellas te buscan o tú vas a buscarlas?

Vaya, eso no… Mira, es posible. No lo había pensado nunca. Es posible… ¡Qué bonito! Pues yo diría que sí. Sí. Yo me veo inmersa en cosas muy extrañas. El caso de El Banquer era muy claro, pero muchas veces haces asociaciones de ideas o relaciones que no son para nada claras. Muchas veces te viene un tema, empiezas a tirar de un hilo y acabas en un sitio muy distinto al del principio. Yo siempre digo que es peligroso vivir al lado de alguien que escribe. Muchas veces te puedes encontrar en poemas, cuentos… Yo he tenido algún pequeño problema con mi padre, él se vio retratado en un cuento, y decía: ¡yo no soy así! Y había detalles que sí que estaban basados en él, era evidente, pero después el personaje no tenía nada que ver con él.

¿Siempre hay que poner un límite entre realidad y ficción?

Sí, pero a veces no sabes dónde está la barrera. Crees que te lo estás inventando y en realidad son cosas que has vivido o leído. Y al revés: a veces vives tanto la novela o el cuento que te da la sensación de que viven contigo. Y de verdad pasa, a veces das con ellos por la calle. Es algo muy obsesivo, más que cuando lees. Piensas continuamente en el personaje, la frase, es como ir acompañada por la calle. Yo soy lenta, para una novela me puedo estar cuatro o cinco años, y cuando estás en ese proceso te ves totalmente sumergida. Leyendo obsesivamente sobre un tema, pensando continuamente en él.

Los que escribís en catalán, o valenciano, ¿os sentís arrinconados aún?

¡En catalán! No pasa nada. El valenciano es una variante del catalán y yo no sé ni si la uso o no. Soy de Barcelona, vivo en Valencia, no sé en qué variante escribo, yo no pongo matrículas a las palabras. Y no, no nos sentimos arrinconados, en absoluto. Una literatura que tiene a Ausiàs March, Llull o Rodoreda. Es una bestialidad, siempre hemos tenido las instituciones en contra (sobretodo los últimos 350 años) y miramos de tú a tú a las literaturas europeas potentes. Sí que te intentan silenciar, pero del pecado llevarán la penitencia. Y no tenemos que hacer lloriqueo, al revés. Para prestigiar la literatura debemos decir: eh, ¿qué pasa? Jaume Cabré, ¡pum! Va a cualquier sitio de Europa y lo leen. Ese es el camino.

[Núria se para y se levanta para atender a un cliente que acaba de entrar en la librería. La situación se va a repetir un par de veces más, cuando llegue un distribuidor con libros y algún otro cliente. El repertorio de la librería está escogido por ella misma. El catálogo es extenso y variado, des de actualidad hasta clásicos, biografías, ensayo. Los Best-Sellers están en un pasillo arrinconados.]

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Ahora quería pasar de la literatura a los juegos, y juntarlo con tu estancia en la cárcel. ¿Se juega entre rejas?

¡Sí, claro que sí! La vida vive. Aunque te encierren en la prisión no te pasas el día recordando que hay barrotes. Jugábamos a todo, a las damas, al parchís. Les hacía mucha gracia que los catalanes matáramos en vez de comer, en el parchís. Decían: ¡qué violentos sois los catalanes! Jugábamos a cartas, a vóley, lo que fuera para sacar pulsiones. La realidad no se para, ellos quieren hacerte un paréntesis, pero no se detiene jamás.

¿Qué recuerdo te queda de aquellos años en prisión?

Muy ambivalente. No pienso demasiado en ello. Pero hay la parte oscura, los cerrojos, los ruidos que hacían. La sensación de estar lejos. A mí me gusta viajar, pero estar lejos a la fuerza es complicado. Y algo parecido a una tristeza oscura. Pero hay otras sensaciones que me acompañan más, como la compañía. Parece extraño, pero nunca me sentí sola. Primero los amigos y la familia, que siempre estuvieron ahí y me acompañaron de forma incondicional. Y luego hubo una campaña de solidaridad muy fuerte. Muy extensa, con muchos colores, diversa. Muy bonita. Y aún hoy en día me viene gente que me dice: hice una pintada, pegué un cartel, escribí una carta. Y muchas cosas que yo nunca voy a saber que se hicieron. Hoy aún me dicen que soy optimista, pero yo creo que las personas, pequeñas como somos, podemos ser diez, cien, mil o un millón y medio, como en el último once de septiembre. Y eso cambia muchas cosas, a mí me las cambió. Esto de juntar cosas que parecen intrascendentes, como enviar postales, puede cambiar las cosas. Yo no declaré jamás, no me escucharon hasta el día del juicio, y la gente hizo postales y las envió a la Audiencia Nacional.

¿Qué decían?

Tú te imaginas rejas, cosas serias. Pues no, era una chiquilla que caminaba con una bufanda que volaba al viento. Hay que hacer cosas que no tengan nada que ver con lo que esperan de nosotros. Por eso despistamos tanto a España, hacemos cosas como darnos las manos, que son bonitas y que ellos ven como extrañas. Ellos me sacaron de allí. Recibí miles de cartas cuando estaba en la prisión, de gente muy distinta a mí. Había puntos de coincidencia esenciales, como la libertad o la democracia. Para mí fue un cambio muy radical, ves que somos capaces de hacer muchos otros, yo creo que eso, y no me lo pongas de titular por favor, tenemos que agradecérselo a España. Esa constatación de que las cosas se transforman. Otra cosa que me pasa de vez en cuando, y eso va a sonar hippy, es sentir la alegría de estar dentro. De ver que llega el febrero y florecen los almendros. Hay una sensación que recuerdo de cuando salí. Allí tienes la visión muy limitada, en Zaragoza no veía nada, sólo barrotes y rejas, no había distancias. Cuando salí y fui a la Cerdanya a casa mis abuelos, sentía que la realidad no me cabía en los ojos. A veces aún tengo esa sensación.

El hecho de que tus convicciones ideológicas te llevaran a…

[Corta en seco]. No me llevaron mis convicciones ideológicas, me llevaron ellos. A veces parece que si piensas según qué cosas puedes acabar mal. No, las convicciones te dan fuerza para vivir y las rectificas cuando haga falta, no pasa nada. Convicciones las mínimas, las básicas y del resto ya hablaremos. Me llevó a la prisión la negación de ideas distintas, me llevaron ellos. ¡Y lo tengo clarísimo! Y cuando digo ellos digo el estado, no personas concretas.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Nyàs. No sé si vale como palabra. Lo dicen aquí en una parte del País Valenciano, más hacia el sur. Yo soy muy sureña, y a veces en el norte olvidáis demasiado que la lengua continúa, y que en el sur la lengua es espléndida. La situación es dura y difícil, pero no hay que hablar siempre de persecuciones, podemos hablar de la sonoridad del catalán de la Marina, o de Elx. Es un catalán que sorprende, que no es fácil de clasificar, hay que abrir las orejas y admirar la variedad de nuestra lengua. Nyàs significa toma, coge. Y ver a un pequeño que decía eso a su madre, con aquella vocecita… Me vinieron ganas de abrazarlo. Es una palabra que me gusta mucho, pero quizá otro día te hubiera dicho otra.

 

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Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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