Paco Mir: "Nosotros vamos muy directamente a la tontería humana"

Paco Mir (Barcelona, 1957) vive en su propio mundo. Ha vivido un éxito continuado siendo una de las tres patas de El Tricicle durante las últimas tres décadas, década que el grupo ha decidido homenajear con un libro que actúa a modo de enciclopedia con el toque de humor inconfundible que les ha hecho llenar teatros en todo el mundo. Paco nos recibe en el despacho del grupo en el centro de Barcelona, y sin despegar el teléfono de la oreja nos indica al fotógrafo y al entrevistador donde debemos sentarnos para iniciar la conversación. Pese a estar acostumbrado a responder entrevistas no parece estar a gusto, como si le incomodara la situación o la presencia de unos estraños en el despacho fuera un estorbo. Responde con susurros y hablando rápido, pero una vez transcritas sus palabras destilan la esencia Tricicle y la de su personalidad particular, que a pesar de parecer complicada a primera vista termina derivando en una conversación agradable. El día en que se hizo la entrevista también se publicó su libro Ya me quejo yo por ti.

Después de toda una vida dedicada al mundo del mimo, ¿cómo es el proceso de poner palabras a toda una trayectoria?

Es un error. Yo, antes de ser mimo, era escritor. Yo empecé siendo autor de cómics, estaba haciendo artículos en revistas de humor… Haciendo novela gráfica o guiones. Siempre he escrito, lo que pasa es que cuando tienes un trabajo muy exitoso o aparente parece que no puedas hacer nada más. La gente dice: ¿ahora este dibuja? Pues sí, ya dibujaba antes de ser mimo.

¿Te molesta que tu trayectoria con El Tricicle eclipse todo lo demás?

Es así, es una putada pero es lo que hay. El de El Último de la Fila también pinta, y nadie se lo toma en serio. Todo el mundo le toma por un amateur, y puede que su pintura sea tan buena como su música, pero siempre habrá un decalaje entre el trabajo que te ha hecho conocido y el que más te gusta. Igual te conocen por tu música pero a ti lo que más te gusta es pintar.

¿Es tu caso?

A mí lo que más me gusta es escribir. Escribir o el proceso de creación y concepción de un espectáculo. Después está la interpretación, que es un proceso más artesanal. A ver, no me lo paso mal interpretando, pero me gusta más el momento de crear.

¿Qué lectura haces de esos 35 años con El Tricicle que han quedado plasmados en el libro?

De eso ya hace 10 años. El 2004 tuve la idea, con la nueva web, de hacer una enciclopedia de El Tricicle, y empecé a poner texto cuando me salía de las narices. Cada entrada intenta ser divertida y provocar una sonrisa de forma sarcástica o irónica, y en 10 años todo el libro ya había salido antes en la web. Después, una vez nos dieron la oportunidad de editar el libro, hemos añadido cosas que no había, cosas muy técnicas, transcripciones de espectáculos, datos formales como las fechas… Y discutir entre todos cómo ha ido el tema.

¿Hay versiones diferentes de cada uno?

A veces sí. Hay imprecisiones, está claro, la idea no era hacer una enciclopedia real, era hacer algo relacionado con los recuerdos y no con las fechas históricas.

En un momento como el actual, en el que todas las expresiones culturales parece que deban transmitir un mensaje, ¿cuál es el mensaje de El Tricicle?

Hay una frase de Hollywood para la gente que hacía cine comercial, de evasión, que es que cuando la gente les decía que su obra no tenía mensaje decían que ya les mandarían un telegrama. Pues ahora igual, pero con el guasap [WhatsApp]. Nosotros somos del entretenimiento. Shakespeare, en su momento, era entretenimiento. A cualquier cosa le puedes extraer un mensaje, pero en el mundo del espectáculo todo es entretenimiento. Mozart es entretenimiento, la pintura es entretenimiento… Que después le quieras buscar un mensaje es una segunda lectura que a veces tiene fortuna y a veces no. Quizá es pretencioso intentar enviar un mensaje que ni tú mismo sabes cuál es.

¿Vosotros tenéis ese dilema?

No. Nosotros queremos hacer reír, y después de todo siempre podemos encontrar el mensaje. ¿Cuál es el mensaje? Que los idiotas son muy idiotas y que es mejor no ser idiota. Es mejor ser normal que ser idiota, siempre nos reímos de los comportamientos ridículos, y ese el mensaje: no seas ridículo, compórtate. Pero si fuéramos correctos tampoco habría humor ni habría nada.

¿Si ahora tuvierais 20 años y estuvierais empezando qué proceso crees que haríais?

Si ahora tuviésemos 20 años… Todo lo que está haciendo ahora la gente joven creo que tiene poco mensaje. Hay más entretenimiento. Jordi Galceran es entretenimiento puro, después con El Método Grönholm puedes pararte a pensar en las multinacionales y cosas así, pero… No lo sé, Jordi Casanovas también hace entretenimiento, y la música… ¡No hay canción protesta! Hay ironías y tonterías, pero yo creo que la gente está por la industria del entretenimiento igual estoy equivocado eh, pero yo tengo esa sensación.

Las funciones de El Tricicle son una mezcla de juego y creación del propio lenguaje. ¿Cuál es la importancia del juego en todo el proceso de creación?

El juego tiene una importancia absoluta. En el libro siempre lo decimos: en inglés y francés coinciden las palabras jugar y actuar: to play y jouer. Siempre decimos que nuestro planteamiento para crear un gag es el juego: unos que se encuentran y se plantean que son algo determinado sin pararse a pensar si es posible o no. La historia no es planteárselo y entrar directamente en el juego. Lo que queremos es que el público sea nuestro compañero de juegos. Claro, si el público cree que una tapa de váter jamás será el Dragon Khan y que somos unos idiotas, el juego no funciona. El espectador también debe jugar.

¿Hay mecanismos para meter al público dentro del juego?

Hay tres formas: la primera es la risa. Tú haces un sketch en el cual no es necesario mirar al público y estiras la risa. Si el público se ríe, dilatas el tiempo. Si no, vas más de prisa. Y es un toma y daca. La segunda es el recurso típico y tópico de un comediante, que es mirar el público para rematar una acción. Para rematar algo que te ha dicho otro miras al público para buscar complicidad, demostrando que tú y el público pensáis lo mismo. La tercera ya es cuando bajas a platea e interactúas con el público de la forma más pura.

Decías que las ganas de jugar son el punto de partida para crear. ¿Esas ganas se mantienen intactas con el paso del tiempo?

Bueno, es como todo. Es como los perros, que cuando se hacen mayores ya no vienen corriendo a buscarte cuando llegas a casa. La idea es no perder nunca la ilusión de hacer las cosas, pero es complicado porque todo el mundo se hace mayor y todos sabemos más cosas, todo el mundo opina de forma distinta y debemos encontrar puntos en común para que todos estemos cómodos para trabajar. También antes era complicado, ¡eh! Pero ahora lo es más porque tenemos el riesgo de hacer el ridículo, quedar mal, no estar a la altura…

¿Antes no teníais esa presión porque nadie esperaba nada de vosotros?

La presión empezó con Èxit, el segundo espectáculo. La gente dijo: “ya verás, ahora estos se meterán una…” Claro, ahora siempre hay que estar a la altura de lo que has hecho antes.

Algunas veces has dicho que no ríes porque siempre estás pendiente de la mecánica del humor. ¿Eso te impide disfrutar del humor en su inmensidad?

Un poco sí. Sólo me río a carcajada con Pepín Tre, me hace desternillar de risa. Yo entro en sus historias como un niño. También creo que la gente mayor no se ríe tanto como la gente normal porque ya han visto muchas cosas en el teatro y la televisión. Muchas veces, cuando veo Blogspots o Youtubes de esos tíos que están de moda… Yo con 50 y pico años pienso que es una tontería, que este tío está haciendo el ridículo. ¿Qué se piensa que está haciendo? Yo eso lo he visto toda la vida y él cree que es super moderno porque lo hace en un blog. Lo puede hacer bien, pero lo más complicado es sorprender, todos los gags están hechos ya.

¿No tenéis ningún referente más joven que vosotros? ¿Nada que creáis que merezca la pena?

De referentes jóvenes… Sí que vemos cosas por el Youtube que nos gustaría hacer y que no tenemos el cuerpo para hacerlas. Pero no, sinceramente, hay cosas puntuales pero no mucho más. Sobre todo son cosas que se acercan al circo, más espectaculares que mímicas.

¿El humor no tiene margen de innovación? ¿Ya está todo hecho?

Los recursos ya están todos utilizados, todos. Pero están utilizados y olvidados, así que cuando vuelven a salir son nuevos otra vez. Pero hay temas nuevos, temas que antes eran tabú y que ahora ya pueden tocarse: el aborto, temas de humor negro… O la Familia Real, que antes en España no podía decirse nada y ahora se ha abierto la veda. Por lo tanto, se abren nuevos temas y nuevos horizontes. Con los móviles también hay temas nuevos. El humor es muy local. Si tú haces un chiste sobre castellers y barretines en Ávila, nadie se va a reír. En Ávila quizá tengan chistes sobre butifarras. Sí que hay algunos temas globales, chistes sobre el hombre, sobre la mujer… ¡Sobre Obama! Igual lo que une a un gallego, un catalán y un andaluz es que entienden un chiste sobre Obama. En cambio, algo local de cada sitio no podemos hacerlo.

Dices que el humor es algo local, pero vosotros utilizáis un lenguaje que ha sido casi universal, que ha funcionado en muchos sitios distintos.

Sí, pero también porque vamos muy directamente a la tontería humana. El hombre demostrando su estupidez ante el resto o ante cualquier conflicto cotidiano.

Me gustaría hablar de tu libro, Ya me quejo yo por ti.  ¿Cómo tuviste la idea de hacerlo y que tipo de libro es?

El libro tiene mucha historia, la primera idea la tuve el 1991. Carles es un tío que siempre se deprime por todo, y empecé a hacer una lista de cosas que a un tío le deprimían. Por eso el subtítulo es “Diario de un multideprimido en serie”. Decidí hacerlo en formato diario. El tío no escribe nada en el diario hasta 33 años después de que se lo regalaran. Como dibujo, el libro está ilustrado e intenta ser divertido.

Con el éxito saboreado de sobras, ¿tienes ganas de dedicarte a proyectos como ese?

Es muy complicado escribir. He escrito teatro y he hecho muchas adaptaciones, siempre he estado dentro de la creatividad. Pero la palabra “novela” o “libro” da respeto. El teatro lo tengo por la mano, estoy acostumbrado, también había hecho gags para televisión en Dinaminta, pero el mundo de la novela tiene otras reglas: descripciones, idas y venidas, puedes recuperar cosas…

¿Qué proyección de futuro haces? ¿Tricicle, proyectos alternativos..?

En cinco años aún estaremos con El Tricicle, porque hacemos un espectáculo de resumen de los 40 años. Y bajo ese paragua seguiré con mi actividad parateatral de escritura, dirección y adaptación. No creo que cambie demasiado, igual entro en el mundo operístico, que aún no he tocado. Quizá puedo entrar, es un mundo fascinante pero muy complicado. Siempre detrás del escenario, eh. Como cantante me faltarían cuerdas vocales.

¿Cuando el juego se convierte en una herramienta de trabajo deja de ser ocio o entretenimiento?

Yo nunca he sido de juegos de mesa. Me pilló la época Apalabrados, pero poco más. Mi juego es escribir y romperme la cabeza resolviendo problemas que yo mismo me impongo. Estructuras de dramaturgia. Cuando el invierno pasado estaba escribiendo el diario que se publica hoy, tenía esparcidas todas las páginas por el suelo, como son entradas diarias tenía que hacer los ciclos que había: tiempo que está con la novia, cuándo aparece, cuándo sale… Había distintas cosas que necesitaba ver visualmente. Es un puzzle, no deja de ser un juego para mí. El juego forma parte de mi escritura, de complicarme la vida. Igual que con Dinamita, que era un programa de sketches que no eran uno detrás de otro, sino que tenía una dificultad añadida, como por ejemplo un programa en el que siempre hablaban por teléfono.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Me gusta maquineta [herramienta para sacar punta al lápiz]. Me hace gracia. Y la maquineta saca punta a las cosas.

 

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Albert Gomis

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