Pau Vidal: "Los que hacemos crucigramas somos pocos y raros"

Pau Vidal (Barcelona, 1972) llega al bar de los cines La Calàndria de El Masnou con una cesta de mimbre llena de productos que acaba de comprar en el mercado. Lingüista y filólogo, es el encargado de crear los crucigramas en catalán de El País desde hace 21 años. También narra las aventuras del detective Miquel Camiller, protagonista de sus novelas policíacas, y ha realizado un recuento de interferencias del castellano sobre el catalán (básicamente barbarismos y castellanadas) en su diccionario Catanyol. La italiana es su literatura de cabecera, y ha traducido del idioma transalpino autores como Roberto Saviano (Gomorra) o Andrea Camilleri. Su crítica al bilingüismo y su escepticismo sobre el juego y la pedagogía centran la conversación, que una vez apagada la grabadora se centrará en el rótulo de 'prohibido jugar al billar a los menores de 16 años' que está colgando en la pared.

Quiero que sepas que cuando he visto todos los estudios que has hecho en Catanyol me he cagado, porque me parece que se me van a escapar unas cuantas castellanadas… Si quieres me las puedes ir corrigiendo y hacemos un recuento final.

Hombre, es complicado. A ver, así me sabe un poco mal y es poco operativo. Si quieres te las señalo sobre el papel, por escrito, cuando lo tengas preparado para publicar, porque ahora hablando…

¿Qué te impulsó a hacer la recolecta de Catanyol?

De hecho fue reciclaje, como yo tengo esa enfermedad ya hacía tiempo que recogía cosas. El Catanyol era parte de un panfleto que llevo años escribiendo, que me va creciendo y que nunca termino. Lo que la mayoría considera errores normalmente no lo son, hay una idea equivocada sobre qué es la lengua correcta y qué es la lengua genuina. Es un tema difícil de contar, es complejo y requiere atención. Yo en el prólogo de Catanyol lo intento contar. La gente se piensa que hablar catalán de forma correcta es decir palabras complicadas como las de los políticos, y es todo lo contrario.

Has dicho unas cuantas veces que el nervio de una lengua es el lenguaje coloquial, pero a la vez también has dicho que el habla de la calle está contaminado. ¿Me lo puedes explicar bien?

¿Sabes qué pasa? En la cuestión de la lengua, como es un tema que a la inmensa mayoría de la gente no le interesa en profundidad, nos limitamos a repetir lugares comunes al hablar. Entonces, la gente no se cuestiona determinadas cosas y las repite porque se piensa que es verdad. Una de las cosas que tenemos muy introducidas es que el bilingüismo es una cosa normal, porque aquí, por cuestiones políticas, ha interesado que la gente no se rebelara y aceptase esta cosa contra natura que es el bilingüismo. La inmensa cantidad de ciudadanos del mundo es monolingüe. La gente acaba aceptando que la lengua de la calle debe estar contaminada porque es la lengua de la calle. Y esto es una tontería, porque mi padre y su generación crecieron en la calle y tienen una lengua purísima. A ellos les han estropeado la lengua los medios de comunicación. El holandés de la calle no está contaminado, y el holandés del telediario y el de la calle simplemente son distintos. La lengua se hace en la calle, pero dentro del propio código.

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Me gustaría saber hasta qué punto es importante el academicismo y hasta qué punto la calle marca la pauta cuando se decide qué es correcto y qué no.

Tenemos un problema de sobrevaloración de la calle. Ya tienes el titular: ¡La calle está sobrevalorada! [ríe]. El academicismo tiene mala fama porque aquí somos muy progres y muy ácratas, pero si no hubiera autoridad… Hay un concepto que es válido para toda la lingüística del mundo, que es la evolución natural de la lengua, que aquí se rompió con un elemento de innaturalidad: el hecho de introducir otra lengua en presunta igualdad de condiciones. Resumiendo: dar tanta preeminencia a aquello que nombramos lengua de la calle es como decir en una clase que el alumno debe enseñar al profesor. A ver, cuando se te estropea el coche, ¿qué haces?

Ir al mecánico.

Exactamente. Si en vez de ir al mecánico le dejas al coche a un primo mío que tiene un cuñado que un día arregló tal… Eso es fiarse de la lengua de la calle. Con el viaje de péndulo que hicimos durante la transición política pasamos a un extremo de progresismo. Y una de las cosas que exageramos es que la lengua es cosa de todos. A ver, sí que es cosa de todos, igual que los coches, porque todo el mundo se puede comprar uno, pero los arreglan los mecánicos. Así que sobre las lenguas deben filosofar los mecánicos de las lenguas, no un tontaina que pasa por la calle y no tiene ni idea.

Pasamos a las novelas. Hay un recorrido Camiller-Camilleri-Montalbano-Montalbán. ¿Me lo puedes contar un poco?

Es como una partida de ping-pong. Todo empieza con el homenaje de Camilleri a Manuel Vázquez Montalbán poniéndole Montalbano a su personaje. Yo homenajeo a Camilleri, le pago todo lo que le debo, bautizando como Camiller a mi personaje. Y un día me di un susto porque descubrí que camiller, que en catalán es un barbarismo, sale en el diccionario. Cuando vi que el hombre que me había sostenido literariamente durante tantos años tenía una versión en catalán correcta pensé que era una señal del destino. Ya tengo la tercera aventura de Camiller en la cabeza, ¡pero es que no me dejan respirar! Todo el mundo me hace trabajar y yo no he nacido para trabajar.

Vamos a los crucigramas. Ya llevas 21 años, des de 1992, creando los de El País cada día. ¿Qué te aporta este ejercicio mental?

Esta es la respuesta larga, ¡eh! De entrada algo muy curioso: el hecho de que a pesar de ser autónomo y vivir en una inseguridad perpetua, sentir dentro de mí algo fucionarial, de cosa segura que en principio no tiene por qué terminarse. En ese sentido es un poco ambivalente: me puedo hacer el chulo diciendo que soy autónomo y a la vez tengo cierto apalancamiento que ya me va bien, porque es mi parte conservadora. Me han aportado el privilegio de una rareza, los que hacemos crucigramas somos muy pocos y raros, y a mí eso me da vidilla, me gusta ser estrambótico y ver que el extraño soy yo, y que tengo una visión peculiar del mundo. La persona de la que heredé los crucigramas, Jordi Badia, sufría mucho, no disfrutaba nada haciendo crucigramas. Y cuando me lo pasó dije: ¡éste es el trabajo de mi vida! Y en aquél momento pensé: ¿cuál de los dos es el raro? En aquél momento pensé que era él, con el tiempo he entendido que el extraño era yo.

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¿Para un filólogo es positiva esta picada de piedra y ese ejercicio mental diario?

Eso no lo hace mi parte filóloga. Los filólogos son un gremio con mucha menos fantasía de la que puede parecer que tenga un tío que haga crucigramas. Es un oficio en el cual no prevalece la la fantasía. De las mil ramas en las que se divide la filología, que eso el pueblo no lo sabe y se cree que todos somos iguales, la única que permite cierto grado de fantasía es la etimología. La etimología es el estudio de saber de dónde vienen las palabras, y muy a menudo no hay documentación suficiente, es necesario tener olfato para reconstruir los escalones que faltan. Los filólogos además, pobres, son gente que tiende a la seriedad.

Si los crucigramas no los hace tu parte de filólogo, ¿qué parte las hace?

¡La parte de juguetón! Cuando hago crucigramas no tengo la sensación de jugar con las palabras, sino de jugar con los clientes, los solucionadores. De hecho me consta que ellos también juegan conmigo. Yo a las palabras les hago de todo: las tergiverso, las manipulo, las torturo (a veces ellas me torturan a mí) pero hay algo de competitividad. Si yo no supiera que hay alguien que se está rompiendo los cuernos y pensará ‘¡qué hijo de puta!’ seguramente no lo haría.

Antes de encender la grabadora, mientras hablábamos, has dicho que todo el mundo se muestra tal y como es cuando juega. ¿Cómo te muestras tú?

Eso tendrían que decirlo los otros… Pero como soy un poco exhibicionista, cuando juego al Scrabble (por ejemplo) soy un mal compañero y un mal rival, exteriorizo mucho, me levanto, pico a los otros. Hay jugadores que se aíslan, juegan solos, en cambio yo les mareo a todos, soy molesto. La competitividad va más allá del puro tablero, también implica marear a los demás.

Has presentado concursos de televisión sobre el juego en BTV. ¿Qué tal la experiencia?

¡Por desgracia no los presenté! En uno hacía de juez, la presentadora era Elisenda Roca y yo era el árbitro. Y en el otro ni eso, ¡ni salía! Y me sabe mal, porque a mí me hubiera gustado mucho presentarlo. Si pudiera presentar El Gran Dictat [concurso acerca de las palabras en TV3] sería el trabajo de mi vida…. Me recuerda un poco a la entrevista que le hiciste a Òscar Andreu: a mí también me da pereza la reunión social, en una mesa no acostumbro a ser el que cuenta los chistes, pero si me plantas una alcachofa delante me sale esa parte de vedette.

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¿Crees en el Joc de Paraules y esos concursos como herramienta pedagógica para transmitir la lengua?

No. Rotundamente no. No funciona. No creo que haya demasiados catalanes que hayan aprendido alguna cosa de provecho con El Gran Dictat o cualquier otro concurso. Como lo que hacen en la transmisión de Puyal, en Catalunya Ràdio, que sale aquel chaval (que por cierto habla fatal) a hacer la sección de cómo decir palabras. Esto no sirve para nada, es una pérdida de tiempo y de dinero, y sólo sirve para crearle mala conciencia al que habla. Son pegotes, tiritas, o ni eso. Lo único que funcionaría es un cambio de modelo.

¿De modelo educativo?

No, de todos los modelos de influencia social. En cuestiones de lengua, el aprendizaje es inconsciente. Tú aprendes a hablar cuando el modelo que imitas es bueno, no estudianto. Pero los modelos se imitan inconscientemente. La gente pasota dice: ‘¿yo hablo como me da la gana!’. ¡Eso no es verdad! Nadie habla como le da la gana, cuando tú emites una forma verbal aquello lo has aprendido en algún lado, hasta cuando dices la cosa más fea en el registro más informal. El aprendizaje de la lengua siempre es inconsciente, y por lo tanto todo aquello que apela a un mecanismo consciente no funciona.

Entonces, si tenemos unos medios de comunicación de los que no nos podemos fiar y un aprendizaje directo que no sirve, ¿qué nos queda? ¿Leer y coger buenos referentes? ¿O no hay solución?

Hay una solución: que el modelo sea único. Monolingüe. El bilingüismo es malo porque, dicho brutalmente, siempre hay una lengua que pierde, en este caso el catalán. La única forma de recuperar una lengua genuina que evolucione según su propia naturaleza es tener una sola fuente, como en todos los países del mundo. La gente dice: ‘oh, bilingüismo, este tío es un racista’. En Moscú la gente habla ruso, del siglo XXI, sin estar contaminado por ningún otro idioma.

Pero ser bilingüe es una gran ventaja, saber hablar castellano, dominar dos lenguas, poder moverse con facilidad por lugares como Sudamérica.

Mira, América del Sur está llena de italianos merodeando arriba y abajo y ninguno de ellos aprendió castellano en la escuela. Te lo puedo presentar como una caricatura: entre hablar una lengua bien y dos mal, ¿qué escoges? Además, hablar dos mal es un periodo transitorio, el destino final de la convivencia de lenguas es la desaparición de una de las dos. Si dejaran hablar a los lingüistas igual que dejan hablar a los cardiólogos en sus congresos, todos dirían que el bilingüismo, en cuestión de pocas generaciones, se reduciría a monolingüismo porque habría sustitución.

Entonces, ¿al catalán le quedan dos generaciones?

En las actuales circunstancias, sí.

Pero un idioma que ha aguantado 40 años de dictadura y de opresión total en las escuelas y las calles, ¿no puede aguantar la convivencia con una lengua con más hablantes?

Es que si vieras el Catanyol lo verías de seguida, el grado de contaminación se ha acelerado a medida que los medios se han ido convirtiendo a la universalidad. La comparación es legítima sólo históricamente, sería legítima si no fuera porque debemos tener en cuenta otros factores. Ahora vivimos dentro de los medios (durante el franquismo no) incluidas las redes sociales, y nos pasamos la vida conviviendo con interferencias, hasta del inglés filtradas por el castellano. Es jodido pero es así.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Mira, hasta hace poco no tenía ninguna y contestaba como una matriarca gitana: no me hagas escoger entre mis 5.000 hijos, ¡yo quiero el diccionario! Pero ahora tengo la palabra mot [sinónimo de palabra en catalán]. Siempre hay esa acusación fácil de que el catalán tiene tirada hacia el cultismo, y que debemos respaldarnos en el castellano. Con mot pasa exactamente eso: la mayoría de veces que la dices te sientes extraño, pero a la que la has dicho tres veces ya no te la puedes quitar de encima. Mot es el hermano culto de palabra, y sobretodo tiene una cosa preciosa: hay un pájaro de esos que hablan (un papagayo o una cacatúa o alguno de esos) que se llama mot-mot. Es como un canario tropical, y claro, si un loro que habla se llama mot-mot, ya está todo dicho.

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Texto: Oriol Soler

Fotografías: Marc Saludes

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