Perepau Llistosella: "El segundo juego es el más difícil de publicar"

Ciutat Meridiana es el barrio de las afueras de Nou Barris, el distrito de las afueras de Barcelona. Ahí trabaja Pere Pau Llistosella (Barcelona, 1963) creador de juegos y también maestro de primaria en uno de los colegios de este barrio degradado de la ciudad condal. Pere Pau ejemplifica mejor que nadie el estado del mundo lúdico dentro del panorama cultural: a pesar de haber sido finalista en distintos premios de gran prestigio en Catalunya y Francia no puede dedicarse por completo a su vocación, y tiene que buscar trabajos alternativos mientras sigue creando juegos. Tampoco reclama su parte del pastel, y se muestra suficientemente recompensado con el proceso creativo y la satisfacción que conlleva llevarlo a cabo de principio a fin. Hablamos sentados en unos bancos de la Avinguda Pedraforca, delante de la parada de metro que desde hace pocos años une al barrio con el resto de la ciudad.

Es un entorno ideal para hacer la entrevista.

Es una realidad más. Me gusta trabajar en este colegio. Ahora hace dos meses y medio que estoy aquí. He estado un año y medio sin trabajar, escribiendo libros y creando juegos. ahora por fin he entrado en la rueda, en la lista de sustituciones que con los recortes había desaparecido. Los chavales son durillos, la realidad de estos pobres niños es muy dura.

Haciendo sustituciones habrás estado en escuelas muy distintas, en barrios muy distintos. ¿Cómo se vive eso?

Yo he estado en la privada durante 18 años, con las monjas. Después renegué de ser profesor y me vi inmerso en el tema del juego. Más tarde llegaron las sustituciones, y claro, vas viendo todos los barrios de Barcelona. A mí lo que me aburre es estar estático, no avanzar. Y todo lo que sea cambiar me gusta, en cada sitio aprendes cosas y estás a gusto. Claro, en algunos sitios mejor que en otros. Aquí tengo cinco niños terribles, y el objetivo mínimo es llegar a un nivel que es muy bajo. Y es muy interesante: tratas directamente con los chavales, ves realidades duras…

Vamos al juego. ¿Cómo te introduces en el mundo del juego como creador?

Pues casi por casualidad, porque ese título te lo ponen más adelante. Lo que recuerdo siempre es tener mucha fantasía, más que imaginación. Yo me montaba mis historias solo, o con los amigos, me inventaba muchas cosas de pequeño. Después la vida sigue, te haces mayor, tienes que ganarte la vida con algo (en mi caso, con la docencia), y a pesar de que me fue bien, al cabo de 18 años me harté. Tenía 40 años e hice un cambio radical: cambié de trabajo, de pareja, de salud y estuve un año en casa. Y aquel año en el que estuve de baja empecé distintos proyectos. No funcionaron, me acuerdo que había uno de llevar la poesía a las escuelas, por ejemplo. Pero recuperé el hábito de jugar y empecé a crear juegos. Me presenté a concursos y vi que había una especie de mundo escondido que desconocía en el que hice amigos, aficiones y encontré trabajo.

¿El del juego es un submundo aparte?

No, no es para nada cerrado, quizá un poco aislado. Yo recuerdo que en mi primer día en el Bar Queimada, donde yo sabía que se jugaba, entré ahí con timidez y tuve un gran recibimiento. Es un mundo que pasa desapercibido pero que es muy abierto. Ahora a muchos autores que crean juegos se les acusa de ser amiguetes entre ellos, pero el proceso es inverso, como estás ahí es inevitable que hagas amigos.

Con algunos de tus juegos has ganado premios de prestigio. Cuéntame.

El más importante es el 27 Concurso de Bologne de l’Embout, el concurso de creación de juegos de autores inéditos más importante del mundo en el que quedé finalista con un juego que se llamaba Teseu. Me permitió tener repercusión más allá del entorno más cercano, porque ahí los editores esperaban ver a los ganadores para ver qué. Y claro: viaje a París, conocer a más gente… Me abrió las puertas para publicar el primer juego. Pero luego el juego más difícil de publicar siempre es el segundo. Después también he sido finalista en los concursos de Granollers y Tona. Es una forma de terminar el trabajo para una fecha determinada. Claro, de eso no se vive y es una afición, y necesitas alguien que te dé caña.

¿Cómo puede ser que alguien que es finalista en un concurso de repercusión internacional tenga que ganarse la vida como maestro?

Yo no me gano la vida con los juegos. Me han servido durante una época para evitar el no tener absolutamente nada, para tener alguna cosita. Pero evidentemente, si pudiera me dedicaría a eso. Yo cuando creo juegos no estoy trabajando, pero tengo una gran capacidad de trabajo, puedo estar 10 u 12 horas seguidas porque me encanta el apartado creativo. Y no espero nada a cambio más allá de mi propia satisfacción. De momento no creo que pueda ganar mucho dinero, quiero que siga siendo un proceso creativo. A mí no me gusta trabajar, si pudiera no haría nada y sólo cumpliría mis sueños y fantasías.

A pesar de esa sensación de disfrute, debería ser lógico que pudieras dedicarte a ello. ¿Qué chirría aquí?

En España y Catalunya hasta hace muy poco el juego estaba mal visto, o se asociaba a juegos como el Monopoly o el Trivial, poco sustanciales. No se pensaba que detrás de un juego había un creador. A ver, cuando vas a comprar un libro miras el nombre del autor, y los juegos a veces salen sin el nombre de su autor.

¿Es algo cultural?

 

Yo pienso que sí. Quizá con el tiempo irá cambiando, pero no molas si dices que has ganado un premio de juegos. Te preguntan: ¿y no haces nada serio? En el mundo del juego tuvo una gran repercusión, pero en aquel momento ninguna editorial española se interesó por mi juego, y acabaron publicando uno suizo, que tienen mucho más lejano.

¿Cuáles deberían ser los países de referencia a tu entender?

En Alemania es costumbre ir a comprar un juego una vez al mes. Como nosotros con los libros. Y abrirlo, destaparlo en familia, jugar juntos. El juego ocupa un espacio importante en los hogares. En Francia los juegos son muy atractivos visualmente, vienen de una tradición de ilustradores de cómic muy buenos, y tienen carcasas muy vistosas, tanto que pueden resultar empalagosas. Y los americanos juegan a cosas muy relacionadas con la aventura en las que dependes mucho de la suerte, es algo mucho más fantasioso.

¿Qué argumentos lo darías a un escéptico de los juegos para convencerlo de que tienen un nivel cultural equiparable al de la literatura o el cine?

No le daría ningún consejo, le invitaría a jugar. Aunque parezca absurdo, todos hemos jugado cuando éramos pequeños, y a todos nos ha encantado. Eso en las clases se ve mucho. Y cuando la gente se convierte en adulta, se resiste a jugar. Yo motivaría a la gente a probar juegos de diez minutos, y seguro que va a encontrar algún juego bueno para ellos. No se puede estropear el primer momento de una persona con los juegos de mesa. Es como con los libros: hay un libro bueno para todo el mundo, seguro. Si el primer libro que te hacen leer es malo, creerás que todo lo que leas en tu vida será como aquél libro malo. Se publican 800 juegos cada año, solo hay que ir a sitios en los que te recomienden bien, hay que ir a buenas tiendas.

¿Qué tienda recomendarías?

Jugar x Jugar, en la Avinguda Gaudí de Barcelona. Lo llevan dos chicos jugones con encanto y vocación. Si vas ahí y cuentas qué quieres, ellos aconsejan muy bien, tanto a expertos como a novatos. Hay talento en Catalunya, hay juegos muy buenos. Las editoriales deben cambiar de percepción, y solo lo harán cuando vean que hay negocio. Pero es que aquí están cerca, y pueden tener contacto directo y constante con los creadores. Hay que apostar por cosas arriesgadas si se quiere beneficio. Mantener lo que tienen es fácil, sólo tienen que copiar lo que se hace en Alemania y ya está. Pero ahora empiezan a cambiar las cosas: un juego mío, el Gardens, se ha editado aquí y los de Devir han vendido la licencia en Alemania. Pues es una satisfacción muy grande. De un tiempo a esta parte las cosas cambian, hay movimientos, asociaciones de creadores, reuniones… Y algún día se apuntarán los editores.

Tu eres psicólogo. ¿Hay algo que una el juego, la docencia y la psicología?

El juego es completamente psicológico. Si lo miras desde el punto de vista de por qué hacemos las cosas, el juego da muchas pistas en ese sentido. En el razonamiento, lo abstracto, lo emocional. Eso se ve en el patio con los niños: ves qué papel juega cada uno, quien está enfadado con quien, la niña que no juega con lo niño… Hay muchos tipos de juego, pero el efecto psicológico es decisivo. Recuerdo la final de ajedrez entre Fischer y Karpov, y era como un thriller psicológico, tenía un peso muy relevante. Ser maestro y psicólogo ha sido un hallazgo, a saber qué hago de aquí tres o cuatro años. No ha sido nada provocado, he ido tirando. ¡Yo quería ser astrónomo, quería ir a la luna!

Eres el pequeño de ocho hermanos. Debiste pasar muchas horas con gente mayor que tú, ¿cómo ha influido eso en relación a los juegos?

Hombre, en casa siempre se jugaba. Cuando yo nací, mi hermano mayor tenía 18 años, por lo tanto en casa se jugó durante muchos años seguidos. Y se peleó, también, supongo. Mis padres jugaban mucho con mis tíos, y era un modelo que nosotros copiábamos con los juegos que teníamos. Luego todo eso afecta, supongo. Nosotros íbamos a la escuela por la mañana, teníamos las tardes libres, y jugar era algo natural. Recuerdo el día en que gané a mi hermano mayor al ajedrez, por ejemplo… Ahora hemos vuelto al juego y es un elemento que nos une, y me va genial probar juegos con la familia porque lo necesito, necesito ver cómo juega la gente y cómo se va desarrollado todo.

Para terminar, te pido que escojas una palabra.

Río. Tiene un doble significado. Delante de cualquier situación hay que ser río. El río fluye, tira para abajo, y es importante tener un objetivo tan simple como reír, hacer buena casa. Es una palabra corta, que no es muy especial, bastante normal. Pero río. Antes que nada, río.

 

 Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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