Rudolf Ortega: "El nacionalismo se ha hecho suya la defensa de la lengua"

La ortografía no suele ocupar portadas de periódicos ni estar muy arriba en la jerarquización de noticias en los informativos. Hace pocas semanas, la decisión del Institut d’Estudis Catalans de reducir los acentos diacríticos incendió la opinión pública. Hablamos con Rudolf Ortega (Barcelona, 1970), filólogo y garante de la lengua catalana en el diario El País, sobre todo en el suplemento Quadern que el rotativo de PRISA hace íntegramente en catalán. Proyecta desde el mismo Quadern sus opiniones sobre lengua con su artículo semanal. Hace poco que ha publicado el libro En defensa de la llengua, una recopilación de artículos y manifiestos que crea un relato cronológico de la defensa del catalán. Nos encontramos con él en su estudio en La Sagrera, situado a la altura de la calle en un patio interior de un bloque de viviendas. Composición minimalista: una mesa grande presidida por dos ordenadores portátiles, una estantería con diccionarios y decoración también relacionada con las letras. Nos sentamos en la terraza.

En tu último artículo en el Quadern dabas por cerrada la crisis de los diacríticos. Más allá de que puedas estar a favor o en contra de esta decisión del IEC - ahora lo hablaremos -, ¿por qué crees que el cambio de una norma ortográfica ha desencadenado una crisis?

Tenemos un cierto fetichismo ortográfico. Creemos que la ortografía es un símbolo, y en cierto modo lo es: a lo largo de la historia de la lengua, asumir la ortografía ha sido algo realmente importante, tener una manera de escribir conjunta no es cualquier cosa. Parece muy lógico que una lengua tenga una ortografía, pero no es tan fácil haberlo alcanzado. Es por ello que la tenemos un poco santificada, pasa también en castellano, y hay elementos muy simbólicos. ¡Imagínate si se llega a tocar la ele geminada o algunas diéresis! Pero para mucha gente los diacríticos tienen un simbolismo muy importante, pero no son más que una convención. No hablamos con diacríticos, es un pacto sobre cómo escribimos, pero hay una cierta identificación identitaria con la ortografía. Es como la eñe en castellano, despierta fetichismo ortográfico, un fetichismo que yo pienso que debemos relativizar.

¿Cómo habéis afrontado los filólogos que un debate lingüístico tome tanto protagonismo? Porque no es lo más habitual.

Hombre, sí que es habitual. Hace unos meses tuvimos el manifiesto del grupo Koiné, hace unos meses también hubo la polémica sobre el catalán en los medios de comunicación a raíz de un artículo de Garolera. Y históricamente Pompeu Fabra estaba enfrentado con Antoni Maria Alcover, y más atrás en el siglo XIX la gente del grupo de Pitarra estaba peleada con la de los Jocs Florals. Desgraciadamente, siempre hay grupos de lingüistas con un cierto enfrentamiento que no es bueno. Por primera vez ha saltado mucho a la dimensión pública, ha protagonizado debates en Twitter y los digitales, entre gente de la esfera pública, no sólo entre los lingüistas. Yo creo que hay que relativizar mucho, que no es necesario encenderse de esta manera.

¿Ahora cuáles son los bandos de lingüistas enfrentados? ¿Qué posiciones defienden?

Es que tampoco sabría decirte, porque muchas veces son posiciones personales con adhesiones. Ahora se acusa al IEC ser muy light, y los lights clásicos de los años 80 creen que el IEC es demasiado rígido. Muchas veces son posturas que tienen que ver con convicciones políticas, cuando salió el manifiesto Koiné hubo gente a favor y en contra, y lo mismo ha pasado ahora con los diacríticos.

Pero la carga política del Manifiesto Koiné es mucho mayor que en el caso de los diacríticos.

Hay gente que ha interpretado el recorte de los diacríticos como una cuestión política, como un síntoma de la españolización de la lengua, como claudicar ante el hecho de que, como la ortografía es difícil y hay que hacerla fácil, la hacemos más fácil simplificándola. Tienen miedo de que se empiece por los diacríticos y se acabe con el sistema pronominal, y que el catalán cada vez se parezca más al castellano. A mí me parece una exageración desmesurada, la gente se apunta a un carro. Esto con los dentistas o los historiadores no pasa. La lengua ocupa un espacio simbólico e identitario, y por eso hay estos enfrentamientos.

Para matar el tema de los diacríticos: ¿a ti te parece buena la decisión del Institut d’Estudis Catalans?

Sí, yo creo que es buena. La ortografía tiene dos aspectos: uno, este de los acentos diacríticos, que es menor y poco importante. Es una reforma necesaria, puedes estar más o menos de acuerdo con los que quedan, pero era necesario. El segundo, sobre el que no se ha hecho hincapié, es que es la primera ortografía de la lengua catalana. La Ortografía de la Lengua Catalana se hizo en 1913, con el tiempo se han ido subsanando estas normas a través de gramáticas y diccionarios, el IEC ha hecho documentos cambiando cosas de la transcripción de los nombres, sobre los compuestos... Pero no había una obra oficial del IEC que fuera Ortografía de la Lengua Catalana. Y ahora se ha hecho, existe esta recopilación oficial con todas las enmiendas que se han ido introduciendo (ahora, por ejemplo, se escribe darrere [detrás] en vez de darrera) y todo ello se ha recopilado por primera vez. Esto, que es una muy importante, ha quedado eclipsado por el tema de los diacríticos, que se ha magnificado demasiado. Yo había hecho un artículo hace tiempo proponiendo reformar la diéresis, pero ahora veo que si se llega a hacer, ¡imagínate el lío!

Vamos ahora a hablar de tu libro, En defensa de la llengua. ¿Qué filtro has aplicado para hacer este compendio de discursos y manifiestos?

Cuando vas a un manual de historia de la lengua catalana, siempre encuentras citados los mismos textos: el memorial de greuges, el discurso de Milà i Fontanals en los Jocs Florals, el discurso de Àngel Guimerà en el Ateneu Barcelonès, más recientemente el manifiesto de Els Marges... Y se me ocurrió tratar de hacer una recopilación que estableciera una especie de hilo en la historia de la lengua.

Entiendo entonces que tiene estructura cronológica.

Sí, y antes de cada texto hay un escrito mío que lo contextualiza, y el criterio ha sido recoger todas las etapas de la historia de la lengua, algunas más dimensionadas porque es cuando había más actividad, entre finales del XIX y principios del XX, y luego el postfranquismo y la transición. Quería eliminar los textos legales, textos muy formales o muy técnicos. Se trata de recoger discursos y manifiestos procurando representar todas las etapas, sin redundar en los temas y sin repetir autores. Salen Fabra, Valentí Almirall y Alcover, pero sin redundar en ella. Es evidente que haciendo una elección siempre eres injusto, pero este ha sido el criterio.

¿Cuáles son los interlocutores de tu libro? ¿A quién interpela?

No sé qué decirte... [se queda un buen rato pensando] No sé qué decirte, ya sé por dónde vas, evidentemente el público es cualquier persona que le pueda interesar la lengua, pero yo lo que quería reflejar es que hay un hilo, que existe una continuidad, y tengo la sensación de que la defensa de la lengua es permanente, que seguirá. Tengo la percepción de que la apología de la lengua seguirá, que la defensa de la lengua no es algo nacionalista, como se suele asociar. Quizás el nacionalismo ha hecho suya la defensa de la lengua, y yo creo que la defensa de la lengua abarca todos los ámbitos. Es transversal, es cierto, hay defensores de la lengua que vienen de un nacionalismo ramplón, de una izquierda radical, de la intelectualidad española... Quería transmitir la idea de que eso que la lengua es transversal es cierto: es interclasista, va más allá del nacionalismo y no entra en la lógica política derecha-izquierda.

La lengua catalana, teniendo en cuenta su contexto, ¿se puede desvincular del nacionalismo?

Es posible y es necesario. Identificar lengua y nación... Una lengua es un elemento que define una nación, que la identifica, pero no tengo del todo claro que la identificación plena entre lengua y nación nos haya beneficiado. El concepto "valenciano", de la lengua valenciana, es un buen ejemplo. Todos hablamos la misma lengua, esto no debería ser motivo de discusión. Luego, hay lenguas más potentes que no definen una nación, no le digas a un belga francófono que es francés por hablar francés. O que él integra la nación francesa. Ellos tienen el concepto de francofonía, y algunos lingüistas defienden la idea de la Catalanofonía, de que formamos parte de una misma comunidad lingüística. Me parece más interesante que la idea de nación, porque la idea de nación puede generar rechazo y la lengua puede salir mal parada. Lo que sería triste es que hubiera un rechazo de la lengua ante la posibilidad de que una lengua represente una determinada nación con la que no te sientes identificado. Yo, por ejemplo, nunca uso la idea de España y Latinoamérica, yo hablo de unidad lingüística, creo que la política lingüística con Valencia y Baleares debería ser común. Estamos regulando lo mismo.

Ahora quería hablarte de la relación entre lengua y medios de comunicación, un tema que tú en El País vives en primera persona. ¿Qué falla? ¿Qué hacemos mal?

Yo intentaría no ser demasiado dramático. No soy tan negativo, hay muchos matices y cada sector y cada ámbito es diferente. No está todo tan mal. El problema es que hay medios que traducen del castellano a través de robots o máquinas...

El Periódico y La Vanguardia.

Y también las agencias... En cualquier caso, el periodista joven de hoy no está mal preparado a nivel ortográfico y gramatical. Creo que los periodistas jóvenes están poco preparados en recursos estilísticos, hay una cierta comodidad al recurrir a un estilo formulario, abusos de tópicos, imágenes frecuentes que se traducen del castellano... Hay más falta de recursos que desconocimiento de la herramienta, una tendencia a hablar siempre con los mismos paisajes. Los periodistas más veteranos no pecan de eso, pero tienen un dominio de la herramienta mucho más bajo. También soy consciente de las dificultades derivadas de la precariedad, las prisas y la inmediatez.

Estos déficits que tienen los periodistas veteranos y que tenemos los jóvenes, ¿requieren una solución individual o global?

Yo creo que forma parte del compromiso de cada uno. Hay periodistas veteranos que se apoyan mucho en la excusa de su escolarización en castellano, pero ya llevamos 30 años de normalización lingüística. Y los jóvenes, para tener más recursos estilísticos podrían leer más. No hay cultura de mejora en ámbito intelectual. Cuando se piensa en superación, en buscar los límites y en ir más allá de nosotros mismos siempre se acaba hablando de esfuerzos físicos: haré una media maratón, dejaré de fumar, haré dieta para adelgazar... El desarrollo intelectual no se percibe como un reto de superación. Quizás es menos tangible, los resultados no son inmediatos, pero nadie se propone el reto de leer un libro a la semana. A través de acciones así también se pueden superar los propios límites. Para hacer una maratón pareces mejor persona, y seguramente lo eres, pero hay otras maneras.

Te quería preguntar también por El País. Ahora mismo, ¿la presencia de lengua catalana en el diario está en aumento o en declive? Por un lado hace dos años se inauguró la edición catalana digital, pero por otro se ha perdido terreno, por ejemplo, en los mots enreixats del Pau Vidal que ahora sólo son una vez a la semana.

[se ríe] Esto lo van a leer. Creo que es muy bueno que diarios de mentalidad estatal o española apuesten por el catalán. Esto lo hizo Público hasta que cerró, y creo que es una gran noticia que El País tenga una web en catalán, también debería tenerla El Mundo o La Razón. Sí que pienso que los recursos que se dedican deberían estar a la altura de lo que se quiere hacer. Si se quiere tener una página web en catalán con noticias de aquí, actualizada y con temas propios, la calidad lingüística del medio debe gozar de los recursos necesarios para hacer lo que se quiere.

Por último, te pido que escojas una palabra.

Durum. Se admitió xauarma adaptado al catalán, y durum es una palabra que me hace gracia. Me gusta y simboliza el hecho de que la lengua está viva, permeable, nos llegan palabras de otras lenguas que incorporamos y nos las hacemos nuestras. ¡Habría que decidir si es plana o aguda! Además, como durums a menudo.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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