Sílvia Alcàntara: "Yo escribo sobre sentimientos, no hago clases de historia"

Hay pocas autoras en Cataluña con una historia tan insólita como Silvia Alcántara (Puig-Reig, 1944). Vivió de pequeña en una colonia textil, durante los primeros 20 años de su vida. A los 65 años, edad de jubilación, publicó su primera novela, Olor de Colonia (Edicions de 1984), donde explicaba esa niñez vivida en un mundo de amos y sirvientes, y que vendió 55.000 ejemplares - una barbaridad para una escritora debutante - e incluso tuvo una adaptación en formato serie en TV3. Ahora, después de este boom publica Els diez sense Glòria, después de años recorriendo toda Cataluña por bibliotecas y centros cívicos contando su historia. Cuando habla lo hace con cierto tono de cuentacuentos, con mucha teatralización, pausas con tensión y silencios dramáticos. Nos recibe en el Ateneu de Terrassa, donde imparte un curso de escritura, y que ha abierto sólo para encontrarse con nosotros, ya que por la mañana está siempre cerrado.

¿Cómo es vivir en una colonia? A los que somos más jóvenes nos parece algo muy lejano e incluso un poco oscura. ¿Cómo recuerdas tu infancia en Can Vidal?

Mi infancia fue muy feliz. Yo nací en Puig-Reig, en el pueblo de al lado, y cuando hice medio año mis padres entraron en la colonia. La colonia daba un piso a muy buen precio, en la ciudad un alquiler valía 400 o 500 pesetas y allí pagaban 10 o 15. El precio era muy escaso, y los trabajadores también tenían un trocito de tierra, una parcela para cultivar y un espacio para tener un pequeño gallinero. Todos nos conocíamos entre todos, todo el mundo lo sabía todo de todos, qué te comprabas, si tu ropa era más nueva o menos nueva... Algo exagerada, era terrible, entrabas en un lugar y de repente todo el mundo callaba, y sabías que hablaban de ti. Nos conocíamos todos y además, acababas tu jornada laboral y no podías criticar tus dueños porque quizás algún familiar suyo vivía en el mismo bloque de pisos que tú, o en el de al lado.

A pesar de este ambiente angustioso, ¿a la gente le compensaba porque las necesidades básicas estaban cubiertas?

Podían hacer lo que querían, las necesidades básicas estaban cubiertas, los sueldos eran muy pequeños, pero claro, hablamos de los años 40 'y 50' cuando el país estaba inmerso en la miseria y la gente pasaba mucha hambre. Una tejedora, en los años 40 ', cobraba 40 pesetas a la semana, y un litro de aceite valía 50 pesetas. ¡Y las tejedoras eran las mujeres que más cobraban! Imagínate, el aceite no estaba al alcance de ningún trabajador. Estar en la colonia te aseguraba no pasar hambre, y tenían fama de ser un paraíso. Yo venía con mi familia en Terrassa para la fiesta mayor y mis padres explicaban la vida en la colonia encantadísimos. Y yo también. Todos creíamos que éramos unos privilegiados. Los que tenían ideas diferentes o nociones de justicia, ya no vivían en la colonia. Hablamos de colonias que se crearon a mediados del siglo XIX, y todo el mundo se apuntó.

¿Estaban bien vistas por todos?

Sí, pero cuando vieron que si no obedecían al dueño en todo los echaban, vieron que no era tan bueno. Los trabajadores se rebelaron, pidieron un sueldo justo y menos horas, que entonces trabajaban 12 horas. Todos estos se fueron a la calle. Y los dueños se quedaban con  los trabajadores ofreciéndoles vivienda, sabían que habitar y trabajar es lo que más liga a una persona. Las colonias eran un microcosmos, y generación tras generación inculcaron esta servidumbre, este 'sí, señor'. Los propios trabajadores recibían a los revolucionarios a pedradas, en el año 1931. ¡Odiaban los sindicatos! Decían que querían trabajar, trabajar y ya está. Y los de las colonias se creían privilegiados, pero estaban controlados por el régimen, el régimen no se preocupaba de la gente de las colonias. Nosotros no teníamos Guardia Civil, el régimen sabía que teníamos un dueño que ya nos vigilaba.

¿Y esto os daba más libertad a pesar de vivir en el hormiguero de la colonia?

¡Por supuesto! Bailábamos sardanas. Hacíamos teatro en catalán. ¡En catalán! Las monjas nos enseñaban en castellano, pero nos regañaban en catalán porque era su lengua. En mi casa se hablaba catalán y nunca tuvimos que cantar el Cara al sol.

No era una represión hecha con la fuerza sino con el trabajo. Tiene un cierto toque de modernidad.

Sí, era muy diferente. Vivíamos en la calle, salíamos de la escuela y nos pasábamos el día jugando. Los dueños eran muy religiosos e hicieron un convento de monjas, que eran las encargadas de educar a las niñas para ser buenas esposas y madres. Y los dueños les pagaban dinero. Y ponían límites a nuestra educación, había niños espabilados que a los 10 años ya habían aprendido todo lo que el dueño creía que debían saber. Y de los 10 a los 14 años repetían curso.

¿Cuándo coges perspectiva y ves que tu infancia no fue tan idílica?

La infancia termina a los 14 años, cuando te mandan a trabajar. Yo me fui de la colonia con 20 años, en los años 60 ', y no para casarme. Era algo insólito. Cuando te envían a trabajar en la fábrica 12 horas al día ves que has pasado de ser niña a adulta sin hacer ningún proceso. Y a nadie se le pedía que querría ser de mayor. Si era necesario que hubiera carpinteros, te hacían aprender este oficio, aunque tú quisieras ser electricista. Las niñas, en la escuela, éramos felices. Cuando pasas a trabajar... Un día eres una niña que juega con calcetines cortos por la calle y al día siguiente tienes que trabajar, te cortan las trenzas, tienes que levantarte a las cinco cuando todo es oscuro. Te cortan la infancia. De golpe. Sin preguntar. Entiendes lo que ha pasado con la perspectiva del tiempo, cuando ves que no has podido estudiar, que te pusieron las cosas difíciles, que tu familia vivía sumisa. Como aquellos burros que daban vueltas a la noria con los ojos cerrados.

¿Los niños lo vivían igual?

Los muchachos iban a la mili, y la mayoría no volvían. Se buscaban trabajo. A ver, había que sí, siempre pasa lo mismo. Hay personas que ya les va bien que les manden, siempre asienten, dicen que sí a todo y hasta lo agradecen porque así no tienen que pensar tanto. Pero una persona con espíritu e inquietud no volvía.

¿Cuando te fuiste como lo vivió tu familia?

Mi padre lo entendió, mi madre no tanto. Fue una suerte ir a Terrassa, porque había unos familiares. En Barcelona no me habrían dejado marchar. Yo quería hacer teatro, tenía 20 años... Vine aquí en Terrassa, encontré trabajo, luego ya me casé, tuve hijos... Yo no aprendí catalán hasta los años 80 ', cuando mi hija me decía que hacía demasiadas faltas de ortografía en las notas que escribía en la nevera. Entonces me puse a estudiar catalán. No para escribir o para profesionalizar, yo tenía imaginación pero nunca me había imaginado que sería escritora. Yo había leído Sagarra, Folch i Torres, Pitarra... Ya tenía ese ambiente en casa, pero en mi cabeza nunca se había relacionado una cosa con la otra.

¿Y cómo lo vas relacionando?

En Barcelona abrieron la primera escuela de escritura y vi el anuncio, ahora es el Ateneu Barcelonès, antes era l’Aula de Lletres. Yo fui de la primera promoción que salió de allí. Los profesores eran todos escritores, y recuerdo que la directora dijo que, con el tiempo, los alumnos acabarían siendo profesores. Los profesores eran reacios... Muchos escritores creen que han nacido escritores y que lo son por gracia divina. Hay que tener facilidad, pero para mí este oficio es trabajo, trabajo y trabajo. El 90% es esfuerzo. Si no hubiera ido a aprender a escribir, nunca habría escrito nada. Durante aquellos años en el Aula de Lletres me decían que tenía gracia para hacer estas cosas, que sabía crear atmósferas. Empecé a llevar textos a premios pequeños y los iba ganando, o quedando finalista. Siempre llamaba la atención lo que escribía yo. E incluso gané dinero, ¡eh! Una vez cobré 75.000 pesetas por escrito de página y media. En Corbera...

¿Qué ambiente había en el Aula de Lletres?

Recuerdo que yo no podía pagar los cursos, eran carísimos, y la directora me dijo que no podía irse porque era una escritora de raza y me tenía que quedar. La directora, ¡eh! Y una señora mayor que quería hacer su propia biografía, la directora me propuso para hacérsela. Y con los céntimos que me pagó esta señora, yo me pude pagar los cursos. Y al final trabajé en el Aula de Lletres, me quedé allí. Y cuando nos instalamos en el Ateneu yo estaba en la recepción. Me lo pasaba muy bien.

Supongo que aquello fue caldo de cultivo del que terminaría siendo tu primera novela.

Sí, allí empecé a escribir y poner en marcha proyectos. Había hecho otras cosas que no me habían salido bien, las novelas estaban bien, pero una persona mayor que no conoce nadie no publica. Alguien leyó Olor de Colonia y me dijo: ¿qué haces con esta novela en el cajón? Cuando quieres que te publiquen vas a las editoriales grandes, como Edicions 62. Y fui a una editorial pequeña, que ahora ya se ha hecho mayor, que es Edicions de 1984. El editor es un hombre de mi edad, que conocía mucho este mundo, y le encantó la novela. Es un hombre que sólo publica si le gusta, no publica para vender. A veces publica cosas que sabe que no se venderán.

¿Lo que escribes y las novelas que has escrito beben totalmente de todo lo que me has contado hasta ahora?

Olor de Colonia bebe de todos aquellos años en la colonia, allí explico 12 años de mi vida. Va del 1958 al 1964. La Colonia Vidal cerró a los 80'. El 600, el coche, dio alas a los trabajadores. El paternalismo de los dueños sufrió este empoderamiento, y también cuando se impuso un sueldo base. Ya no les salía a cuenta mantener la parafernalia de los pisos, pagar las monjas para que eduquen las niñas...

¿Cómo viviste el hecho de publicar por primera vez con 65 años y todo el alboroto que causó la novela?

A mí no me trastornó, nada. Ya era grande. Si me hubiera pasado con 35 años seguro, pero con 65 años ya sabes dónde están las cosas. Yo he paseado por toda Cataluña, he ido a muchísimas bibliotecas, clubes de lectura, centros cívicos, bibliotecas... Con Olor de Colonia hay escuelas que hacen mucho trabajo, lo usa el profesor de lengua, el de historia y el de sociales. Y con un libro hacen tres asignaturas. Y hacen trabajos, y yo me quedo maravillada, parada. Y voy a hacer conferencias, explico cómo era la vida allí .. Yo me lo hago venir bien para que sea una lección, que sepan que existió. Porque sus abuelo les deben explicar esto, pero algo que está escrito parece que sea más de verdad. Y este febrero aún hacía salidas! Durante dos años hice 6 o 7 salidas cada semana, era una locura! Ha ido viniendo todo poco a poco.

¿Ahora como te hace sentir tener lectores que esperen tus libros? ¿Te ha condicionado al escribir Els dies sense Glòria?

Es una gran satisfacción que alguien me lea y me identifique. Siempre me han dicho que tengo habilidad para crear atmósferas. Y será porque yo me lo imagino todo, los gestos, los detalles, los objetos... Lo recreo todo en mi cabeza antes de escribir, ¡todo! Absolutamente todo, y eso es la clave para crear una atmósfera. Yo escribo de sentimientos, no hago clases de historia. Esto ya te lo cuentan en Google. Hago pinceladas, pero yo cuento historias de cómo vivió una familia esta parte de la historia. Como disfrutaron y como sufrieron. Ahora acabo en 2003 para terminar, una pequeña imagen, pero la segunda novela comienza en los años 60'. Aunque hago un flashback para ir a los años 30 'y explicar la vida de los padres. Así pillo tres generaciones: abuelos, hijos y nietos.

Por último, te pido que escojas una palabra.

Xiuxiueig [Susurro].

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Albert Gomis

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