Stefanie Kremser: "¿Mi identidad? Aún la busco"

Mil escenarios y culturas se han entrecruzado durante la vida de Stefanie Kremser (Düsseldorf, 1967). Bolivia, Alemania, Brasil y Cataluña son algunos de los lugares en los que ha vivido y ha arraigado, también lugares de los que se ha ido en algún momento u otro. La identidad y todo lo que se deriva de ella es el gran tema de su último libro, El dia que vaig aprendre a volar, editado por Edicions de 1984 y traducido del alemán al catalán por Anna Punsoda. Stefanie nos recibe en su piso del Born, que comparte con su marido Jordi Puntí, también escritor. Habíamos pensado en a la azotea para tomar fotografías bonitas de la entrevista e incluso la hora del encuentro, las siete de la tarde, estaba calculada para disfrutar de aquella luz de atardecer que da encanto en las azoteas. Al final, como el día se ha levantado gris y sigue gris a las siete de la tarde, nos conformamos con la galería dentro del piso, que mantiene su encanto independientemente del tiempo. Sobra decirlo, pero Stefanie responde toda la entrevista con un catalán pulcro y entrañable, ligeramente salpicado de acento alemán cuando remarca algunas consonantes. No se le mezcla con los otros idiomas que habla a la perfección: español, alemán, portugués e inglés.

Documentarse sobre dónde has vivido es un lío brutal y donde todo se mezcla. Cuenta cómo empieza todo.

Nací en Alemania en una ciudad que se llama Düsseldorf, una ciudad que prácticamente no conozco porque allí sólo nací. Mi madre es alemana, y mi padre es boliviano. Se conocieron en Alemania y yo soy hija única. A los siete años, mi padre, que siempre quería volver a Sudamérica, encontró un trabajo en Sao Paulo y fuimos a vivir allí. Creo que esta es la etapa más importante de mi vida, es donde te socializas, estuve de los 7 a los 20 años. Brasil es un país de inmigrantes, pero también una sociedad muy absorbente, enseguida me sentí de allí. Íbamos a visitar a los abuelos bolivianos, también a visitar a los abuelos alemanes .. Yo vivía entre el primero, el segundo y el tercer mundo. Estos tres contrastes eran muy bestias.

Aparte de los contrastes económicos supongo que había también contrastes sociales, porque Brasil y Alemania tienen fama de tener talantes completamente alejados. ¿Cómo lo recuerdas?

Sí, es un tema interesante. Mira, Sao Paulo es la ciudad con más japoneses fuera de Japón. También dicen que es la ciudad industrial alemana más grande del mundo. Sao Paulo tiene 20 millones de habitantes, y hay muchas fábricas alemanas. Hay muchas escuelas alemanas, muchas fábricas alemanas... Sao Paulo es como Nueva York pero en plan tropical [ríe], o igual sólo es mi fantasía. Pero es una mezcla de culturas espectacular. Después, recuerdo que Bolivia la veía como una sociedad super rural, recuerdo los rumores de que allí se escondían nazis... Todo era muy imposible en realidad, visto con perspectiva me parece imposible.

¿Cómo se llevaba en casa este choque de culturas?

Había algo divertido, que es que con mi madre, los domingos, íbamos al club Alemán de Sao Paulo, y ella veía allí a sus amigos alemanes. Los sábados íbamos al Círculo Boliviano, que era un club donde se encontraban bolivianos, comíamos como bolivianos.... Y entre semana yo tenía mi vida brasileña. ¡Qué mezcla! Cada miembro de la familia tiene una lengua materna diferente.

Si a esto le sumamos que a los 20 te fuiste a Múnich a estudiar y que luego has terminado viviendo 14 años en Barcelona, ¿cómo se ha ido conformando tu identidad?

¿Mi identidad..? [Se queda pensativa unos segundos] Aún la busco. Es muy difícil. La lengua también es una identidad, aquí en Catalunya todo el mundo conoce la importancia de la lengua. Es difícil para mí, yo me siento paulista, de Sao Paulo. No tengo pasaporte brasileño, pero si me preguntas de dónde soy, yo te diría que soy de allí. Soy una expatriada brasileña. No es oficial, porque no tengo los documentos. Después crecí con tres idiomas muy importantes: español, portugués y alemán. Aquí el catalán lo viví con mucha normalidad. No te haces catalán por vivir en un lugar, pero yo llegué aquí a los 34 años y la cultura catalana me la siento mía, y también me siento el catalán como lengua propia, y supongo que eso ha modificado mi identidad. Sin embargo tengo claro que yo soy, básicamente, de mi casa, aquí, y de Sao Paulo.

Has dicho que El día que aprendí a volar es un libro que habla de la importancia de las raíces, la sangre y la tierra. ¿Cómo se tratan estas tres ideas que tienen también mucho que ver con la identidad?

El libro cuestiona un poco la importancia de las raíces o de la sangre. Hablo de multimigraciones, de unos alemanes que fueron a Brasil a comenzar una vida nueva, de dos personas que regresaron a Alemania a buscar sus raíces, la narradora que es mulata y se pregunta sobre cuál es su lugar... la pregunta es: ¿si no sabes quién es tu madre, esto tiene consecuencias para ti como persona? ¿Es más importante la sangre o la vida? ¿La sangre o nuestra libertad de escoger los lugares donde podemos vivir? ¿La familia es familia de sangre sólo? ¿Los amigos también son familia?

Al menos los amigos se pueden elegir.

No son preguntas nuevas ni innovadoras, eso también lo sé. La gente que va de un lugar a otro y vuelve a su origen, ¿debe sentir algo cuando vuelve? El año pasado me invitaron a Düsseldorf, la ciudad donde nací, a hacer una lectura. Y no pasó nada. No había nada, no significó nada. Esto también te hace pensar.

¿Durante el proceso de escritura has hecho mucho este camino de preguntarte qué conforma la identidad y qué diferencias hay entre cómo se supone que la creamos y cómo la vivimos?

Sí, totalmente. Claro, como que estas cosas son preguntas que las veo normales y siempre me las he cuestionado, he reflexionado aún más. Qué cosas me definen, por qué, las culturas que tengo adquiridas... Yo quería contar una historia que no fuera mía pero que hablara de todas estas preguntas. Y es bonito, porque durante la escritura también iba descubriendo cosas mías. Empecé a escribir haciendo preguntas. Y a veces encontraba respuestas y a veces no.

¿Hay alguna de estas preguntas sin respuesta que se te haya quedado particularmente enquistada?

No sé, tal vez algo que queda abierta es el hecho de que el mundo nos define siempre en base a donde nacimos, el nombre que tenemos, el pasaporte, nuestra cara... Y es algo muy difícil de quitarte de encima. Es un hecho, está allí, no lo puedes negar. Es algo complicado para mí, y supongo que para todos los que son migrantes o multimigrantes. Creo que estos prejuicios no cambiarán nunca. En Barcelona, que es una ciudad cosmopolita pero más turística que cosmopolita, incluso los rusos creen que soy rusa. O no me hablan en catalán, sino que van directos al inglés o el castellano. Cuesta mucho, y ya hace 14 años que insisto. Creo que es algo muy europeo, te meten en un cajón y es muy difícil salir. En las Américas tienen tanta mezcla que es igual de dónde eres, es demasiado complicado preguntarlo. No sé si me estás entendiendo.

Creo que sí. Aquí llegas como una persona de fuera y siempre te verán como una persona de fuera porque damos mucha importancia a los lugares a los que, en teoría, pertenece a la gente.

Exactamente. Aquí o eres guiri o no, no hay término medio. En un pueblo siempre eres forastero. No hay solución, sólo insistencia.

¿Después de pasar por tantos lugares, por qué finalmente Barcelona?

Conocí a mi marido, Jordi Puntí, en una casa de escritores en Estados Unidos. Nos enamoramos, yo todavía vivía en Munich y estaba planteándome volver a Brasil... Pero él no podía ir a vivir a Brasil, y por tanto vine yo aquí. Tenía muchas ganas de vivir en Barcelona, me encanta la ciudad. He vivido 14 años en Brasil, 14 Alemania y 14 en Barcelona. Y el resto de años en muchos lugares a la vez.

Antes de empezar la entrevista hablabas de cómo el turismo se ha comido el barrio del Born; esta es, seguro, la mirada de alguien que se siente la ciudad como suya, que la quiere y la ha vivido.

¡Sí, eso está claro! Barcelona es esencialmente mediterránea. Yo conocía el trópico, el centro de Europa y los Andes, pero no el paisaje mediterráneo. Barcelona es de una gran belleza, tiene una luz increíble. La gente... Es una ciudad con muchas ciudades, y eso que es una ciudad pequeña, no es grande. Tiene muchos mundos y muchos barrios diferentes, y eso me parece fascinante. Y suena a tópico, pero creo que es una ciudad creativa. Veo como algo muy meritorio como la gente se ha salido, o hemos salido de esta crisis inacabable. Me ha parecido que la gente no se dejaba resignar, sobretodo los artistas, pero también los periodistas. La gente sabe improvisar, y es muy bonito eso.

¡Nunca habría dicho que se podía tener esta visión!

Los alemanes a saber cómo lo habrían vivido, o qué habrían hecho. Ellos no saben qué es una crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo cuando aquí subieron el IVA teatral y la gente comenzó a vender naranjas como si fueran entradas, y la entrada venía de regalo con la naranja. Me parece una muestra de creatividad y de burlar una crisis injusta muy interesante y que denota mucho el comportamiento de las personas que hay en la ciudad. Está muy bien.

Tú estudiaste cine documental en Múnich y has estado trabajando para la televisión alemana. ¿Cuáles han sido tus producciones?

Yo hice algunos documentales, pero lo dejé. Yo quería hacer largometrajes, documentales de 90 minutos, y eso ya no es posible, no hay dinero, ni siquiera en Alemania. Hice el cambio a la ficción, la novela. Y desde la primera novela empecé a escribir guiones de ficción, para la televisión alemana y también para el cine.

¿Los guiones son encargos o eres libre de escribir sobre lo que quieras?

Soy una afortunada porque siempre he trabajado a partir de propuestas mías. Hasta hace poco era guionista única, no tenía ni siquiera que entenderme con nadie. Ahora tengo un coguionista, estamos escribiendo una serie que será filmada en Barcelona por la televisión alemana. Yo escribí una novela negra sobre Barcelona que se llama Calle de los Olvidados. Aquí hay un comisario, y este comisario es un spin-off de la novela, hemos cogido a este comisario y es el protagonista de la serie. El tema son los lateros. La red de lateros paquistaníes. Me parece súper interesante: las deudas que tienen, sus dificultades, el trabajo esclavo que tienen...

¿Cómo te has acercado al colectivo?

Leyendo y leyendo. Acercarse es muy complicado, y más siendo mujer. He leído artículos, trabajos, tesis doctorales... Con algunos charlo un poco, pero busco hacer un acercamiento muy profundo para hacer verosímiles las historias. Que luego es ficción, pero la ficción debe parecerse a la realidad. También se habla de la entrada de inmigrantes ilegales... Cosas así.

La lengua es tu herramienta de trabajo. ¿Escribes en alemán porque es como te sientes más cómoda?

Es curioso, porque yo hasta que fui a Múnich siempre escribía en portugués. Y cuando pensé en escribir una novela, aunque sucedía en Sudamérica, decidí escribirla en alemán. Me costó, hablaba perfectamente alemán pero no estaba acostumbrada a escribirlo. El alemán nunca lo hablo en el país donde vivo, para mí es un idioma casi teórico. Soy lenta, porque hay cosas que me cuestan y tengo un lío en la cabeza con tantas lenguas ... Me cuesta, por ejemplo, mezclar castellano y catalán, que es algo que aquí se hace mucho, hablar catalán y de vez en cuando colar palabras en castellano, o al revés. A mí eso me lía. Y el alemán me da una distancia muy buena con el texto. Yo pienso en portugués, no en alemán, y eso me permite distanciarme del texto y darle más perspectiva. Ahora el portugués se me empieza a oxidar a pesar de ser mi lengua, ahora me es más fácil escribir en alemán. Y es una lengua muy agradecida para escribir, porque te puedes inventar palabras, es muy libre.

Por último, te pido que escojas una palabra.

Ñoña. ¡La he escuchado hoy y me ha encantado! ¡Es tan extraña y tan bonita! Yo toda la vida he dicho siesta.

¡Pero ñoña no es siesta! Ñoña es la pereza de cuando te empieza a llegar el sueño pero aún no te has dormido.

¡Aah! Ese momento en el que tienes la barriga llena. ¡Es preciosa! Para vosotros es normal, pero para mí incluso es difícil de pronunciar. ¡Es tan dulce esta palabra!

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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