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José Antonio Millán ha ido abandonando con los años la práctica de la ficción y se ha especializado en su gran pasión, que es el lenguaje. Entre sus obras más recientes destaca Perdón imposible (Guía para una puntuación más rica y consistente) (RBA, 2005), una lúcida reflexión equivalente en el ámbito hispano a lo que Eats, shoots and leaves de l'anglesa Lynn Truss significó en el ámbito anglosajón. Ahora, animado por la enorme difusión de su último trabajo, reincide en la reflexión verbal con otro libro ameno, esta vez de tipo etimológico. Lo vuelve a publicar RBA y se titula El candidato melancólico. Millán ha escogido este título ajeno al juego político. El vocablo candidato proviene del latín cándidus (blanco), porque entre los romanos los aspirantes a ocupar un cargo lucían una toga blanca; la melancolía, en cambio, proviene de los términos griegos melas (negro) y kholé (bilis) desde la época protomédica en la que se creía que los humores (los líquidos) del organismo influían en los humores (los estados de ánimo) de las personas. El lector atento topará a cada página con este tipo de asociaciones chocantes muy próximas a la poesía. Millán sobresale a la hora de construir un discurso cohesionado a partir de la información genética que llevan inscritas las palabras en el ADN. Su trabajo profundiza en los genes de la lengua castellana. Los tesoros ocultos de las palabras aparecen por la vía etimológica en lugares insospechados. Así, descubrimos que en un rebuzno se oculta el antepasado latín de la bocina (buccina: trompeta). O que la relación entre hígados e higos proviene del hecho que en latín iércur ficatum era el hígado del animal alimentado con higos. La sociedad europea es cada vez más multilingüe. Por eso Millán enfatiza la relación de las palabras castellanas con otras catalanas, gallegas, vascas, francesas, italianas, inglesas o indias. Interesante es también el recorrido por las procelosas aguas de la corrección que Millán efectúa en el capítulo "Mejor no lo digo". Tras una larga lista de sinónimos suavizados para designar a los cagadores (letrinas, necesarias, retretes, comunes, excusados, baños...) descubrimos eufemismos como carape, caramba (por carajo), córcholis (por cojones) o jopé, jolines (por joder). Y es que, joder, El candidato melancólico es un libro del carajo que se lee por cojones. Més informació: + Para comprarlo pinche aquí. |